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miércoles, 15 de abril de 2026

"La resaca" cuento de Micaela Ramón Naranjo

 

Y si me pongo a recordarte, no me queda más que recorrer las calles.


Un martini en la Plaza Foch, ese que nos tomamos mientras me contabas que no soportabas a tu jefe, hablabas atropelladamente y con el espíritu desencajado, no encontrabas los adjetivos justos y necesarios para describir la poca creatividad del tipo que amenazaba tu estabilidad laboral y emocional; esa noche llevabas esa chaqueta que tanto me gustaba, esa que me ponía para correr al baño luego de nuestros encuentros sudorosos, la prenda apenas llegaba a cubrir mis nalgas desnudas que saltaban alborotadas en mi carrera pudorosa al baño.

Ese martini en la Plaza Foch; odiaba la bebida, muy fuerte para mi pésimo gusto, pero definitivamente disfrutaba escucharte y tratar de mejorar tu noche o por lo menos, procurar que se te pase el mal humor y te provoque hacerme el amor; entonces, era el turno del vinito en tu departamento, ese que ostentaba la vista a Guápulo entre nubes. Salíamos de ese bar que cambiaba de nombre cada cierto tiempo, cruzábamos apresuradamente mientras las “seños” nos perseguían con la mirada por si nos animábamos a comprarles alguna de esas drogas novedosas que ofrecían, luego trepábamos por las calles hasta llegar a ese departamento de la González Suárez que amabas porque podías pagarlo. Me sentaba ahí, en el sillón blanco que sonaba como mueble de abuelo, me encantaba ese ventanal tuyo, la vista era imponente, me sumergía en las luces de las modestas casas de Guápulo que podía apreciar a la distancia y el caminar despreocupado de los vecinos que no se imaginaban que eran observados por mi mirada perdida, mientras tú limpiabas las copas y abrías la botella de turno, yo trataba de llenar los silencios procurando alguna frase ingeniosa, me ponías tan nerviosa, jamás sentí que estaba a la altura de tu elocuencia, luego, cansada de tanto meditar cada palabra, me preparaba para brindarte mis mejores besos que normalmente terminaban con mis mejillas rozando las tuyas y llevándonos a otro tipo de vicio.


Ahora, desde tu calle, esa que ahora transito a prisa para que no me invada la nostalgia, resulta inevitable no parar en el mirador de la esquina, ese que antes estaba ocupado por un bar diminuto que disfrutábamos en complicidad de esas parejas fugaces y amantes del rock, mirándonos sonrientes mientras bebíamos una cerveza, esa de la marca que ahora no me atrevo a probar para no evocarte, para no invocarte.
Sigo caminando entre los autos de alta gama que suelen circular por el sector y me encuentro con ese restaurante que ya no está, ahora en su lugar está un edificio lleno de gracias y diseño, superior en todos los sentidos al restaurante para comer alitas de pollo y mirar el fútbol que tú y yo visitábamos; entonces me llegan las imágenes de la modelo de la puerta que nos atendía con una sonrisa boba y que te miraba insistente, como si yo no existiera, mientras tú fingías no darte cuenta y yo contemplaba la escena preguntándome: ¿Qué hacía este espécimen tan magnífico, conmigo, una pobre mujer tan desaliñada? No me lo explicaba y sin embargo me tomaba la cerveza, esa de la marca que te gusta; esperaba que mi conversación chispeante y mi inteligencia sean suficientes para retenerte, no te miraba, pretendía interesarme en el partido de fútbol para que tengas la oportunidad de coquetear con la modelo, por si se te antojaba; sorprendida, te descubría mirándome, a mí, sólo a mí, jamás llegué a comprender tus razones, te estabas enamorando de mí y nunca llegué a comprender el porqué

El barrio entero te pertenece, la experiencia de caminarlo no me deja desplazarme en paz, llenaste de tí cada rincón de lugares que solían emocionarme; ahora me encuentro huyendo de calles y bebidas, me doy cuenta de que todos mis recuerdos contigo son alcohólicos y que el chuchaqui aún no se me pasa. Me encuentro con las ráfagas de momentos que a veces dudo que sucedieron, se me atraviesan como pequeños golpes que me recuerdan que dejé que te fueras, que te miré con alivio mientras tomabas el valor de irte, dejando la copa de vino a medias y a mí en silencio. En efecto, el chuchaqui no pasa. No pude elegirte finalmente, no lo lamento, descubro que lo que quiero es recuperar a mi ciudad, transitar tranquila por ella, sin el sobresalto de tus vinos, tus martinis, tus cervezas y el tormento de tu sonrisa en mi nueva realidad, no sentirme infiel ante tu recuerdo, poder beber sin prisas ni nostalgias, rodar por las avenidas que algún momento recorrimos sin tener que pensarte y sentarme a observar desde lo alto de algún restaurante del parque Itchimbía, sin recordarte mientras mirabas con ojos brillosos el bullicio de la ciudad, recuerdo que me contabas de la vez en que decidiste dejar tu país para instalarte en este Quito que descubriste al mirar esa película que esos empresarios de Hollywood decidieron filmar en nuestras calles; decías que te encantó ver a la Virgen del Panecillo desde el cielo encapotado de La Carita de Dios, entonces te antojaste de esas montañas y de estos fríos, te trasladaste vibrante, con curiosidad insólita, te quedaste y luego me encontraste.

