El ruido de los grillos parecía la
bocina de advertencia, mientras la luz de la luna guiaba sus pasos hacia la
casa finca que albergaba al dueño de su vida. Carol desconocía la paz desde
hacía seis años, cuando escuchó la voz de Juan Pablo por primera vez y la
dependencia a él se había convertido en su proyecto de vida. Pasar una noche
tranquila en la habitación que él pagaba mensualmente, sin preocuparse por sus
andanzas no parecía algo interesante para hacer, ese caluroso crepúsculo de
junio. El oscuro sendero para llegar a su destino desde donde la había dejado
el taxi no la atemorizaba tanto como el hecho de encontrarlo con otra mujer,
tal vez tan joven como ella era cuando se conocieron. Tropezando con pequeñas
piedras y rozando algunos prados, iba recordando el primer encuentro en casa de
su entonces padrastro, una tarde al llegar del colegio.
—Te presento a Juan —dijo Adriana, su
hermanastra, al departir en la sala fumando cigarrillos—, un amigo de motorizadas
aventuras.
De inmediato, ella supuso que la ostentosa
motocicleta que había visto afuera era de él.
Él extendió una mano y dijo:
—Hola, preciosa. ¡Jovencita, como me
gustan!
Carol quedó impresionada por su inusual
apariencia. Era el tipo de hombre que llamaba la atención de todas las personas
donde se encontrara. Las proporciones de su contextura fornida y su notable
estatura nunca pasarían inadvertidas. Así como tampoco la longitud de su oscuro
cabello que sobrepasaba los hombros y hacía juego con el color de su ceñido
vestuario. La grave voz que la elogiaba le atrajo desde el primer momento. Ella
respondió con una sonrisa algo tímida, soltó su morral y también le extendió su
mano derecha.
—Hola, soy Carol. ¿Qué hace?
—Mucho gusto, hermosa. Yo me dedico a
complacer mujeres ja, ja, ja, ja.
La carcajada fue ruidosa, pero ella
pareció disfrutar la picardía.
—Hay que preguntarles a las mamás de los
nueve niños que tiene —Advirtió Adriana con un gesto de desaprobación—. Usted,
cuídese, hermana.
Aunque existían innumerables recuerdos de
su relación, particularmente ese le infundía mayor temor esa noche. Él había
ignorado sus insistentes llamadas al celular durante el día, y las sospechas
apuntaban a una nueva conquista adolescente. La ira parecía darle más fuerza
para aumentar el ritmo de sus pasos a la par de sus latidos, hasta que,
finalmente, distinguió la lujosa camioneta negra aparcada frente al gran portón
blanco. Entonces se quitó un anillo y lo usó para tocar. Se escucharon las
garras de Sultán aproximarse corriendo mientras ladraba. Al llegar, olfateó por
debajo y sus chillidos indicaban que reconocía a Carol. Como consecuencia, ella
se sintió motivada a tocar con más esmero.
—¡Ábrame la puerta, Juan Pablo! —gritó
furiosamente—. Yo sé que está con una zorra. El perro estaba con ustedes; no
estaba acá esperando a nadie.
Pasaron unos segundos entre los golpes en
la puerta y los imparables ladridos de Sultán, pero nadie salía. Empezó,
entonces, a golpear con aun más fuerza.
—¿Por qué me hace esto? —cuestionaba Carol
entre sollozos e insultos—. ¿No le basta con su mujer y conmigo? ¿Por qué tiene
que buscar vagabundas más jóvenes? ¡Dígale que se vaya! Le prometo que no les
hago nada, pero yo tengo más derecho de estar aquí que esa perra.
—Váyase y deje de joder tanto —respondió
él, por fin, después de unos minutos—. Esta es mi casa y aquí hago lo que me dé
la gana. Siga así y verá que se muere.
Las palabras de él sonaban tan similares a
las de otras ocasiones cuando se enojaba, que no le sorprendieron en absoluto.
