domingo, 31 de mayo de 2026
"El camellero" pictografía de María Gloria Torres Mejía
jueves, 28 de mayo de 2026
"Sé libre" poemas de Souad Zakarani
Sé libre
Extiende las alas de tu espíritu
Y no lo dejes atrapado
En una jaula tras las rejas de la monotonía.
que se elevan con arrogancia hacia tu mente:
Cómo puedo volver a cantar?
Quién levantará las restricciones que tengo?
Quién me abrirá las puertas ?
Hay nuevas experiencias que te inspiran a vivir.
Busca el camino hacia tu libertad,
¡anda! Sé como un pájaro y vuela.
Hasta que explores los secretos de nuevas dimensiones,
En círculos misteriosos,
Lejos de una vida vestida de cenizas,
Establecerás tu identidad.
En l’oscuridad de la noche,
en un momento que no puede ser percibido por los ojos,
el pájaro finalmente podrá escapar.
Que crezcan y se entrelacen en el movimiento de tu interior
hasta manifestarse en el mundo.
Suelta el peso de los años
que llevas dentro.
Permite que tus deseos vuelen
como un pájaro ligero en el cielo,
Liberando las cadenas de tus anhelos
y recuperando su libertad.
oh madre,
Tu pestaña lanza una pregunta tras otra.
Hay una historia en tus ojos—dila.
Las palabras bostezan en mi boca,
han habitado allí lo suficiente.
¡Levántate, escombro!
¡Sal de mí!
Ya no quiero acunarte más.
Quizás pueda respirar,
con un cuerpo libre de sudarios.
Mándala fuera de nuestra casa.
¿Podemos ordenar la casa por última vez
antes del éxodo?
¿Podemos fotografiarla para el recuerdo—
guardar todas nuestras risas, llantos y gritos—
y luego partir?
Oh mar, alineado frente a nosotros
como un abrazo tímido
en un mundo que no es nuestro,
¿puedes enviar nuestro eco a los océanos cercanos?
Quizás una ballena gigante golpee la base del ocupante.
¿Podemos inventar un nuevo alfabeto
para el miedo, el dolor, el hogar,
para que el mundo escuche
ese sonido gris y constante sobre nosotros—
el zumbido de aviones,
el rugido de misiles
sobre lo verde, sobre la ruina,
sobre una lápida
escrita con carbón en una casa quemada,
la huella de un cinturón de fuego…?
No les diremos: “Les dijimos… y les dijimos…”
Mil veces, los ojos sorben del cielo
mientras buscamos calor
que nos lleve suavemente al sueño
bajo el balcón de nuestra casa,
un sueño continuo que hace cosquillas a las estrellas.
Quiero… bostezar.
Quiero… dormir.
Soñé que un líder hablaba—
¿Lo oyes, madre?
Los veo reír, alimentando pájaros.
Los veo jugar en el columpio del paraíso,
colores irisados brillan en un sueño arcoíris,
como una botella agitada—los sueños se mezclan dentro.
Madre, juro que lo vi:
un solo sudario en Gaza lleva
los cuerpos de tres mártires.
Entonces me convertí en un cuerpo agotado, cargado,
gimiendo de dolor.
Quiero oír el latido del sol—
o del corazón… esa esponja
que se ha vuelto dura.
Así caminamos nosotros—sobre plumas—
hasta alcanzar la cima del agotamiento
a plena luz del día, y decimos:
Oh Cristo… mañana
viviremos
Como el sol, cada vez que me duermo.
Caí en tu orilla lejana,
Como una pieza de oro en un pozo sin fondo,
Como una ola que se dobla tiernamente,
y vendrá mañana,
Tal vez se levante ruidosamente,
Como una barca que navega
Entre los brazos del azul,
Que tiembla por la lujuria de la vela,
El azul que escapa de ahogarse.
... al que dejé un azul a mí alrededor
y un rocío de agua en mis manos.
Sin ti, soy una gaviota que ha perdido el cielo;
Se fue solo, perdido en mil años.
Sobre las arenas de tu playa,
Seguí ese azul frente a mí.