Nunca supe qué responder cuando me acribillabas con tus propuestas de una vida en conjunto, yo callaba y abría las piernas para cambiar el tema o servía más vino para que ocupes tu boca en menesteres menos exigentes con mi atribulado corazón que no logró enamorarse de ti; y, sin embargo, aquí me encuentro, bebiendo en tu nombre, pensándote en los pasos mojados que doy entre la lluvia de este diciembre quiteño, sin animarme a llamarte ¿Para qué hacerlo? Si de todas formas jamás te elegiré, el proceso mental es claro, nunca podría elegirte.

Llego a mi destino, uno que jamás recorrimos, incluso las calles nunca fueron tuyas, dejo de lado tus sombras, las esquivo con decisión, abrazo a mi hija, a mi esposo y tú te vuelves etéreo, imposible, ajeno, lejano, un recuerdo; y, entonces, bebo mi whiskey sin prisas, finalmente logré encontrar una bebida que no era tuya y una salida a tu recuerdo, incluso puedo decir que por instantes te olvido.  

Me interno en mis secretos, quién podría adivinar que esta dama de clubes y domingos en familia los tiene.  Miro a mi hija a la distancia, escucho sus carcajadas desinhibidas, sosteniendo mi mano con cariño, por otro momento te olvido, ya no eres importante y entonces me llega algún mensaje tuyo, uno corto y sin corazón que me obliga a volver a la tarea de tratar de sacarte de mis días.  Él se me aparece como un fantasma, a veces creo que no existió, pero sus huellas en mi piel lo comprueban.  Eres esa isla de fiestas y sonrisas, una isla llena de vinos y música, de poses y egos elevados, eres esa isla en la que me pierdo cada que lo necesito, cuando siento sed de aventura y tramas telenovelezcas, esa en la que naufrago cuando no encuentro sentido a la existencia y te extraño, sí, me haces falta, llenas espacios que pensé que estaban llenos, sacudes polvos olvidados para llenarme de vida, de esa que pudo ser y no fue; eres, seguirás siendo esa isla recóndita y escondida, misteriosa, llena de placeres, una isla en la que no quiero habitar por miedo al tedio, esa que veo a lo lejos desde mi comodidad, para temblar y recordar que aún en las profundidades de mi ser, está esa mujer, la que visita la isla, la que se desdobla de mi ser para vivir pecadora, la que te busca, la que te encuentra y te besa, la que te llena de caricias sudorosas y vino.  Tú lo dijiste, somos esas islas cuando estamos juntos, islas que se encuentran por un momento, que chocan y se dan un beso, que se miran de pasada y sonríen, para luego seguir su camino.  

Día 321 de mi abstinencia, finalmente sucumbo y voy a visitarlo, él me mira y sonríe, me pregunta la razón de mi llegada y no atino a decir más que tonterías; él me lo hace más fácil y cierra la puerta.  Adentro una esposa y un bebé, afuera yo sobresaltada e incrédula, adentro él aliviado y seguro, afuera yo tratando de calmar al corazón y al ego herido, adentro él rogando que me vaya, afuera yo comprendiendo que, tal vez si fue un sueño, adentro él en su nueva vida, afuera yo en ruinas, corriendo hacia la vida que elegí, adentro él suspirando, ya no le dolía, afuera yo murmurando: ¡Maldita resaca! 

Pasan pocos días y de todas formas me llama, nos encontramos, nos volvemos a amar y nos seguimos despidiendo, después de todo, encontramos la forma de soportar la monotonía de nuestras vidas.  Nos encontramos en restaurantes, fiestas y conciertos, el problema de vivir en Quito es que todos están en todas partes; fingimos no conocernos, pasamos de lado con mil mariposas en el estómago, nos enviamos un mensaje cómplice y nos prometemos un encuentro lejano y fugaz, corremos el riesgo y cuando calmamos las ganas nos damos cuenta que no era para tanto, eso no es amor, es algo más.


