viernes, 22 de mayo de 2026
"Trascender" pinturas de Adriana Díaz “Natsuko”
jueves, 21 de mayo de 2026
"La niña que se volvió raíz" relato de Miriam Susana Rodríguez Roa
El parto había
sido difícil.
La partera ,una
mujer mayor, acostumbrada a ver la vida y la muerte mezclarse en la misma
habitación, salió con la cabeza baja.
La madre no
sobrevivió. El bebé sí.
En un rincón, una
niña de cuatro años abrazaba a su hermanita mayor sin entender del todo lo que
pasaba. Esa niña —la que un día se volvería raíz— tenía los ojos llenos de un
dolor que todavía no sabía nombrar.
Ernesto Gatica
quedó solo en una casa rural donde el silencio pesaba más que el viento
pampeano. Era un hombre de campo, acostumbrado a la dureza, pero no a esta
clase de soledad.
Tenía que salir
al ganado, al alambrado, a la tropilla.
No podía criar
tres criaturas solo.
En La Pampa de
principios de siglo XX , la red de sostén eran las hermanas, las tías, las
vecinas, las monjas.
Por eso es que fue
hasta el puesto vecino en busca de su hermana, esa mujer fuerte, con hijos
propios, dueña de unas manos que sabían sostener bebés y consolar niñas.
Y luego hizo lo
que podía. Allí dejó al recién nacido y a la pequeña.
Pero Ermelinda
tenía ocho años y para ella quería educación, disciplina, un lugar donde crecer
sin que quedara atrapada en la rueda del trabajo rural.
Su hija era
inteligente, despierta, sensible. Tenía una luz que él no quería apagar con la
dureza del campo.
Amar es saber
soltar y desprenderse de egoísmo, por eso tomó la decisión más difícil de su
vida.
Las monjas la
recibieron con un delantal limpio, un rosario y una cama.
Le prometieron
educación, cuidado, alimento, un futuro.
Ernesto la
visitaba religiosamente. Nunca faltaba.
Llegaba con el
sombrero en la mano, con la voz quebrada, con la culpa y el amor mezclados.
El internado salesiano
estaba junto a la Iglesia Inmaculada Concepción, el corazón religioso de
General Hacha .Ermelinda creció allí, con el sol de la llanura entrando cada
mañana por las ventanas altas para dibujar sombras sobre los gruesos muros de
adobe blanqueado y el olor a jabón y a pan recién horneado.
Aprendió a leer,
a escribir, a cocinar, a coser y tejer y a esperar. A esperar a su padre que
nunca dejó de verla y al que ella quería, respetaba y admiraba profundamente.
Las niñas dormían
en camas alineadas, comían, rezaban y se educaban juntas, y jugaban en un patio
interno rodeado por galerías con rejas de hierro forjado.
Fue en esas rejas
donde comenzó la historia.
El tiempo pasaba.
Sus grandes ojos tenían el brillo del aprendizaje adquirido y la silenciosa tristeza
que la abrazaba al llegar, había comenzado a disiparse.
Cada mañana, un
muchacho pasaba con un carro tirado por un caballo manso, repartiendo leche
fresca a la casa religiosa. Se llamaba Juan Roa.
Saludaba con
respeto a las Hermanas, dejaba los tarros de leche, y antes de irse, buscaba
con la mirada a la niña de trenzas oscuras que lo observaba desde el patio.
Al principio fue
apenas un gesto: un “buen día”, un movimiento de cabeza, Una sonrisa tímida.
Pero con el
tiempo, las monjitas empezaron a notar que Ermelinda se acercaba siempre a la
reja cuando el carro llegaba. Y que Juan, sin faltar un solo día, se detenía
unos segundos más de lo necesario.
No podían tocarse
ni hablar más que unas pocas palabras.
Pero en ese mundo
de silencios y límites, las miradas eran un idioma completo.
A los dieciséis
años, cuando la costumbre de la época lo permitía, Ermelinda dejó el internado.
Las hermanas la despidieron con un rosario, un vestido nuevo y una bendición.
Su padre la esperaba afuera, emocionado, orgulloso.
Y allí, junto al
carro de leche, estaba Juan. No hubo dudas. No hubo titubeos. Habían crecido
mirándose a través de una reja.
Ahora podían
caminar juntos. Y ese dìa con pocas palabras, con mucha esperanza y con la
certeza de que la vida se construye de a dos, se casaron.
