
Y si me pongo a recordarte, no me queda más que recorrer las calles.
Un martini en la Plaza Foch, ese que nos tomamos mientras me contabas que no soportabas a tu jefe, hablabas atropelladamente y con el espíritu desencajado, no encontrabas los adjetivos justos y necesarios para describir la poca creatividad del tipo que amenazaba tu estabilidad laboral y emocional; esa noche llevabas esa chaqueta que tanto me gustaba, esa que me ponía para correr al baño luego de nuestros encuentros sudorosos, la prenda apenas llegaba a cubrir mis nalgas desnudas que saltaban alborotadas en mi carrera pudorosa al baño.
Ese martini en la Plaza Foch; odiaba la bebida, muy fuerte para mi pésimo gusto, pero definitivamente disfrutaba escucharte y tratar de mejorar tu noche o por lo menos, procurar que se te pase el mal humor y te provoque hacerme el amor; entonces, era el turno del vinito en tu departamento, ese que ostentaba la vista a Guápulo entre nubes. Salíamos de ese bar que cambiaba de nombre cada cierto tiempo, cruzábamos apresuradamente mientras las “seños” nos perseguían con la mirada por si nos animábamos a comprarles alguna de esas drogas novedosas que ofrecían, luego trepábamos por las calles hasta llegar a ese departamento de la González Suárez que amabas porque podías pagarlo. Me sentaba ahí, en el sillón blanco que sonaba como mueble de abuelo, me encantaba ese ventanal tuyo, la vista era imponente, me sumergía en las luces de las modestas casas de Guápulo que podía apreciar a la distancia y el caminar despreocupado de los vecinos que no se imaginaban que eran observados por mi mirada perdida, mientras tú limpiabas las copas y abrías la botella de turno, yo trataba de llenar los silencios procurando alguna frase ingeniosa, me ponías tan nerviosa, jamás sentí que estaba a la altura de tu elocuencia, luego, cansada de tanto meditar cada palabra, me preparaba para brindarte mis mejores besos que normalmente terminaban con mis mejillas rozando las tuyas y llevándonos a otro tipo de vicio.
Ahora, desde tu calle, esa que ahora transito a prisa para que no me invada la nostalgia, resulta inevitable no parar en el mirador de la esquina, ese que antes estaba ocupado por un bar diminuto que disfrutábamos en complicidad de esas parejas fugaces y amantes del rock, mirándonos sonrientes mientras bebíamos una cerveza, esa de la marca que ahora no me atrevo a probar para no evocarte, para no invocarte.
Sigo caminando entre los autos de alta gama que suelen circular por el sector y me encuentro con ese restaurante que ya no está, ahora en su lugar está un edificio lleno de gracias y diseño, superior en todos los sentidos al restaurante para comer alitas de pollo y mirar el fútbol que tú y yo visitábamos; entonces me llegan las imágenes de la modelo de la puerta que nos atendía con una sonrisa boba y que te miraba insistente, como si yo no existiera, mientras tú fingías no darte cuenta y yo contemplaba la escena preguntándome: ¿Qué hacía este espécimen tan magnífico, conmigo, una pobre mujer tan desaliñada? No me lo explicaba y sin embargo me tomaba la cerveza, esa de la marca que te gusta; esperaba que mi conversación chispeante y mi inteligencia sean suficientes para retenerte, no te miraba, pretendía interesarme en el partido de fútbol para que tengas la oportunidad de coquetear con la modelo, por si se te antojaba; sorprendida, te descubría mirándome, a mí, sólo a mí, jamás llegué a comprender tus razones, te estabas enamorando de mí y nunca llegué a comprender el porqué
El barrio entero te pertenece, la experiencia de caminarlo no me deja desplazarme en paz, llenaste de tí cada rincón de lugares que solían emocionarme; ahora me encuentro huyendo de calles y bebidas, me doy cuenta de que todos mis recuerdos contigo son alcohólicos y que el chuchaqui aún no se me pasa. Me encuentro con las ráfagas de momentos que a veces dudo que sucedieron, se me atraviesan como pequeños golpes que me recuerdan que dejé que te fueras, que te miré con alivio mientras tomabas el valor de irte, dejando la copa de vino a medias y a mí en silencio. En efecto, el chuchaqui no pasa. No pude elegirte finalmente, no lo lamento, descubro que lo que quiero es recuperar a mi ciudad, transitar tranquila por ella, sin el sobresalto de tus vinos, tus martinis, tus cervezas y el tormento de tu sonrisa en mi nueva realidad, no sentirme infiel ante tu recuerdo, poder beber sin prisas ni nostalgias, rodar por las avenidas que algún momento recorrimos sin tener que pensarte y sentarme a observar desde lo alto de algún restaurante del parque Itchimbía, sin recordarte mientras mirabas con ojos brillosos el bullicio de la ciudad, recuerdo que me contabas de la vez en que decidiste dejar tu país para instalarte en este Quito que descubriste al mirar esa película que esos empresarios de Hollywood decidieron filmar en nuestras calles; decías que te encantó ver a la Virgen del Panecillo desde el cielo encapotado de La Carita de Dios, entonces te antojaste de esas montañas y de estos fríos, te trasladaste vibrante, con curiosidad insólita, te quedaste y luego me encontraste.