De inmediato, recordó la última pelea en la que le apuntó a la sien con su
pistola, y los postreros instantes disfrutando los placeres de su amor,
potencializados por los churros de cannabis.
—¡No me voy a ir, ábrame ya! —seguía
demandando ella una y otra vez sin recibir respuesta.
Al sentirse ignorada por varios minutos,
Carol, entonces gritó:
—¡Despídase de su Burbuja porque se la voy
a rayar!
A los pocos segundos, los ladridos de
Sultán sonaban en coro junto con los pasos de Juan Pablo acercándose al portón.
Al abrir, tomó a la mujer por el brazo derecho con gran fuerza.
—Ni se le ocurra hacerle algo a mi
camioneta, perra zarrapastrosa —dijo él, empujándola hacia adentro del predio—.
No se crea con derechos, usted no es nadie.
Cerró el portón energúmenamente sin soltar
el brazo de Carol, y Sultán dejó de ladrar para mover la cola. Los tres se
adentraron rápidamente hacia el salón de juegos que se encontraba en el fondo.
—¿Dónde está esa vieja? —preguntó Carol,
mientras pasaban por la piscina, en cuya baranda de salida colgaba un traje de
baño femenino—. Dígale que se vaya.
Al aproximarse al salón de juegos, él la
tomó del cabello con su mano izquierda. Acercó su rostro al de ella y le
susurró:
—¡Usted ya me tiene harto! ¡Ya, hasta
vieja se ve! No es sino una pobre pendeja que se cree mi mujer. Le he dado lo
poco decente que tiene para vivir como la vaga que es. Ya ni su mamá la quiere
en la casa. Come porque yo le doy, se viste con lo que le compro y nada la
tiene contenta. Ahora mismo se va a meter al cuarto de atrás, espera a Mario y
se va con él cuando empiece el turno.
Se alejó de ella y encendió un cigarrillo.
Carol se sintió intimidada por la desdeñosa mirada de su amado, quien expelía
un aliento ya alcoholizado. Decidió callarse un momento, y se recostó en el
borde de una mesa de billar. Observó las botellas y los restos de comida
esparcidos por el humeante salón. Después de unos instantes, rompió el
silencio.
—Que se vaya ella y nos quedamos los dos
—suplicó entre sollozos—. Yo sí soy su mujer; le he perdonado todo. Soy la
única que ha aguantado los escándalos de su esposa todos estos años. Lo recibo
siempre con los brazos abiertos y no hay nadie más en mi vida. Por favor no me
trate así. No me voy a encerrar en ese cuarto mientras usted duerme con ella en
nuestra cama.
—¡¿No entiende?! —gritó el hombre con ira,
mientras botaba el cigarrillo aún encendido—. Si yo le digo que se meta en ese
cuarto, así lo debe hacer porque la casa es mía y usted no debe estar aquí hoy.
Ya colmó mi paciencia… ¿Se quiere morir?
Sacó el arma de un cajón cerca de la mesa
de billar. Entre las amenazas y el llanto de ella, Sultán comenzó a ladrar
nuevamente. De repente, se escuchó la puerta de una de las habitaciones abrirse
y, en seguida, una suave voz, casi imperceptible.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo una
muchacha lista para la huida.
Dio pasos largos fuera del umbral, su mano
derecha sostenía una cartera con aire infantil, mientras ponía la izquierda en
su pecho (como en señal de sobresalto) y se desplazaba hacia la salida. Se
notaban restos de maquillaje, movidos por el sudor que rodeaba su rostro, el
cual estaba enmarcado por la castaña naturalidad de su largo y enmarañado
cabello suelto. Completamente vestida de la informalidad que cubría su
esbeltez, la chica despertó los celos de Carol, quien lamentó no ser la que
había ocupado la habitación durante todo ese día.
—De aquí no sale nadie hasta que yo diga
—advirtió Juan Pablo con su arma en la mano—. Cada una en su cuarto y se acabó.
