Desde la cuna del hombre primigenio, desde
la primera pregunta planteada y el
intento de responderla, desde los primeros sueños y los primeros recuerdos,
desde la necesidad de exteriorizar estos, para comunicarlos al resto del mundo,
para denominar y apropiarse de lo externo. La palabra siempre ha sido una de
las formas más acertadas, para lograr la comunicación entre seres humanos. La
poesía en cambio, es el arte por excelencia de la palabra, convierte a la
palabra en una obra que viaja de boca en boca, para describir acontecimientos,
internos o externos, es como ha sido a lo largo de la historia, desde la
antigua Babilonia, hasta nuestros días.
La poesía, nace entonces, con la evolución
de la palabra y la necesidad de trasmitir a través de ella, la descripción de
fenómenos, sociales y naturales, desde la percepción subjetiva del autor y su
interacción con el exterior, de sus maneras de ver y percibir el mundo que
habita. Es así el autor logra dejar una marca en la memoria colectiva con
respecto a lo que acontece, donde prevalece la búsqueda del sentido individual,
que es al fin lo que crea el sentido colectivo de todas las cosas.
Es de entonces así, que la poesía, va por
el mundo, buscando y dando sentido, por medio de su propia lógica, desde la
multiplicidad de enfoques subjetivos de los autores, lo que va determinando el
desarrollo de la poesía como referente histórico, desde el poema del Gilgamesh,
pasando por las grandes obras de Homero,
hasta “Los cuatro cuartetos” de Thomas S. Eliot, donde nos muestran desde
diferentes perspectivas los horrores de la guerra, desde las figuras poéticas,
dejando una marca indeleble en la memoria histórica de los pueblos, que luego
se convirtieran en grandes referentes.
Desde siempre la guerra ha sido una de las
mayores fuentes de inspiración y un referente para escribirse, los más bellos y
terribles poemas, poemas que hablan de los horrores y desgracia causados por
los bandos, llámense religiones, partidos o ambos, en esa rueda interminable de encontrar la
causa más “noble” para cometer horrores sin nombre. Y sin embargo, es ahí, en
los más recónditos y escabrosos pasajes que ha creado la guerra, donde surge un
atisbo humanidad, que pide a gritos ser escuchada, que se resiste a
desaparecer, un trozo de papel encontrado
en una mazmorra, un poema en la pared,
escrito por un preso condenado a muerte o una carta de un soldado despidiéndose
de su amor, es la poesía llamando a la memoria.
En Colombia, la guerra ha sido una
constante por más de medio siglo, pero la violencia siempre ha estado y con
cada recrudecimiento del conflicto armado, con cada masacre, tras cada
genocidio, tras la devastación y muerte que estos dejan a su paso, ahí en medio
de los horrores, siempre ha estado la palabra. Es así, como el dolor, se
convierte en una trágica musa, que inspira y crea esa necesidad implícita de
retratar de alguna forma la guerra, quizá para buscar memoria, como forma de
reparación o simplemente para aflorar sentimientos que no encuentran otra
válvula de escape más que la poesía, que es ya, una reparadora del tejido
social, todo por medio de la palabra.
Un país marcado por el dolor, es un país
que necesita crear memoria, y así, cuando el pos conflicto al fin llegue, todos
tengan la conciencia, del porqué no se debe retornar al conflicto, para no
recaer en los patrones preexistentes. Colombia es un país que necesita sanarse
y repararse y que mejor manera que la poesía, como cura, es así como aparecen
grandes autores como; María Mercedes Carranza, William Ospina, José Manuel
Arango, Piedad Bonnett, entre otros poetas que escriben a la memoria. Aparecen
también los festivales y eventos poéticos, que llaman a la reconciliación y la
memoria. Es así, como los poetas, más que poetas son unos comprometidos
guardianes del legado histórico de la guerra de las anteriores y las nuevas,
comprometidos también, con trasmitir por medio de la palabra, este constante
dolor, que aún nos flagela y pesa a
todos, de la que pocos quieren hablar y oír, pero que es necesario saber y
recordar, para así un día poder sanar.
La poesía es entonces, una necesidad, que
se crea desde la parte más interna del ser, que sirve no solo para la memoria
individual, sino que se crea como una gran red de memorias colectivas en torno
a los grandes acontecimientos de la historia, formando así, un inmenso tejido
que trasciende lo físico y se convierte casi en un fenómeno metafísico, para
trasmitir lo indecible o inimaginable, lo que solo puede decirse e imaginarse a
través de la poesía, de la palabra convertida en arte, un arte a veces ilógica,
pero esencial, para explicar fenómenos complejos, que crean circunstancias
adversas y buscan ser manifestados por medio de un compendio de palabras, que
nos envuelve en un contexto histórico o geográfico, que nos hace sentir muchas
veces, lo que su creador buscaba trasmitir, como lo es en el caso de Colombia
la poesía desde el dolor que pide a gritos memoria para la no repetición.
De esta forma es quizás el poeta una
especie de creador todo poderoso, sobre el que recae muchas veces el poder
hacedor de la historia, un trasmutador de circunstancias, de realidades, de
pensamientos y fenómenos, que convierte en palabras que describen todos ellos,
es el poeta, quien crea el mundo desde su percepción y alcance individual, para
convertirlo en un rastro de memoria donde público y lectores se convierten en
la obra cúspide de su creación.
La poesía, ha sido, es y será un eje
fundamental en la memoria colectiva de los pueblos, cumple ese papel necesario
de conservar y trasmitir un legado, de mantener viva la palabra y la memoria,
de cultivar y cosechar las palabras para seguir denominado, para seguir
trasmutando los sentimientos, para de alguna forma mantener viva la memoria y
tener una idea de los acontecimientos que van determinando el desarrollo de las
civilizaciones y sociedades, muchas veces desde un entorno bélico o
catastrófico, que es lo que crea el legado cultural de los pueblos, la poesía
como remedio contra el olvido.
Es también la poesía un ideal, subjetivo o colectivo, un ideal que trasciende las fronteras, no solamente físicas, sino, las fronteras etérea de la palabra y lo que va más allá de ella, es la idea y lo que la trasciende, es lo tangible e intangible, lo imaginable y lo inimaginable, la representación de la belleza y de la fealdad del mundo, lo moral y lo inmoral, lo sacro y lo profano, la poesía es todo, pero también ha buscado ser nada, sin lograrlo, pues siempre será queriendo o sin querer poesía, para recordar, una evocación a la memoria.
*Laura Jaramillo Mazo nació en Carolina,
Colombia en 1989, es abogada especialista en derecho penal e investigadora,
activista social, defensora de los derechos humanos, gestora cultural y artista
polivalente. Aficionada a la escritura y la poesía, participó en la antología
literaria ¿Quieres ver mis lunares? de la editorial mexicana Bisconverso en
2018, Memor morti, poemario 2019, Anatomía del placer 2020 y cartografía del
deseo publicada por Diversidad literaria en el 2025. Laura ha participado en
diversos eventos literarios internacionales y actualmente es miembro de la
junta directiva del colectivo Ataecina en España, dónde sigue realizando
eventos culturales.
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