La noche silenciosa es un mar silencioso
Cuya voz está en mis oídos.
Tu voz es la única que
Mueve las velas de mi alegría.
Tus olas recogen mis pedazos
Como la eternidad que ha pasado.
Acariciándome, coqueteando conmigo,
Se acerca sigilosamente para borrar
mis pasos solitarios y me susurra:
«Pon tu manita —tu alma desnuda y sin dedos
— aquí, en mi corazón,
en el que rugen las olas como una concha de mar vacía.
Acércate... acércate... ruega por la longevidad,
que las aguas del mar envejezcan en el seno de la noche.
Un corazón palpitante en tu lecho.
Volvamos... volvamos... volvamos... mar,
Como el eco de una canción de amor en los labios
De los pescadores.
Allí te das cuenta de que mi barquito
Ha perdido su vela entre tus pliegues.
Allí soy el que te vio y te llamó,
Una gaviota se volvió hacia mí y se posó cerca de ti.
Amortiguaré mi respiración mientras
Mojo mis dedos con agua salada.
«Huele a todo».
Me levanto y me paro como una roca
Puntiaguda mojada con la espuma de tu ola.
Más rápido... más rápido mis pasos,
Para que no se apague la luz de mi balcón
Te busco en mis poemas:
Orillas que se extienden hacia destinos desconocidos.
Trenzas que saben viajar a lo largo y ancho
Y luego volver al ritmo de las gaviotas.
Ella me dice: «No debes olvidar que el mar...
Todo el mar ama la tinta desde siempre
Y desde su silencio,
Traza tus huellas sobre la arena para que...
El amor no se quede solo.
Siempre te susurra:
-Al mar
lunes, 25 de mayo de 2026
"El Cerdo" cuento de Camila Savage
Despertó con la textura de papeles llenos de un líquido viscoso en la cama. Sin abrir los ojos aún, los tiró en el tacho, se estiró y buscó un Red Bull en la heladera. Abrió su computadora; Zaira no le había mandado aún el video que había solicitado: un plano general de ella sobre una manta roja introduciéndose un desodorante en el ano. Buscó videos en internet, pero ya nada lo saciaba. Había visto cada una de las diferentes posiciones y categorías: masoquismo, furrys, lesbianas, tríos. Franchesco gastaba todo su sueldo en suscripciones de Onlyfans, en videos pagos y en membresías premium. Como Zaira todavía no contestaba con su pedido, decidió ir al colectivo.
Se cambió rápidamente y se subió al 90, vía Viale Tibaldi; generalmente hacía el recorrido hasta que estaba satisfecho con su cacería. Como eran las diez de la noche del viernes, sus presas iban bien vestidas, con vestidos y medias, o jeans apretados y escotes reveladores. Al subir, vio a una chica con cara angelical sentada al fondo del colectivo; miraba por la ventana. Tenía una campera grandota, de esas de motoquero que él detestaba porque no marcaban nada, y unos jeans acampanados; al estar sentada, no podía apreciar su figura completamente. Tenía el pelo negro y corto y era muy blanca; le recordaba un poco a Blanca Nieves. Se la imaginó vestida de princesa, pero hot, con un látigo. Le tomó una foto y se la pasó a Grok para que tallara sus fantasías. Tenía una cuenta, «El Domador 99», con miles de seguidores que lo alentaban. Allí publicaba las fotos.
Luego se subió, junto con un par de amigos, una niña de no más de dieciocho años, con una cabellera rubia y larga y uno de esos rostros barrocos. Vestía un tapado de piel con lo que parecía un vestido debajo y unas medias blancas hasta la rodilla. Le tomó una foto; ella lo pedía, es más, seguramente lo deseaba al vestir de esa manera. La desnudó completamente con la aplicación. Ya estaba satisfecho. Antes de bajar, vio a la primera chica: lo miraba fijo. Tenía ojos claros y una mirada penetrante; estaba muy seria y susurraba por lo bajo. Él se estaba poniendo paranoico; no había forma de que esa chica supiera lo que hacía. Se bajó rápidamente del colectivo.
