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viernes, 7 de agosto de 2026

¡Madre mía! relato de Carolina Aparici


Todas las mañanas me despierto y pienso en ella. Sueño con utopías que siempre deseé dejarle.

Admiro su valentía y su compañía, cuando me seca con algodoncitos mojados las lágrimas esas tardes que me sumerjo en abismos.

La miro y me siento culpable de vivir en este mundo, de no ser la madre que quería ser para ella, de perder la fe cada dos semanas, de querer morirme una vez al mes, de un no haberme sanado del todo, me siento culpable de las heridas que dejo sangrar frente a ella. Las mismas heridas que sangraba mi madre, que me hacía sentir abandonada, las mismas de mi abuela, que escondía sus penas en su habitación, la misma angustia que contenía mi hermana frente a mí, cuando yo aún no sabía lo que era la maternidad.

“No voy a criar sola” sentencié, cuando vi la prueba de embarazo dando positivo. 

Habían pasado 20 años desde mi último embarazo, donde siendo solo unos pendejos adolescentes yo había decidido ser madre junto a él.

Mi eterno amor, que arrancó, mientras yo la pasaba mal con un embarazo de alto riesgo, se paseaba con otras pendejas delante de mi para demostrarme desinterés y se tapaba los oídos empepado en ravotriles, para no escucharme llorar, mientras le decía que íbamos a tener un hijo.

Su cobardía infantil no me quería ver, ni acompañar y perdí a Caín una mañana en los brazos de mi mejor amigo del colegio mientras las paredes temblaban y yo gritaba su nombre que hacía eco en la habitación.

El corazón de mi hijo dejó de latir dentro de mí y vi en una pantalla lo último que quedaba de él antes de que me lo arrancaran de adentro…siempre lo pensé, imaginé todo lo que hubiéramos sido si hubiese nacido…  20 años después, con toda esa historia a cuestas, caminé por el mismo pasillo donde aprendí a caminar, ahora para caminar con esta vida dentro, con miedo, no a convertirme en madre, sino a  traer a este mundo hostil una vida, a criar sin tribu, a criar bajo los parámetros de este sistema aterrador.

El, el mismo adolescente cobarde, me miró siendo ya un hombre con una sonrisa protectora en su rostro y yo quise creer, pero una parte de mi estallo en llanto, porque pude ver todo. “Nunca te voy a dejar sola”, prometió, pero yo sabía que eran palabras frágiles que terminarían quebrándose frente a mi cuando llegara el Caos.

Y si … se fue de mi lado mucho antes que su sombra.

 Viví con su sombra durante años, que ofuscada me juzgaba y culpaba por todo lo que yo había dejado de ser, por todo lo que no era ni sería nunca, por todo lo que él no era capaz de enfrentar.

Me sumergí en una soledad hambrienta, sedienta como mi cría que no soltaba mi teta ni un segundo. 

Pasé noches en vela mientras él dormía, buscándome entre mantas, pañales, tazas de té que se enfriaban por toda la casa, recuerdos que atisbaban la mujer que fui. 

¿Era mío mi cuerpo? ¿Era mía mi vida?

¿Se podía amar tanto y sentirse tan vacía, desolada?

Mis cicatrices se abrieron.

La niña que fui protestó.

Todo lo que creía sanado seguía ahí latiendo bajo mi piel, ardiendo en mi sangre.

Y un día él se fue.

“No voy a criar sola” pero nunca había estado tan sola como en ese momento.

La tribu con la que había sonado desde niña no existía, la tribu que había intentado formar con la persona que había amado la mitad de mi vida era solo una ilusión.

Sentía que la historia se repetía. La misma historia de mi madre se repetía en mí.

Ambas teníamos el corazón roto. Mi abuela, mi madre, yo y ahora mi hija, teníamos el corazón roto, podía ver la herencia del dolor de nuestra historia.