*Micaela Ramón Naranjo (Loja-Ecuador) Nacida en Loja, pequeño lugar al sur del Ecuador.  Actualmente habita las alturas imposibles de Quito.  Las letras son una especie de escape a la aburrida vida de abogada en la que decidió habitar cuando apenas cruzaba los 18, nunca lo meditó con mayor detenimiento, por lo que descarga su alma en la danza y los cuentos. 

"Migajas y pobreza" collages de Laura Rojbel

Nombre de la obra: Migajas y pobreza
Técnica: Collage análogo
Medidas: 80 x 60 cms.
Año: 2025


Nombre de la obra: Nostalgia
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 62 cms.
Año de creación: 2022


Nombre de la obra: Alba
Técnica: Collage análogo
Medidas: 60 x 50 cms.
Año de creación: 2021


Nombre de la obra: Quiero atar mi atardecer
Técnica: Collage análogo
Medidas: 80 x 60 cms.
Año de creación: 2023



Nombre de la obra: El último beso
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 65 cms.
Año de creación: 2021




Nombre de la obra: Ecos del silencio
Técnica: Collage análogo
Medidas: 70 x 60 cms.
Año de creación: 2024



Nombre de la obra: Colgando sueños
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 65 cms.
Año de creación: 2022



Nombre de la obra: Historias en rosa
Técnica: Collage análogo
Medidas: 75 x 58 cms.
Año de creación: 2024



 *Laura Rojbel, pseudónimo de Laura Ximena Rojas Belmar es una artista visual, nació en la ciudad de Talca en Chile y desde muy pequeña tuvo una inclinación por el arte y la literatura en todas sus expresiones. Sus otras pasiones como la educación y los niños, la lleva a estudiar en la Universidad de Concepción, Licenciatura en Educación y luego el diseño y el interiorismo la cautivan y su naturaleza curiosa e insaciable, hace que se perfeccione y estudie en Barcelona y Valencia en España, cuna del diseño y del interiorismo, donde cursa el Magíster en Diseño de Interiores en la Escuela Superior de Diseño en Barcelona y Magíster en Diseño de Interiores de la Universidad Internacional de Valencia. En el año 2020, se inicia en la técnica del collage análogo con el pseudónimo de Laura Rojbel, realizando desde esa fecha exposiciones individuales en distintos lugares de américa, dando rienda suelta a su creatividad. Como objetivo, le interesa visibilizar el collage análogo como obras de arte mayor, en obras de gran formato, dando movimiento a sus obras, creando poesías y microcuentos que transformen al espectador en un observador activo en el descubrimiento del recorte en cada ensamble. La obra de Laura Rojbel destaca por el manejo del color, de la composición, de la perspectiva, así como el manejo de luces y sombras. Hay que destacar también que la obra de Laura Rojbel, se caracteriza por mostrar escenas de la cotidianeidad, destacando a la mujer en todos sus roles, se podría definir su temática como de realismo mágico.

martes, 14 de abril de 2026

"Ecos de ausencia" poemas de Andrés Eduardo Gómez Lopera


Ecos de ausencia
 
La tarde cae, 
y la oscuridad tiñe 
con azules profundos 
los cielos que abrazaron nuestros cuerpos. 
 
En frías noches, 
mi cuarto —sin ventanas ni puertas— 
nos guardaba como un secreto, 
un refugio donde el mundo 
no podía encontrarnos. 
 
Solo ardía el calor de tu cuerpo, 
que entre batallas y amaneceres 
me quemaba intensamente. 
 
Tan fuerte. 
Tan amplio. 
Que soñaba 
que nunca se apagara. 
 
Las paredes, 
cómplices mudas, 
retenían tu aliento 
y mi espera. 
Sin salida. 
Sin entrada. 
Solo nosotros 
y el fuego. 
 
Pero la noche pesaba. 
A veces, tu abrazo dolía, 
como si el calor pudiera herir. 
Aun así, tu respiración, 
honda y viva, 
me decía que dentro de ti 
había un mundo para compartir. 
 
Hasta que te fuiste... 
Una fría mañana de diciembre. 
No quisiste pelear 
una noche más— 
la noche que todo iba a cambiar. 
 
Y el cuarto, 
nuestra morada, 
quedó vacío. 
Sin ventanas. 
Sin puertas. 
Sin ti. 
 
Desolado quedé. 
Esperando... 
que el orgullo no ganara. 
Pero te fuiste. 
 
Ahora, 
nuestras almas se buscan 
en otros abrazos 
que no queman 
ni arden 
como el tuyo. 
 