En su casa se realizó un total de doce pajas. Zaira le había pasado el video: una obra de arte. La recompensó generosamente con la pensión de sus abuelos jubilados, que seguía cobrando a pesar de que ambos ya habían fallecido. Subió las fotos a la cuenta. Sus fanáticos lo amaban, le mandaban donaciones incluso. Cuando la cuenta cerraba, su comunidad de Telegram se organizaba y abrían otra rápidamente.
Se fue a dormir pensando en la mirada de la chica de pelo corto, tocándose. Hubiese sido hermoso hablarle, incluso que esta lo confrontara. Hace mucho tiempo que no hablaba con mujeres en la vida real; con la única que tenía trato era con la encargada del edificio. Esta era gorda y canosa; no contaba.
Despertó y se sintió diferente. Intentó tirar los papeles, pero sus extremidades parecían fallarle. Su olfato estaba agudizado: sentía el género de las sábanas, las sobras de pizza del escritorio, el hedor del tacho de basura. Su contextura había cambiado; se sentía macizo. Abrió los ojos y se miró en el espejo de la habitación que daba a su cama. Vio un cerdo revolcado en su colchón y se asustó. La expresión del chancho también mutó. «Qué hija de puta», pensó, «qué re mil hija de puta».
*Camila Savage nació en Buenos Aires en el año 2000. Actualmente, se encuentra finalizando sus estudios en Comunicación y se desempeña como periodista musical y literaria. Su primer cuento fue publicado en la antología chilena Nuevos Autores Latinoamericanos: Dramas Humanos, participación a la cual le siguió su intervención en la antología Los Vidrios Secretos de una Casa. En 2026 lanzó su primer poemario, titulado Reminiscencias, y próximamente publicará su primer libro de cuentos, La Ciudad de los Puntos Ciegos.
viernes, 22 de mayo de 2026
"Trascender" pinturas de Adriana Díaz “Natsuko”
jueves, 21 de mayo de 2026
"La niña que se volvió raíz" relato de Miriam Susana Rodríguez Roa
El parto había
sido difícil.
La partera ,una
mujer mayor, acostumbrada a ver la vida y la muerte mezclarse en la misma
habitación, salió con la cabeza baja.
La madre no
sobrevivió. El bebé sí.
En un rincón, una
niña de cuatro años abrazaba a su hermanita mayor sin entender del todo lo que
pasaba. Esa niña —la que un día se volvería raíz— tenía los ojos llenos de un
dolor que todavía no sabía nombrar.
Ernesto Gatica
quedó solo en una casa rural donde el silencio pesaba más que el viento
pampeano. Era un hombre de campo, acostumbrado a la dureza, pero no a esta
clase de soledad.
Tenía que salir
al ganado, al alambrado, a la tropilla.
No podía criar
tres criaturas solo.
En La Pampa de
principios de siglo XX , la red de sostén eran las hermanas, las tías, las
vecinas, las monjas.
Por eso es que fue
hasta el puesto vecino en busca de su hermana, esa mujer fuerte, con hijos
propios, dueña de unas manos que sabían sostener bebés y consolar niñas.
Y luego hizo lo
que podía. Allí dejó al recién nacido y a la pequeña.
Pero Ermelinda
tenía ocho años y para ella quería educación, disciplina, un lugar donde crecer
sin que quedara atrapada en la rueda del trabajo rural.
Su hija era
inteligente, despierta, sensible. Tenía una luz que él no quería apagar con la
dureza del campo.
Amar es saber
soltar y desprenderse de egoísmo, por eso tomó la decisión más difícil de su
vida.
Las monjas la
recibieron con un delantal limpio, un rosario y una cama.
Le prometieron
educación, cuidado, alimento, un futuro.
Ernesto la
visitaba religiosamente. Nunca faltaba.
Llegaba con el
sombrero en la mano, con la voz quebrada, con la culpa y el amor mezclados.
El internado salesiano
estaba junto a la Iglesia Inmaculada Concepción, el corazón religioso de
General Hacha .Ermelinda creció allí, con el sol de la llanura entrando cada
mañana por las ventanas altas para dibujar sombras sobre los gruesos muros de
adobe blanqueado y el olor a jabón y a pan recién horneado.
