miércoles, 2 de septiembre de 2026
"Bosques y follaje tropicales " obras de Marina Comas
martes, 1 de septiembre de 2026
"La muerte y las lobas" poemas de Nideska Suárez
La muerte como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón fuera del pecho.
¿Quién se lo habrá arrancado?
Seguramente el opio del deseo
las alas desplumadas
el alma envenenada
la salvación inoculada en las venas.
¿Y la belleza?
¿Dónde está la belleza?
Siempre intocable y lejana
en las lágrimas de los miserables
ausente del lodo y los conjuros.
Hoy dejo aflorar mi propia sombra
en este nenúfar del pasado.
Palpita un aullido en mis entrañas
viene a mí el olor de otras lobas solitarias
perdidas bajo el desierto de mi carne.
Ellas ya no huyen de la muerte
la saben como algo cotidiano
sin dientes a la orilla de un río
con el corazón descosido en el pecho.
Tan grande como una perla
A veces la luz es la propia sombra
cual alfiler clavado
en la tierna carne de la ostra.
De ese dolor nace la perla
lágrima ciega enclaustrada
entre conchas de nácar
ignorante del vasto océano que la rodea.
Así de pequeño es nuestro gran dolor:
el mar continuará existiendo
aun cuando la ostra se haya ido.
Ni una lágrima
No hay quien llore a los condenados del mundo.
No hay quien los llore
o riegue sus marchitas raíces.
Somos nosotros los condenados
y andamos por el mundo
sin saber llorar como los árboles.
lunes, 31 de agosto de 2026
"Tristeza" pinturas de Elsa Valenzuela
Técnica: Tinta, marcadores, lápices de colores, acrílico,
Medidas: 33x25cms
Técnica: Tinta, marcadores, lápices de colores, acrílico,
Técnica: Grafito, tinta, marcadores, lápices de colores,
Técnica: Lápiz blanco, acrílico y
Técnica: Grafito, tinta, lápices de cera, lápices de colores,
Técnica: Lápices de colores, acrílico,
Técnica: Lápices de colores, acrílico y tempera sobre papel.
viernes, 28 de agosto de 2026
"La Furia que Me Devolvió el Nombre" Cuento Janneth Guarin Ayala
Estaba dentro de mi camioneta cuando empezó a agredirme.
En medio de la discusión, escuché una orden: bájese.
Era mi esposo quien me golpeaba para obligarme a bajar del carro.
Los golpes llegaron primero desde adentro, cerrados, urgentes, como si mi cuerpo fuera un obstáculo que había que sacar.
Yo no me bajé.
Entonces él descendió del vehículo. Desde la puerta del conductor, sosteniéndose del techo, comenzó a darme patadas. Una tras otra. El metal vibraba. Mi cuerpo recibía. Yo seguía ahí, atrapada, sin espacio para moverme, sin tiempo para pensar. No estaba discutiendo. Estaba sobreviviendo.
Al ver que no lograba sacarme, rodeó la camioneta. Abrió la puerta de mi lado y volvió a golpearme. Después me jaló del brazo con fuerza y mi cabeza se golpeó contra el carro. Ese sonido seco, brutal, todavía resuena en mi cuerpo.
Y entonces escuché el grito.
—¡Para! No le pegues a mi mamá.
No fue un ruego, sino un mandato desesperado que rompió la burbuja de la agresión. La voz de mi hijo. Al mismo tiempo, mi hijo menor lo golpeó por la espalda con una vara de madera. Una vez. Y otra. Y otra. No por rabia. Por protección.
Ese acto fue lo que detuvo la agresión. No porque el hombre entendiera. Sino porque un niño cruzó una línea que ningún niño debería cruzar jamás.
En ese instante algo se rompió definitivamente dentro de mí. No fue solo el dolor físico. Fue la comprensión brutal de que mi hijo había tenido que convertirse en adulto para defenderme. De que mi silencio lo había empujado a ocupar un lugar que no le correspondía. De que yo estaba enseñándole, sin querer, que la violencia era un idioma posible.
Ahí nació la furia. No como un grito. No como un ataque. Sino como una certeza clara, fría, irrevocable: esto no puede continuar ni un día más. No como la chispa que incendia, sino como la corriente subterránea que socava los cimientos.
No me fui al día siguiente. La furia tardó en volverse estrategia, pero se quedó un tiempo más, con el cuerpo adolorido y el alma en estado de alerta permanente. La casa se volvió un territorio extraño. Nada había cambiado afuera, pero yo ya no era la misma. Miraba a mis hijos distinto. Con una mezcla de amor feroz y culpa muda. Cada gesto cotidiano estaba atravesado por una pregunta que no me dejaba en paz: ¿cómo llegamos hasta aquí?
Durante años me habían dicho que la rabia era peligrosa. Que una mujer rabiosa es exagerada, conflictiva, inestable. Pero mi rabia no me destruyó. Me ordenó. Fue ella la que me impidió volver a justificar. La que no me dejó olvidar. La que se quedó despierta cuando el miedo quería convencerme de quedarme.
Empecé a escuchar mi cuerpo. El cansancio extremo. El nudo permanente en el estómago. La tensión que no se iba. Mi cuerpo no quería sanar para seguir igual. Quería salir. Ahí entendí algo que nadie me había enseñado: mi rabia no era solo mía. Era heredada. Venía de mi madre. De mi abuela. De tantas mujeres que se quedaron porque no había opción. Yo sí tenía una. Aunque me aterrara.
La migración no fue un sueño. Fue una huida. No una huida cobarde, sino necesaria. El acto más radical de amor que pude ofrecerles a mis hijos y a mí misma.
Me fui tiempo después, cuando pude. Cuando el cuerpo aguantó lo suficiente. Cuando la furia dejó de arder y se volvió dirección.
Irme fue perderlo todo: la identidad, la seguridad, la historia conocida. Pero quedarme era perderme yo. Y eso ya no estaba dispuesta a negociarlo.
El exilio no fue romántico. Fue silencioso. Solitario. Duro. Ahí no era esposa. No era víctima. No era nada reconocible. Pero en ese no-ser, algo empezó a nacer. La furia ya no gritaba. Se había convertido en una certeza: el silencio se había acabado. Ya no había herencia que proteger, solo una vida que reclamar.
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