Nunca supe qué responder cuando me acribillabas con tus propuestas de una vida en conjunto, yo callaba y abría las piernas para cambiar el tema o servía más vino para que ocupes tu boca en menesteres menos exigentes con mi atribulado corazón que no logró enamorarse de ti; y, sin embargo, aquí me encuentro, bebiendo en tu nombre, pensándote en los pasos mojados que doy entre la lluvia de este diciembre quiteño, sin animarme a llamarte ¿Para qué hacerlo? Si de todas formas jamás te elegiré, el proceso mental es claro, nunca podría elegirte.
Llego a mi destino, uno que jamás recorrimos, incluso las calles nunca fueron tuyas, dejo de lado tus sombras, las esquivo con decisión, abrazo a mi hija, a mi esposo y tú te vuelves etéreo, imposible, ajeno, lejano, un recuerdo; y, entonces, bebo mi whiskey sin prisas, finalmente logré encontrar una bebida que no era tuya y una salida a tu recuerdo, incluso puedo decir que por instantes te olvido.
Me interno en mis secretos, quién podría adivinar que esta dama de clubes y domingos en familia los tiene. Miro a mi hija a la distancia, escucho sus carcajadas desinhibidas, sosteniendo mi mano con cariño, por otro momento te olvido, ya no eres importante y entonces me llega algún mensaje tuyo, uno corto y sin corazón que me obliga a volver a la tarea de tratar de sacarte de mis días. Él se me aparece como un fantasma, a veces creo que no existió, pero sus huellas en mi piel lo comprueban. Eres esa isla de fiestas y sonrisas, una isla llena de vinos y música, de poses y egos elevados, eres esa isla en la que me pierdo cada que lo necesito, cuando siento sed de aventura y tramas telenovelezcas, esa en la que naufrago cuando no encuentro sentido a la existencia y te extraño, sí, me haces falta, llenas espacios que pensé que estaban llenos, sacudes polvos olvidados para llenarme de vida, de esa que pudo ser y no fue; eres, seguirás siendo esa isla recóndita y escondida, misteriosa, llena de placeres, una isla en la que no quiero habitar por miedo al tedio, esa que veo a lo lejos desde mi comodidad, para temblar y recordar que aún en las profundidades de mi ser, está esa mujer, la que visita la isla, la que se desdobla de mi ser para vivir pecadora, la que te busca, la que te encuentra y te besa, la que te llena de caricias sudorosas y vino. Tú lo dijiste, somos esas islas cuando estamos juntos, islas que se encuentran por un momento, que chocan y se dan un beso, que se miran de pasada y sonríen, para luego seguir su camino.
Día 321 de mi abstinencia, finalmente sucumbo y voy a visitarlo, él me mira y sonríe, me pregunta la razón de mi llegada y no atino a decir más que tonterías; él me lo hace más fácil y cierra la puerta. Adentro una esposa y un bebé, afuera yo sobresaltada e incrédula, adentro él aliviado y seguro, afuera yo tratando de calmar al corazón y al ego herido, adentro él rogando que me vaya, afuera yo comprendiendo que, tal vez si fue un sueño, adentro él en su nueva vida, afuera yo en ruinas, corriendo hacia la vida que elegí, adentro él suspirando, ya no le dolía, afuera yo murmurando: ¡Maldita resaca!
Pasan pocos días y de todas formas me llama, nos encontramos, nos volvemos a amar y nos seguimos despidiendo, después de todo, encontramos la forma de soportar la monotonía de nuestras vidas. Nos encontramos en restaurantes, fiestas y conciertos, el problema de vivir en Quito es que todos están en todas partes; fingimos no conocernos, pasamos de lado con mil mariposas en el estómago, nos enviamos un mensaje cómplice y nos prometemos un encuentro lejano y fugaz, corremos el riesgo y cuando calmamos las ganas nos damos cuenta que no era para tanto, eso no es amor, es algo más.
*Micaela Ramón Naranjo (Loja-Ecuador) Nacida en Loja, pequeño lugar al sur del Ecuador. Actualmente habita las alturas imposibles de Quito. Las letras son una especie de escape a la aburrida vida de abogada en la que decidió habitar cuando apenas cruzaba los 18, nunca lo meditó con mayor detenimiento, por lo que descarga su alma en la danza y los cuentos.
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