Tuvieron cinco
hijos, Juanita ,la mayor y única niña, fue un ángel que los acompañò solo dos
años , Pedro el que seguía a esa hermanita que nunca olvidaron, fue mi abuelo.
Ermelinda, esa
mujer que vivió poco, pero lo suficiente como para unir dos mundos ,el de la
tierra y el de la ciudad, el de la tradición y el de la modernidad, fue tan
dulce como el almíbar de sus hojaldres, tan cálida como sus mantas tejidas a
ganchillo, tan fuerte como para bordar historias más allá de sus hilos de
colores. Ella, fue la abuela de mi madre: la raíz que no se ve, pero sin la
cual ningún árbol permanece en pie.
*Miriam Susana Rodríguez. Cuando escribe le gusta sumar su apellido materno, por eso sus textos llevan como firma Miriam Rodríguez Roa. Nació en Florencio Varela, un municipio muy cercano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, el 29 de junio de 1963. Es Educadora Preescolar y Auxiliar Psicoterapéutica y, como tal, facilita laborterapia y arteterapia. A finales de los años 80 estuvo al frente de un jardín de infantes barrial y, a partir del 2000, trabajó en principio en un hogar de ancianos; luego, durante catorce años, coordinó un taller protegido de producción que brinda espacio laboral a jóvenes con discapacidad intelectual. Más tarde tuvo la experiencia de pasar por un consultorio de rehabilitación y ser parte de un equipo interdisciplinario, donde su labor fue la de acercar la expresión artística a niños, adolescentes y jóvenes neurodivergentes. Actualmente su tarea se desarrolla en el ámbito educativo, realizando talleres artísticos-literarios en el nivel inicial. Desde siempre le gusta escribir, pero no hace demasiado tiempo que comenzó a publicar en blogs y colaborar en revistas literarias. Un relato inédito, escrito especialmente para la ocasión y titulado Guarda la lumbre a tu lado, forma parte de El arte de ser: Mujer, arte y discapacidad, una obra literaria que suma literatura y obras pictóricas de mujeres de Cuba, Ecuador, México y Argentina.
miércoles, 20 de mayo de 2026
"Cuando tú duermes" poemas de Ana Pobo Castañer
Anoche amor,
el silencio era el propietario
del remanso vertical de nuestra alcoba.
La cortina sin querer
pugnaba por abrir la pequeña ventana a tientas
… y tú dormías…
y yo derramé la mirada
con ternura infinita
por el aura añil
de tu cuerpo en sombras.
Solo quise comprender
el mensaje de la luz que te adorna la frente.
Solo quise embriagarme
del perfume que pervive por tu adentro.
Solo quise descubrir
la constelación de vértigo que representas.
Pero tú dormías …
y yo no me atreví a tocarte,
tuve miedo de alterar el letargo,
me asomé al borde del ensueño
y vi que, olas invisibles de mar,
tropezaban contra mi horizonte descalzo.
Perdona que desee contágiate
la inmensidad del mar.
Perdona que ansíe cobijarme en tu pecho.
… no sé cómo pedirte
que me dejes vivir eternamente
en la cálida espiral de tus abrazos…
Anoche,
yo bebí amor
de tu sueño y tu silencio
Esperarte
A veces,
en las noches desveladas sin tí
he tomado el rumbo
de la luna y del verso…
porque hay flores
pájaros
luces.
Voy a esperarte aquí
a la sombre del roble y sauce amigo,
con ese olor a silencio y a hierba grata.
Voy a esperarte aquí
porque la casa está repleta de rumores,
de cansancio, de prisas y de vacíos…
¡ Aquí sin tí las horas son
más largas cada día!
Dame la mano, amor,
para hallar en ti un calor distinto
para ver que en realidad existen
tus besos de mar y escarcha.
Dame la mano, amor
que quiero borrar
el enigma gris que soy en tu ausencia…
si supieras…
que maravillosa es el hoy
de estela azul
que me produces.
Mañana
Mañana
no quisiera abrir los ojos
con la desnudez total a que me acostumbran.
No quisiera amanecer
llena de aguijones preocupados,
conservando la memoria de un mal sueño,
o animando al vacío de tu ausencia,
si me desvelo, quisiera hallar
sencillamente,
tu sol agazapado en mi ventana
bebiéndose de golpe las tinieblas,
rompiendo la infinitud febril
que me limita.
