Hoy
es el cumpleaños de mi madre. Reumática como se la ve, ahí va cumpliendo 90
años.
Como
es de imaginar, todos los vecinos vendrán por la tarde a degustar riquísimos
pasteles de crema y helados de sambayón, que mamá estuvo cocinando durante la
semana.
Hoy
no podré salir a jugar a las cartas con los muchachos ni me quedaré mirando
televisión, esas cosas que hago solamente en mis días libres, sería de muy mal
gusto no ayudarla a preparar la mesa y ordenar la sala para que puedan sentarse
cómodamente.
Mamá
cumple años y para eso le he comprado un regalo inolvidable. Un hijo que ha vivido tanto tiempo junto a su
mamá, la conoce de pie a cabeza, no hacen falta ya las palabras para darse
cuenta qué cosas la hacen feliz.
Desde
el martes fuimos comprando las bebidas en el almacén del barrio y así es como,
sin haber tenido que invitar a nadie, la noticia ha corrido de boca en boca.
Un
cumpleaños es algo que lleva preparativos. Tengo colgado en el sillón del
cuarto el pantalón nuevo que me compró mi madre y ya me dejó bien planchada la
camisa que siempre uso en las navidades. También ella se verá espléndida dentro
del vestido con flores de color borravino que le mandó mi hermana desde Italia.
Serán
las ocho, y después de cambiarse, encenderá el farol del patio, barrerá la
vereda y ahí nomás se quedará en la puerta esperando a que lleguen uno a uno,
todo el barrio.
Como
la conocen muy bien, después de tantas tardes de mates y bizcochos en la sala,
saben lo que a ella le gusta: se vendrán cargados de plantas verdes y frondosas
que mamá pondrá en la galería emocionada hasta las lágrimas.
Comerán
las tortas y beberán los jugos como en cualquier cumpleaños que se digne de
tal, y hablaremos de los tíos que han quedado en el otro hemisferio, de las
hijas del vecino de al lado, que se les ha dado por la danza y del nieto del
verdulero, que es cantante de tangos. Yo creo que contaré otra vez el episodio
de las vacaciones con mamá en Termas de Río Hondo, siempre divierte que lo
cuente, y sé que ella espera ese momento como a la novela de la tarde.
A
las doce y cuarto comenzarán a despedirse para salir todos juntos por el zaguán
diciendo al unísono muy agradecidos que la pasaron bárbaro.
Cuando
nos quedemos solos, un hijo y su madre, con la casa en silencio, rodeados de
vasos sucios y servilletas de papel, abrirá mi paquete. Lo hará con ansiedad, aunque ya sepa lo que
hay adentro: docenas de caracoles nerviosos y marrones. Feliz, los llevará
hasta las macetas que le han regalado y los colocará hasta cubrir cada tallo,
cada hoja, tarea que le tomará toda la noche bajo la luna. De tanto en tanto
intercambiaremos miradas, simplemente para comprobar lo que ya sabemos: que
estas cosas nos gustan a rabiar.
Y así por la mañana, cuando el despertador nos
levante al mediodía, poder contemplar las hermosas esculturas en el patio. Los
miraremos durante un rato, embelesados, como dos chicos en el parque, cientos
de caracoles gordos y carnosos antes que mamá por fin diga, ya es hora, y se
venga desde la cocina con la olla grande llena de agua y sal.
*Karina Di Pasquale. Zárate, provincia de Buenos Aires, Argentina. Nació
en 1968.
Es fotógrafa de profesión. Ha ganado cuatro premios de la Sociedad Argentina de
Escritores (SADE) en la categoría cuento y poesía, el último en 2024. Ha
ilustrado, con sus imágenes, varias portadas de libros y discos y, en
coautoría, un libro de poesía (Mona blanca trepada en el octavo, con
textos de Graciela Geller) y otro infantil, El viaje del Sr. Morrison
(con textos y fotografías de las maquetas de Juan Chavetta). Dicta talleres de
fotografía y escribe artículos para revistas literarias, como la revista de
formato virtual La Furia (España).
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