Y aunque el mundo 
nos separó, 
y las voces ajenas 
destruyeron el destino, 
 
en cada noche helada, 
el fuego de nuestras almas 
vuelve a encontrarse 
en ese cuarto, 
donde la ausencia 
es la única puerta 
que nos separa.
 
 
Narciso
 
Acá mi lomo,
te lo ofrecí sin defensa,
creyendo que en tu sombra
había un refugio y no un dominio.
 
Te acercaste con palabras suaves,
prometiendo amistad,
pero tus gestos trazaban límites tan sutiles
que solo yo, con tu permiso, cruzaba.
 
Te hiciste dueño de mis horas,
de mis risas,
de mis ganas de contarle al mundo
que te había encontrado.
 
Y yo, ciego de fe, esperando que algo fuera,
te seguí como quien sigue una voz en medio del agua;
te seguí hasta encontrarte
bajo las estrellas.
 
Te alejaste de todos los que me querían,
me hiciste creer que el silencio era cuidado,
que la distancia era ternura,
que bastaba con mirarte
para sentirme acompañado.
 
Pero no era amor,
era tu espejo.
Yo solo reflejaba el brillo
que ya tenías para ti mismo.
 
Y mientras tú te contemplabas,
yo me hundía en el reflejo,
esperando que alguna vez me vieras
sin necesidad de mirarte.
 
Aún recuerdo esa noche:
el cielo abierto,
las estrellas quietas sobre el potrero,
y tú, dibujando algo torpe en una hoja,
un intento de figura,
una promesa que nunca se dijo.
 
Al día siguiente,
solo quedó ese papel:
un dibujo sin forma,
y un gracias escrito con tu mala caligrafía,
como si te disculparas
por haber existido demasiado cerca.
 
Lo guardé un tiempo.
Ahora lo dejo ir.
 
Porque aprendí
que amar a un Narciso
es amar el reflejo de uno mismo,
rompiéndose por dentro,
desconociéndose en el agua del río Cauca,
que pasa lejos de la cabaña,
viendo al caballo en que “acá mi lomo” va,
como camina el caracol con su casita,
hasta que alguien más decide romper.
 
Como una flor que, aunque quisiera moverse,
no hay ventarrón que le permita mirar otro cielo,
otras estrellas,
fugaces como tú.
 
 
La hoja de papaya
Hay una hoja,
una hoja de papaya,
de colores verdes y naranja.
Hay una hoja que recuerda
cada paso de una persona,
que, de manera lenta y pausada,
dibuja cada trazo,
cada camino que me propuse para ti.
Una vieja de tu pueblo me la entregó,
mostrándome cómo, al secarse,
se quiebra y se deshace;
recordándome que la vida nace, crece y alimenta,
pero también se marchita.
Una hoja guardada como testigo,
dibujada en un trozo de tu cuero,
una obra sobre piel curtida,
muestra del pasado que se pudre lentamente.
Pero esa vieja me enseñó
que la hoja de papaya
ayuda a digerir aquello que no se sana fácilmente:
eso que simplemente se asimila,
como las palabras sin sentido
que, por más que quisieran,
no se van ni se borran.
No porque hayan sido mentira,
sino por la intencionalidad
con que fueron atiborradas de sentido,
llenas hasta el borde
de algo que nunca fue amor.
Solo eso.
De algo que fuimos:
simplemente amigos.
 
 
*Andrés Eduardo Gómez Lopera es filósofo de la Universidad Católica Luis Amigó y estudiante de Derecho en la misma institución. Nacido y residente en Bello, Antioquia, ha tenido una trayectoria diversa como seminarista y militar antes de dedicarse a la docencia. Actualmente, es profesor en varias instituciones educativas de Medellín. Su pasión por las artes, en especial la música, lo ha llevado a interpretar el violín desde los siete años. Su interés académico se centra en la filosofía deconstructivista, la posmodernidad y la metafísica moderna, con un énfasis en la relación entre ética, moral y construcción del Estado en el contexto posmoderno.

"Flores afiladas" poemas de María Sofía Abarca

 
Flores afiladas
 
Un ademán sonámbulo
me despabiló los sueños
y pregunté a la guerra por qué
las niñas lloraban.
Abrí los músculos que protegen mi corazón
y las abrigué;
el mundo sintió la carne urgente
llena de huidas y de paraísos insostenibles;
sintió la cicatriz que dejan los gritos
cuando el dolor
se ha vuelto parte de los ojos.
Es invierno
y solo la paz quiere quedarse
a morir de frío con los soldados;
a morir de hambre con los niños,
a morir, fingir su muerte
solo para acompañar
a la humanidad.
Las luciérnagas escribirán nuestros nombres
en las flores afiladas:
se volverá íntima luz
nuestra memoria.
 