Pasamos días y noches juntas, mi hija y yo, abrazadas. Lloramos como dos almas viejas que se reconocen de tiempos remotos, como brujas descargándonos de toda la historia que nos precedería. No iba a ocultarle mis lágrimas, no iba a enseñarle que llorar estaba mal, no iba a sostener que la vulnerabilidad era debilidad. Íbamos a llorar juntas todo lo que fuese necesario, para sacarnos de adentro todo el dolor, todo lo que cargaba nuestro linaje desde hace siglos. Ella fue y es la niña mas valiente y cuando la vi, mirándome con sus ojos chinitos y hermosos, supe que seríamos orgullosas, que iba a criar a una guerrera y no a una princesa, que nadie nos vendría a rescatar porque nosotras nos rescatamos solas.

 

Que no me iba a morir de angustia, no ahora, no después de todo lo que había luchado, no me iba a hundir con mi cría a mi lado, mi voz no se iba a ahogar en el mar que ocultaban nuestras paredes.

Íbamos a vivir, a crear nuevos sueños, nuevas utopías que se harían realidad. 

No sería la madre perfecta nunca, pero sí sería la madre que cría en libertad, porque maternar no sería mi yugo, ni un deber imposible, maternar con rebeldía, maternar en placer, maternar en tribu, maternar sin cadenas, maternar sin calzar en este sistema sería mi objetivo, porque maternar también es un acto político.

“No voy a criar sola”, voy a criar con ella, lejos de los juicios patriarcales, lejos de maltratos, presiones y quejas. “No, no elegí un mal padre, ni tampoco fue mi culpa que no me amara.”

“No, amar no es dar sólo lo que puedes y desentenderte, porque nosotras, madres solas, siempre podemos y nos encabronamos para hacer lo imposible.”

No somos malas madres cuando estamos cansadas y queremos tiempo a solas, no somos malas madres cuando necesitamos sentirnos vivas, sentirnos las mujeres que somos, que siempre fuimos. No somos malas madres cuando seguimos nuestras metas, cuando le damos tiempo a lo que nos gusta hacer.

No somos malas madres cuando andamos estresadas, desbordadas por tanta exigencia, tantas obligaciones que caen con todo su peso en una sola ser.

Producir, criar, organizar cada cosa, dar tiempo de calidad, llevarles al médico, hacerles dormir, comprar los materiales para el colegio, lavar la ropa, ordenar la ropa, no descuidarnos, seguir creciendo profesionalmente, llamar al padre para que recuerde la hora en que debe pasarla a buscar, llamar al padre para recordarle que debe pagar la pensión, pedir la mediación y quedarse plantada por segunda, por tercera vez…

“no te enojes, no grites, sonríe, no seas histérica, no seas cuática, pide un préstamo y paga el psicólogo, pide un préstamo y paga la terapia para la cría, no grites, sonríe, tu hija  tiene que verte feliz, no llores frente ella, empépate, no maldigas, rehace tu vida, te falta salir ¿vas a salir?¿ Y con quien vas a dejar a tu hija? Te falta divertirte, ya es hora que tengas pareja, no le presentes a tu pareja se puede traumar es muy pronto. Demanda. Igual es buen papá, la saca a pasear, encontró trabajo.”

“Te paso plata cuando puedo, esta difícil la cosa.”

“¿Demandaste?”

“Te amo, quiero volver, se me había olvidado de que te amaba.”

“Le day cualquier color. Eres egoísta”. 

“No tengo tiempo, tengo que trabajar.” 

“¿y quién es ese weon con el que andai?”

 “¿No estay en tu casa? Quería ir a verla.”

¿estoy sin plata me prestai?”

“Vos tay loca, te la voy a quitar.”

“Contigo se porta mal, conmigo ni un problema.”

“¿La podis ir a dejar? Tengo que trabajar.”

“Toy sin ni uno.”

“¿Y qué te importa vos si carreteo?”

“No me botes mis weas, un día las voy a ir a buscar.”

“Esos weones te dicen que les gusta tu trabajo porque te quieren comer”.

“Bota mis weas si yo no las necesito.”