La joven corrió hacia el portón, pero él
la alcanzó mucho antes de que lograra abrirlo. Con la fuerza de su mano
izquierda, tomó la mano de la chica, dejó el arma un momento en el suelo, le
susurró al oído y la besó en los labios. Al ver el acto, Carol se acercó
rápidamente, tomó el arma del suelo y apuntó a los dos. No obstante, el
cansancio y la inexperiencia propiciaron que su coraje no diera fruto: en una
pronta reacción, Juan Pablo le pateó una rodilla y ella resbaló. En el suelo,
Carol le devolvió el golpe con su pie derecho, haciendo que cayera junto a
ella. El forcejeo favoreció al hombre, quien recuperó fácilmente el arma, se
levantó y apuntó a las dos féminas. La chica estaba inmóvil y jadeante al
observar la escena de los dos adultos en el lugar, solamente con ella y el
inquieto Sultán como testigos.
—Sara, vuelva a la habitación donde estaba
—ordenó Juan. A lo cual,
ella cedió inmediatamente.
El agotamiento de Carol le impedía
levantarse con facilidad.
—¡Asqueroso! —le decía con una intensa
mezcla de sentimientos, sentada en el suelo— ¿Me va a matar para terminar de
criar a su zorrita?
—¡Cállese! —le ordenaba, apuntando a su cabeza— ¿Se cree muy santa? ¿Cuántos años tenía usted cuando aflojó conmigo? Por mucho 17. Deje la envidia, anciana. Su rato ya pasó. Agradezca lo que le doy, deje de rogar. No sea patética. Párese y métase al cuarto que le dije.
—¡No lo voy a hacer!
La conveniencia en la postura de Carol le permitió al hombre sujetarle el cuello. Entre tal fuerza ejercida en su cuello y el arma apuntando a su sien, ella se levantó como evitando la sofocación. En ese instante, ya no pudo volver a pronunciar una palabra.
Al escuchar un disparo desde la habitación, Sara ya se había puesto el atuendo que Juan le había ordenado al oído, desconociendo que este se convertiría en una prueba de la peor noche de su vida. Paralizada, permanecía sentada en la cama, preguntándose cómo su galante novio (quien la había recogido del colegio ese día) declaraba, ahora, en voz alta: «¡La maté, la maté! ¡Venga me ayuda a arrastrarla al carro o usted es la próxima!». Palabras que Juan Pablo manipularía en la posterior audiencia, unos meses después, asegurando ser víctima de una intrusa en su casa (como consejo de su sagaz abogado) para lograr así la libertad en dos años. Pero el recuerdo de las rojas manchas de la intrusa, resaltando en los finos asientos de la camioneta, y el sensual atuendo, convertido en pañuelo para detener la hemorragia de Carol, nunca abandonaron la memoria de Sara, quien es ahora la frenética abogada que pronto me representará, tras conocer el nombre de mi futuro exesposo: Juan Pablo.
Tomado de la obra ‘Historias para Almas Sensibles’ (2023).
*La poeta y escritora bilingüe Yury Sandoval Rosas es oriunda de Bucaramanga, Colombia. Es licenciada en inglés de la Universidad industrial de Santander, con casi 15 años ejerciendo como docente en el instituto de Lenguas de la misma universidad. Se ha desempeñado como creadora de contenidos en Youtube y emisoras culturales. También como editora y gestora cultural. Es autora de dos poemarios: Cuando Despiertas (2023) y Color y Sombras (2025). También es autora de la novela La Tiranía del Elogio (2022) y los cuentos La Camiseta Rosada (2025) e Historias para Almas Sensibles (2022), libros que le han permitido ser seleccionada e invitada a eventos literarios como la FILBo (Feria Internacional del Libro de Bogotá) y ULIBRO (Feria del Libro de Bucaramanga). Recientemente, se desempeñó como tallerista en el circuito literario Bucaramanga lee, crea y crece junto a la autora Amparo Herrera, a quien le fue otorgada una beca de Arte en Circulación por el IMCT (Instituto Municipal de Cultura y Turismo) de su ciudad. En la actualidad, está trabajando en su sexta obra literaria.
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