Aprendió a leer,
a escribir, a cocinar, a coser y tejer y a esperar. A esperar a su padre que
nunca dejó de verla y al que ella quería, respetaba y admiraba profundamente.
Las niñas dormían
en camas alineadas, comían, rezaban y se educaban juntas, y jugaban en un patio
interno rodeado por galerías con rejas de hierro forjado.
Fue en esas rejas
donde comenzó la historia.
El tiempo pasaba.
Sus grandes ojos tenían el brillo del aprendizaje adquirido y la silenciosa tristeza
que la abrazaba al llegar, había comenzado a disiparse.
Cada mañana, un
muchacho pasaba con un carro tirado por un caballo manso, repartiendo leche
fresca a la casa religiosa. Se llamaba Juan Roa.
Saludaba con
respeto a las Hermanas, dejaba los tarros de leche, y antes de irse, buscaba
con la mirada a la niña de trenzas oscuras que lo observaba desde el patio.
Al principio fue
apenas un gesto: un “buen día”, un movimiento de cabeza, Una sonrisa tímida.
Pero con el
tiempo, las monjitas empezaron a notar que Ermelinda se acercaba siempre a la
reja cuando el carro llegaba. Y que Juan, sin faltar un solo día, se detenía
unos segundos más de lo necesario.
No podían tocarse
ni hablar más que unas pocas palabras.
Pero en ese mundo
de silencios y límites, las miradas eran un idioma completo.
A los dieciséis
años, cuando la costumbre de la época lo permitía, Ermelinda dejó el internado.
Las hermanas la despidieron con un rosario, un vestido nuevo y una bendición.
Su padre la esperaba afuera, emocionado, orgulloso.
Y allí, junto al
carro de leche, estaba Juan. No hubo dudas. No hubo titubeos. Habían crecido
mirándose a través de una reja.
Ahora podían
caminar juntos. Y ese dìa con pocas palabras, con mucha esperanza y con la
certeza de que la vida se construye de a dos, se casaron.
Tuvieron cinco
hijos, Juanita ,la mayor y única niña, fue un ángel que los acompañò solo dos
años , Pedro el que seguía a esa hermanita que nunca olvidaron, fue mi abuelo.
Ermelinda, esa
mujer que vivió poco, pero lo suficiente como para unir dos mundos ,el de la
tierra y el de la ciudad, el de la tradición y el de la modernidad, fue tan
dulce como el almíbar de sus hojaldres, tan cálida como sus mantas tejidas a
ganchillo, tan fuerte como para bordar historias más allá de sus hilos de
colores. Ella, fue la abuela de mi madre: la raíz que no se ve, pero sin la
cual ningún árbol permanece en pie.
*Miriam Susana Rodríguez. Cuando escribe le gusta sumar su apellido materno, por eso sus textos llevan como firma Miriam Rodríguez Roa. Nació en Florencio Varela, un municipio muy cercano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina, el 29 de junio de 1963. Es Educadora Preescolar y Auxiliar Psicoterapéutica y, como tal, facilita laborterapia y arteterapia. A finales de los años 80 estuvo al frente de un jardín de infantes barrial y, a partir del 2000, trabajó en principio en un hogar de ancianos; luego, durante catorce años, coordinó un taller protegido de producción que brinda espacio laboral a jóvenes con discapacidad intelectual. Más tarde tuvo la experiencia de pasar por un consultorio de rehabilitación y ser parte de un equipo interdisciplinario, donde su labor fue la de acercar la expresión artística a niños, adolescentes y jóvenes neurodivergentes. Actualmente su tarea se desarrolla en el ámbito educativo, realizando talleres artísticos-literarios en el nivel inicial. Desde siempre le gusta escribir, pero no hace demasiado tiempo que comenzó a publicar en blogs y colaborar en revistas literarias. Un relato inédito, escrito especialmente para la ocasión y titulado Guarda la lumbre a tu lado, forma parte de El arte de ser: Mujer, arte y discapacidad, una obra literaria que suma literatura y obras pictóricas de mujeres de Cuba, Ecuador, México y Argentina.
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