 
Los terrarios del alma
 
Atiende, poesía,
porque nadie más podría volver verde
el mundo siniestro;
solo tú sabes
envolver de calor maternal a las crisálidas.
La creación poética
desborda de esporas, esquejes y semillas
los profundos terrarios del alma.
Allí cumple su promesa cada verso;
ahí juran, los pronombres y las metáforas
que nombran el amor primero
y el naufragio que comparte con el futuro.
El lenguaje se vuelve hábitat
de microorganismos y de brotes;
es la celebración de los nidos de barro.
Se descompondrá la piel de las frutas,
las cáscaras y el nervio de los tomates.
Así como ellos, se vulnerarán nuestros huesos
en la humedad luminosa del tiempo,
y nos atravesará el corazón
una rama cubierta de mariposas nuevas:
solo así sabremos que llegó la muerte con su llanto.
 
 
El presente más necesario
 
La luz que se hace carne susurra, se expande;
inconsistente, quiere escaparse
como de la boca de un poeta
y así, imita la forma de veleros o de gaviotas.
Las manos se corresponden
como aspirando a formar
el presente más necesario,
el paraíso que se sobreentiende urgente
en las orillas de lo sencillo,
allí, justo encima de mi nombre
donde van a morir los segundos.
Las bocas transcriben
un beso interno, desconocido,
que buscó darle una infancia al nuevo universo:
sobre la soledad del diafragma
hizo la canción más larga del mundo.
En ese amontonamiento de pureza,
la piel también lo sabe, se invierte,
de nuevo, el cielo;
se recrean los laberintos, los naufragios
y todo quiere ser cuerpo. 
Hoy, la casa se ha llenado de dioses.
 
 
 
*María Sofía Abarca (Mendoza, Argentina) es profesora de Lengua y Literatura y Licenciada en Letras por la Universidad Nacional de Cuyo. Ha obtenido reconocimientos y premios en Argentina, Chile, México, España, Bolivia, Guatemala, Venezuela, Estados Unidos, Colombia, Uruguay, Ecuador, Italia y Perú. Entre ellos, se destacan, el primer premio del XIV Certamen Internacional de Microrrelatos Manuel Pérez Yuste, del V Certamen de relatos cortos “Oda a los Muertos”, del XVI Premio Internacional Margarita Dominici, del Certamen Internacional de Cuento Homenaje a Francisco Gavidia Guandique, del V Concurso de Poesía Iberoamericana Contemporánea “Poemas para un tiempo sin tiempo”, entre otros. También, ha participado de revistas y antologías en República Dominicana (Editorial Rosa Fuxia) e Indonesia (Asih Sasami Indonesia Foundation).  Su poemario La manía de la albahaca por hablar sola fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía Pro Arte, Homenaje a Gabriela Mistral (Córdoba, Argentina) y su libro de cuentos Fobos o Las Mieles de la Locura recibió el Premio Féminas Rebeldes (La Calera, Colombia).

lunes, 13 de abril de 2026

“Almas Desnudas" Carboncillos de Erika Zorrilla

Nombre: Desnudo #3
Técnica: Carboncillo blanco sobre papel rojo 
Dimensiones: 50x70 cm 
Año: 2024



Nombre: Sublime
Técnica: Carboncillo sobre papel
Medidas: 48x64 cm
Año: 2023



Nombre: Graben
Técnica: Carboncillo sobre papel
Medidas: 65x50 cm
Año: 2021



Nombre: Desnudo #4
Técnica:  Carboncillo blanco sobre papel rojo
Medidas: 50x70 cm
Año: 2024



Nombre: Desnudo #2
Técnica: Carboncillo sobre papel
Medidas: 46x70.5 cm
Año: 2023



Nombre: “Desnudo #1
Técnica:  Carboncillo sobre papel
Medidas: 50x70 cm
Año: 2023




*Erika Zorrilla Muñoz, originaria de Tampico, Tamaulipas, es arquitecta graduada de la Universidad Iberoamericana campus Puebla. Desde el año 2003 vive en la Ciudad de México. Su desarrollo artístico se ha forjado con el tiempo mediante la práctica constante, así como a través de diversos cursos y talleres. A lo largo de su trayectoria ha participado en más de 30 exposiciones, tanto individuales como colectivas, presentadas en galerías y museos en México y en otros países. Su trabajo plástico es de carácter multidisciplinario, integrando distintas técnicas como pintura, dibujo, collage, fotografía, arte textil y escultura. En sus piezas se percibe un diálogo continuo con la naturaleza, el color y la sensualidad.