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martes, 31 de agosto de 2021

"Pedales al borde de la montaña" relato de Alejandro Aristizábal


El día estaba espumoso, las nubes se tambaleaban entre montaña y montaña cubriendo el pueblo en una luz suave. El televisor de la sala emitió ruido blanco hasta que encontró el canal, que a las cuatro de la tarde transmitía un programa juvenil. Jhon, con pantaloneta azul oscura y una camiseta blanca recién lavada, se tiró en el sofá y se acomodó bien. Viendo, pero sin prestar atención, se dejó llevar por el destino de su mente, sus pensamientos y deseos, que se difuminaron y redujeron a ínfimas escenas de su infancia agarrado de la mano de su padre. Sin embargo, al cabo de golpes, groserías y risas, el niño por fin percibió un sonido proveniente del exterior.

Sonó tres veces, uno tras otro, con pausas extensas y un sonido grueso y reverberante. Las chanclas carraspearon contra el suelo, se movió la cortina y unos ojos vieron a otros, medianamente más húmedos. El cerrojo se desencajó y el metal de la puerta crujió, de ella entró otro niño. El niño, Guillermo, arreglado con una camisa de cuadros metida entre el bluyín, llegó antes de lo previsto y Jhon apenas si pudo sentir desconcierto por su llegada. Guillermo intentó hablar, pero los sollozos y los líquidos nasales no lo dejaron. Sentía tanta zozobra que se desplomó en el sofá. Solo pudo narrar las causas de su nostalgia cuando su ritmo cardiaco se estabilizó y cuando su respiración se tranquilizó.

Todo empezó al medio día, con las características de un invierno del trópico. La familia de Guillermo es tan extensa que es común que aparezca, cada cierto tiempo, un nuevo hermano o una prima, todavía sin apellido. Es por eso que en el pueblo nadie se pregunta de quién es la parranda, justo como ese día. Le estaban celebrando el cumpleaños a uno de los primos de Guillermo, con un almuerzo muy especial. Extrañamente, pocos asistieron. Contó la historia con un tono de angustia, como si estuviera volviendo a vivir algo horrible. Mientras encendían las velas del pastel, que le habían encargado a la panadería del pueblo, se escuchó crujir la montaña. Todos se miraron entre sí. El padre de Guillermo, el único con valentía suficiente, salió de la carpa, miró hacia arriba y achinó los ojos intentando enfocar en la lejanía. Cuando por fin pudo ver algo, ya todos se habían dado cuenta. Pedazos de humano estaban cayendo del cielo, como una premonición de que algo horrible se avecinaba. Un brazo le cayó al pastel. Otros, todavía tenían retazos de camuflados con una bandera que todos parecían haber visto pero que nadie reconoció. Después, cuando todo estuvo más calmado, el padre de Guillermo, volteó para agarrar la mano de su hijo, pero no encontró más que sangre, huesos y cartílago.

El tiempo pareció languidecer en la penuria de la sala. El sonido del televisor ya no se escuchaba, como si hubiera estado atento a semejante historia y hubiera decidido callar. Jhon se levantó con cuidado, evitando molestar a Guillermo con el movimiento del sofá al volver a su forma. Se dirigió al patio, movió baldes y escobas hasta dejar al descubierto la bicicleta que su padre guardó antes de irse, Jhon apenas pudo soportar el vacío que le causaba. La sacó, la hizo rebotar contra el suelo para chequear el aire de las llantas y, de paso, levantarle la fina capa de polvo que había acumulado estos últimos meses. Agarrándola del costado izquierdo, con ambas manos en el manubrio, la pasó por el corredor y se la mostró a Guillermo y él se paró tan rápido que esta vez el sofá no tuvo otra opción que traquetear.

El pueblo parecía un desierto. No había nadie recorriendo sus pintorescas calles. Al salir y dar los primeros pedalazos ambos pensaron en los mejores días del pueblo en el que era portada de periódicos y revistas de Europa, y nombrado constantemente en las listas de los lugares más lindos para visitar. Ahora, y sobre todo después de la crecida del rio, hasta el gobernador y el presidente se olvidaron del pueblo. Ambos niños ensimismados en recuerdos ajenos, decidieron ir a la heladería.

Postraron sus bicicletas poniendo los pedales en el borde del andén, se bajaron por el lado izquierdo como les habían enseñado los adultos de sus cuadras y miraron hacia la heladería atiborrada de sillas y mesas, y cuadros a blanco y negro con fotos de blancos en el viejo continente. Parados frente al portón metálico, vieron como el heladero cerraba la llave del agua y le ponía llave a la puerta que daba al congelador. Estuvieron tentados a preguntarle el porqué estaba cerrando, si todos conocían el calor de las cuatro de la tarde. Sin llegar a pronunciar una palabra, el heladero les gritó desde dentro, en un español casi perfecto a no ser por los rezagos de un italiano olvidado, que hoy no podía abrir, corría el rumor de que algo se avecinaba en el pueblo. Los dos niños dejaron caer los hombros y se dieron la vuelta sin decir gracias ni adiós. Guillermo, que no se iba a desanimar de nuevo, empujó a Jhon para que lo mirara y lo convenció con argumentos sentimentales y falaces de que le comprara un helado cuando el italiano volviera a abrir.

