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viernes, 14 de mayo de 2021

“Vivir ya es una esperanza” relato de Luis G. Torres Bustillos

 


Veo pasar por la calle un gran camión, rebosando de cuerpos. Al principio los cadáveres se envolvían en bolsas de cierre oscuras. Ahora ya no hay para esos lujos. Los cuerpos se amontonan y llenan los camiones. Varios viajes al día parten de los hospitales, pero nadie sabe a donde van a parar. Esta mañana estaba viendo desde la ventana de mi casa y vi como uno de esos camiones brincaba con fuerza en un tope haciendo un ruido seco y tirando un cadáver que estaba muy por arriba de la orilla de la caja de éste. El cadáver cayó sobre el piso y nadie se percató. Nadie hizo nada, si alguien vio lo sucedido, siguió caminando.

          Las cosas han venido de mal en peor. Hace unos meses todo mundo se quejaba del encierro, de las restricciones, de la caída de las ventas y la perdida de empleos. Se daban las cifras de los enfermos y de los muertos con puntualidad, a las siete de la noche. Se les ponía colores a los estados: rojos, naranjas, amarillos. Nunca llegamos a estar en verde. El numero de enfermos y de muertos se dispararon inexplicablemente.

          En este pequeño poblado no había pasado nunca algo tan memorable.  Entonces la gente empezó a enfermar y a morir a una velocidad impresionante. Se llenaron los hospitales, se llenaron el campo de futbol y la bodega más grande que había para materiales agrícolas. Todos llenos de camas, estantes de acero, y de cubículos de atención médica. Nada fue suficiente, la gente no dura mucho en esa agonía. Las muertes crecen día a día. Ya no se ve a casi nadie en la calle. Algunos recorren las calles buscando un medicamento, un pedazo de pan, una ultima lata que comprar. Eso sí, cubiertos con grandes máscaras con respiración autónoma, overoles de color verde esmeralda, botas y guantes de neopreno negros.

          El estado estaba totalmente sobrepasado. Se perdió el concepto de gobierno, pues cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Los robos están a la orden del día, pues todo escasea: los combustibles, los víveres, los equipos de protección. La rapiña es tremenda, el que robaba hoy, mañana será robado. Algunos voluntarios se apostan con rifles en la entrada de los sitios mas importantes, como los llamados hospitales generales, los antiguos almacenes de víveres y los depósitos de agua. Muchas veces sus armas no están cargadas, pero aun así defienden heroicamente los pocos bienes que quedaban para el uso común.

          Ya nadie habla de pandemia, contingencia, virus, enfermedad. Ahora se usa la palabra debacle. A ella se le atribuye todo, la gente solo dice: cuando empezó la debacle, a causa de la debacle, si algún día termina la debacle… Seguro no estaremos aquí para ver llegar ese día. Al principio se fueron todos los viejos, después los de edad madura y ahora hasta los jóvenes han empezado a caer. No hay salida alguna para esto. Mucha gente no ha muerto por la debacle, algunos lo han hecho por falta de comida, algunos aplastados por las turbas que se forman cuando llega alguna provisión. Los menos, pero también cuantiosas cantidades de gente se han quitado la vida, saltando de un puente, de un edificio. Colgándose con una sábana o cortándose el cuello con un cuchillo cebollero.

          Se habla poco, la gente se ha aislado en sus casas. Las familias tratan de sobrevivir en el encierro. Solo dentro de esas paredes parecería que la vida es posible. Nadie se atreve a salir y visitar a alguien. Podría ser repelido con la fuerza. Nadie confía en nadie. Todos somos una amenaza para todos. Solo las familias y los núcleos cerrados persisten. La gente también ha enfermado de la cabeza. Hay muchos males generados por la muerte, la incertidumbre, las situaciones adversas, es mucho el horror que nos rodea.

          Me asomo por la ventana y veo como han echado cal sobre el cuerpo que se cayó del camión. Hace mucho tiempo alguien diría que fue por compasión, hoy se diría que fue por sanidad. Lo único que nos queda es soñar. Yo voy a la cama cada noche o cada madrugada queriendo perderme en el mejor de los sueños que tuve: la esperanza de vivir. Ahora vivir ya es un acto de esperanza.


*Luis G Torres Bustillos Nació en la CDMX. Hace algunos años participó en el taller de cuento dirigido por Hernán Lara Zavala, dependiente del Instituto Estatal de Bellas Artes Morelos. Participó también en el taller de Literatura dirigido por Frida Varinia, de la UAEM, Cuernavaca, Mor. de 2019 a 2020 y en el taller ¡Ahora o nunca! De Daniel Zetina en 2020.  Actualmente participa de un taller online de análisis y escritura de cuentos con Manu Ruffa, de Argentina y es alumno del primer semestre de Creación Literaria en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de Morelos. Recientemente publicó sus cuentos electrónicamente en ZOMPANTLE, PERRO NEGRO DE LA CALLE, REVISTA LITERARIA PLUMA, KATABASIS, TABAQUERIAS, ALMICIDIO,  KARKINOS,  EL MORADOR DEL UMBRAL, MURIDAE, APOFENICOS, LA LETRA DESCONOCIDA, PUROS CUENTOS y MARGINALEES. Acaba de publicar su primer libro de cuentos: Pequeños Paraísos Perdidos, en INFINITA.

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