Y así sentir
en ese instante eclipsado de los siglos,
como renazco a la longitud de una vida
creciendo aventado de silencios amarillos,
como llevo gaviotas mudas en las manos
que moldean versos a su antojo.
Mañana
Mañana no quisiera despertar
con esa ansiedad de luna por la sangre…
Mañana quisiera despertar
con un susurro de besos en silencio…
Todo me habla de ti.
¡Hasta el silencio!
*Ana Pobo Castañer, Pamplona, España, fotógrafa. Autora de los libros “Las huellas del Pasado”, “Teruel Histora” y “Arte El color de la ira”Algunas premiaciones:-Foto premiada en el concurso fotográfico de la Revista Mía, nº 1186 correspondiente a la semana del 1 al 7 de junio del 2009. Foto premiada en el concurso fotográfico de la Revista Mía nº 1189 correspondiente a la semana del 22 al 28 de junio del 2009. Foto premiada en el concurso fotográfico de la Revista Mía nº 1205 correspondiente a la semana del 12 al 18 de octubre del 2009. Seleccionada en La VI BIENAL INTERNACIONAL DE ARTE SIART BOLIVIA 2009. Una de las 5 personas seleccionadas para representar a España. Obra donada al Museo de Siart. Foto Seleccionada para la 1ª Bienal internacional de fotografía artística contemporanea de quito, ecuador, 2011. Única española participante. Foto seleccionada para Mail Attack 活动图片展厅(四)|121.48°E主办方:mailattack 时间:2011.7.24 10am—6pm 地点:上海 静安区 上海 静安区 西苏州路71号9楼 – TBWA S Shanghai - China. Foto seleccionada para la 8º BIENAL SICAFI, 8º SALÓN SICAFI, Centro Argentino Fotográfico Buenos Aires. Argentina, 2011.
martes, 19 de mayo de 2026
"Talismán" poemas de Lorenzo E. Lopera Múnera
Talismán
Hecha de infierno y cielo,
Un alma de fuego y hielo,
Nada más que un alma en peligro de la nada;
Déjala al sol y al agua,
Que los elementos la acechen y sienta su temor y su osadía;
Arrójala luego lejos de tus ojos
Para que no puedas ver más su desventura;
Recógela después con tus manos de golpe y de caricia,
Ponla en reposo para que descanse y no muera;
Esculca su corazón a ver si aún le queda algún hálito de vida,
Déjala en su fiebre y desvarío,
En el veneno de escorpiones y serpientes,
Y cuando el devenir se acerque a ella, antes de ser convertida en Estatua
Déjala desnuda que muestre sus heridas
Y las exhiba a la lujuria de los ojos de curiosos
Hasta que una palabra, un grito o un eco herido
Retumbe en el fondo de sus oídos.
Si esta alma aún es alma,
Hecha de infierno y cielo,
He ahí tu fortaleza hecha para la paz y para la guerra,
Guárdala entonces en el soldado de tu cuerpo
¡Pero vela, vela con ella!
—La inofensiva, el hacha mortal contra tu pecho—
Aparecía la imagen del Libertador
Vestido del mismo metal que su
Caballo
De multitudes quietas y ambulantes
Miraban a hombres y mujeres del
Oprobio
Tan recostados en sus bancos
Como él en su caballo
A un minero
Bañada de bronce su azul esperanza
Con una vasija de peltre a sus pies
Y una pica golpeando la nada
Sintió el metal que también a ellos
Atravesaba
—la luz todo lo desnudaba —
Dicen que cayó en el puente, entre el pueblo y su unidad residencial; que esa noche, tiraron pólvora para silenciar los cuatro disparos: al ojo izquierdo, al corazón, al vientre y el último, que trató de esquivar con sus manos.
Le dieron sepultura la mañana siguiente, en el mismo cementerio donde reposan sus antepasados. Los duelos acudieron a la sala de velación, algunos protestando porque el féretro había sido sellado para impedir la curiosidad.
En un rincón junto a la mesita donde habían dispuesto la cafetera y las galletas, alguien se debatía en un mar de lágrimas.
Alguien se le acercó poniéndole sobre su hombro una mano, para musitarle: “no se puede matar a un ángel y desaparecer en el mundo, donde otra vez se puede volver a matar”.
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