Le causa melancolía los días lluviosos. Hoy, que los
nubarrones confunden su mente y pericia, sus manos se agitan con el ritmo del
agua en el cristal de la ventana; se mueven con el aguacero y se ensucian de
canela; las yemitas de almendra robadas del dulcero la delatan. Abre la ventana
y asoma su cabeza. Su edad le impide saltar para jugar con el chaparrón. Su
corta estatura le imposibilita alcanzar la rama del árbol que supone cerca. La
lluvia moja su cara, ahora la refresca, ahora la entusiasma. Pasa tres dedos en
la frente para secarla.
Toma con dificultad el lápiz que atesora, un regalo de
cumpleaños. Hace lo posible por escribir, pero es inútil sostenerlo, los dedos
desobedecen su mandato. Después de varios intentos logra escribir una letra. No
le gusta, hace cuatro ensayos más hasta satisfacerle.
Se molesta con la lluvia, con su exquisito dulce de canela
y más aun con el papel. No ha podido terminar ni una palabra. Sus trazos son
lentos e inseguros; ya no es la divertida lluvia la que rodea sus ojos, el agua
se ha convertido en llanto, un poco silencioso al principio, inconsolable en
minutos. Tanta prueba de caligrafía le ha dado sueño, se acomoda en el sillón, bostezando
y frotándose los ojos se va quedando dormida.
El clima nublado y soleado le avisa cuándo inicia o termina una historia. Podría decirse que la protagoniza como una mujer de edad o una niña que apenas aprende a escribir, la humedad mejora o empeora su estado de ánimo, el reumatismo o ausencia de destreza manual detalla su escritura. El presente le ordena cómo vivir; ella habrá sido o será ese preciso momento en que la lluvia cesa y aparece el sol, el pequeño instante en que se define su ahora.
Ver una entrada al azar
No hay comentarios:
Publicar un comentario