
Flama que fluye, llama incesante
Fluimos como el agua en esporas que cabalgan con el viento,
poseídos por muchos soles hasta nuestro final seguro.
Pero Nolan, no le tengo miedo a la muerte,
si caigo,
si cesan mis suspiros y termina mi fatiga.
¿Por qué habría de temer?
Te esperaré, sí,
detrás de las turbias aguas,
en donde brilla con esplendor súbito
inhóspitas tinieblas.
Y mi mano, que es también tu mano,
se extenderá por infinitud de galaxias;
porque siendo humana no soy nada,
ni polvo para este mundo.
Quizá en otro;
ese que alguna vez inventé en mis sueños,
uno que vagamente ahora recuerdo tras la delgada línea roja
suscrita en mi cabeza,
allí, donde nada ni nadie
apagó mi llama.
Fragmentos del ayer
Mi alma está en fragmentos alojados en el ayer,
como un anhelo en medio de la noche que no encuentra su destino,
y en el asiento de mi alma
mi aliento esconde tu rastro.
Más allá de las sombras de este cuarto oscuro
donde se detuvo el reloj en la profundidad de esos ojos,
esos ojos que yacen en mí
y menguan la luna llena que vislumbra las burbujas de tu sonrisa.
Seguiré buscando tu puerto
para anclarme allí frente a tu rostro,
aunque las arenas movedizas del tiempo
me deslicen errante.
Aguarda corazón
¡Oh corazón!, no me peses tanto,
recuerda que mi alma también se cansa
y este cuerpo lábil que recoge el polvo
solo aguarda.
Aguarda como el silencio al estallido;
como el frío inerte que ronda el aire a la espera del brillo ardiente en la noche blanca;
así mis ojos esperan la profunda noche,
a que las paredes acartonadas se echen sobre mí
y acaben con la música de ese disco que se repite,
una y otra vez.
Entonces, perpetuarme en el silencio
y cuando venga a mí,
ligera y tranquila como la niebla,
caerán mis hojas de otoño
y mi alma se hará liviana,
así que solo aguarda, corazón, aguarda.
Homenaje póstumo
Encontrar que la vida al final fue solo un sutil parpadeo
y que, en el entre tiempo,
cuando más se iluminaban nuestros ojos,
llegaban de manera fugaz, casi imperceptible,
todos los momentos que reunieron nuestra historia.
Quizá a aquellos que se quedan les pertenezca el llanto;
el llanto ante la nostálgica felicidad
que deja el resplandor de los buenos momentos;
el llanto ante la realidad
de que seas solo polvo que se llevará el viento.
Mientras, divagamos en la melancolía perenne
de los recuerdos que se estrellan
en el destello de las pupilas.
Porque al final eso somos;
somos recuerdos,
polvo, carne y huesos...
Somos solo eso:
polvo, carne y huesos.
*Cielo Suley González Peña, nació en Medellín,
Colombia. Es Trabajadora Social de la Universidad de
Antioquia de donde se gradúa con matrícula de honor. Actualmente, colabora en
el Centro Cultural La Huerta, una apuesta por la lectura, la música, el cine,
la pintura y el arte en general. Hizo parte, de la Corporación Acción Verde, la
cual desde sus cimientes trae una propuesta urbano-ecológica que busca
resignificar, empoderar y transformar la comunidad. Es pintora y poeta. Desde
muy joven incursionó en el dibujo, una pasión que la abstraía por completo,
hasta que llega a la pintura en el año 2022 donde tuvo clases con el profesor y
artista intermedial Alonso José Zuluaga M., quien es docente de artes plásticas
en la UdeA y el ITM; desde entonces, cultiva el arte de pintar como un escape
del desacierto que implica el vivir en el afán fútil del día a día, explorando
con pinturas conceptuales, las cuales incluyen un escrito donde expone el
concepto que aborda en cada una de sus obras. Su inclinación por la escritura
de poesía, surge antes de la academia y se desarrolla a la par con su carrera
profesional, dando como resultado la creación de más de 50 poemas inéditos, de
los cuales ha compartido algunos por redes sociales.
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