Su recorrido siguió como tantas veces en años anteriores. Les gustaba subir las calles y bajarlas agachados y sin pedalear para que el viento les masajeara los poros de la cara. No había otra forma de superar los temores del pasado más que con bellos recuerdos. Pero de tanto recordar, Guillermo no aguantó y frenó de golpe en una esquina que daba al sendero a la orilla del río. Los domingos, en especial después del mediodía, los habitantes del pueblo acudían en hordas a rezar al pie de la estatua, la única que el gobierno había entregado, pues la hicieron en el antiguo lugar de la iglesia. De manera que Jhon, recordando los consejos y sermones de su abuela, se le ocurrió acudir a un dialogo con Dios, que cura todas las penas. A rastras llevó a Guillermo hasta el lúgubre grano de café plasmado en cemento. Los vecinos se asomaron por las ventanas y vieron, en el vacío sendero, a un niño arrodillado con sus ropas nuevas y con las manos unidas por las palmas debajo del mentón mientras otro niño, medianamente más delgado, le daba palmadas reconfortantes y nerviosas, que le recordaban que algo andaba mal. Es el peor día de mi vida, pensó Jhon. Con sus endebles brazos levantó a Guillermo, le limpió la arena marcada en el bluyín y le enderezó la cara para decirle que todo estaría bien, cruzando los dedos detrás de su espalda. Al unísono y sin querer, bajaron la mirada mientras volvían a recorrer las calles de un pueblo apagado.

Mientras tanto en el comando de policía, se vivía un ajetreo insólito. Papeles volaban por los salones y escritorios, alborotados por los movimientos bruscos de los agentes. Y las vitrinas fueron abiertas después de muchos años, para luego quedar vacías esperando de nuevo a sus acompañantes, que llegarían calientes, embarradas y con las recamaras desocupadas. Sucedía lo mismo con los armarios en el fondo de la sala común. Dos niños giraron a la derecha y por fin pudieron mantener sus miradas despegadas del asfalto, debido a los alaridos de una calle previamente desierta. Afilaron sus pupilas y desde la esquina contraria observaron como el comando quedaba en silencio, vieron a los pocos policías del pueblo subiéndose en una camioneta 4x4 blanca llena de barro seco. Llevaban expresiones de olvido, evitando imaginar en todo lo que podían dejar atrás. Los niños, por el contrario, no supieron cómo reaccionar más que con los giros de las ruedas.

Los papeles dejaron de caer. Los niños con más preguntas que respuestas, siguieron por instinto un camino que los llevó a la cuadra de doña María Helena. Cuando cayeron en la cuenta, se pararon en los pedales pero Jhon no pudo acelerar, las chanclas se le resbalaron y tuvo que seguir a pie. Doña María Helena salió a la puerta dejando atrás el oficio de la sala, buscando las palabras más precisas y menos hirientes. Eso no duro mucho, sus ojos se movieron más rápido que sus labios y vieron, sin lograr descifrar qué era, como la tarde se oscurecía de repente una hora antes. Los niños, con los corazones abriéndose paso entre los órganos, irrumpieron en la casa dejando las bicicletas en la mitad de la calle. Doña María Helena se tambaleó por la estampida y a no ser por la escoba habría perdido por completo el equilibrio. Los muebles, las ollas y sus cabezas retumbaban por el ruido del cielo. Guillermo a tientas, y sin encontrar su lugar, volvió a la calle y miró el cielo ennegrecido. Nunca había visto uno de esos en su vida, pero estaba seguro de que no traían nada bueno. No pensó en las palabras, solo las vociferó, aunque sabía que era imposible que lo escucharan. Ellos, disparando contra las nubes que se perdían en la montaña, seguían elevándose cada vez haciendo más ruido. Guillermo fue embestido, callado por una mano que le tapaba la boca y levantado por las piernas para ser llevado de nuevo a la casa de doña María Helena. Su padre, mirando a los demás, advirtió que el pueblo ya no sería el mismo. Doña María Helena reaccionó mirando a Jhon con los ojos bien abiertos y llenos de rabia y sevicia, dudo en gritarle a la cara que todo era culpa de su padre y la gente como él.

Se filtró de nuevo la luz suave. Estas serían las nuevas tardes en el pueblo: golpes de botas contra el asfalto y calles pintadas en tonalidades de verde. Viendo por la puerta desde la sala, sentados en taburetes o en el suelo, todos sabían qué ahora el río sería un cómplice más. Llevaría, esta vez, cuerpos completos pero desfigurados, hinchados por los gases de la descomposición y con vestigios de la guerra en las nubes.

*Alejandro Aristizábal, nació y creció en Armenia, Quindío el 6 de agosto de 2002. Actualmente estudia Comunicación Social en la Universidad Javeriana, y espera comenzar la carrera de Ciencias Políticas en la misma universidad. Actualmente tiene una cuenta en Instagram (@aristi.raw) donde sube fotografías y lecturas en voz alta, además de un blog donde publica algunos textos suyos y un canal de YouTube donde sube cortos.

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