“Hola, como amaneció la baby?”

“No sé si voy a estar. Estoy super ocupado.”

“Tengo que trabajar caleta, cuando pueda te paso plata”

“Toy pato.”

(Grito)

A veces quisiera desaparecer, a veces grito y lloro en el baño mientras trago el agua de la ducha para que no se escuche. Pero ella siempre sabe y se mete conmigo en la ducha para decirme que me ama mucho, que soy hermosa, que soy su amor mas grande. Y vuelvo a sentir que no la merezco, pero ya está aquí y me tengo que levantar.

Estoy cansada, estamos cansadas, pero somos las superheroínas de nuestras hijas, de nuestros hijos. Cada madre con su historia, cada crítica está demás.

Todas las noches nos abrazamos y somos el refugio de la otra.

Todas las noches me desvelo un rato pensando en el siguiente paso que daré y en todo lo que lograremos juntas.

“No voy a criar sola” fue mi sentencia … y le crié rodeada de un universo que dialoga con señales, con la tierra sosteniéndome bajo mis pies, con estrellas iluminando mis noches más oscuras.

Somos diosas creadoras, somos diosas madres.

Porque nosotras podemos, porque somos increíblemente fuertes y poderosas.

Madre mía yo te libero

Madre mía yo te sano

Madre mía, si supieran,

si sintieran.

Madre mía estoy pariendo,

Madre mía estoy muriendo,

Madre mía estoy nutriendo esta nueva versión de mi.

 

*Carolina Aparici es escritora, dramaturga y artivista transdisciplinar nacida en Valparaíso, Chile. Licenciada en Arte Teatral y Diplomada en Dramaturgia, su trabajo cruza escena, escritura y espiritualidad desde una mirada feminista, experimental y profundamente comprometida con los procesos de transformación social. Su práctica artística se nutre del cruce entre cuerpo, palabra y sonido, explorando la relación entre arte y conciencia como vía de expansión personal y colectiva. Ha publicado los libros La Revolución del Silencio, El Delirio de Lena y La Niña Perro ha muerto, además de participar en diversas antologías nacionales e internacionales. Asimismo, integra el colectivo La Máquina El Hastío, donde investiga los cruces entre archivo, cuerpo y dramaturgia contemporánea, abordando la memoria como un campo vivo que se reescribe constantemente desde lo performativo.

jueves, 6 de agosto de 2026

"Insomnio" cuento de Marcela Rosenfeld

   

—Profundo.

     Esa palabra resonó en mi cabeza. Tardé en reaccionar. Me había dormido en el sillón otra vez. La voz provenía de la televisión. El programa se llamaba Dalo todo. A juzgar por el juego de adivinar la palabra, debían ser las tres de la mañana. Agradecí despertar para darle un paneo a Maribel. La conductora me motivaba. Quizás era solo por ver cómo los pantalones ajustados marcaban sus largas piernas. Pero también me alegraba su entusiasmo. Aunque sea forzado, y para mantener su puesto en el programa.

    —¡Mi vida! No es esa la palabra. Te esperamos la próxima.

    Desde ya, el nivel de audiencia no era muy avispada. La señora no se dio cuenta de que eran nueve, y no ocho, los espacios que formaban la palabra. Yo hubiera probado con Profesión. Las primeras cuatro letras ya estaban reveladas, y coincidían con las mías. 

    Me picaba la pierna. Tal vez un mosquito me había atacado. O tal vez una cucaracha bebé, que anidaba en los huecos del sofá, me había mordido. Apagué el televisor. Era el momento de ir a la cama. A diario tenía esa resistencia por ir a la habitación. Hace tiempo que nadie me esperaba ahí. La última fue Brenda. Y ya habían pasado tres años de ella. A ese paso, era dudoso que vuelva a conocer a alguien más. Ella había tolerado mucho después de que me echaron del trabajo. Incluso mi inactividad. Pero no pudo soportar que la ignorara. Es que nadie quiere ser invisible para su pareja. Lo cierto, es que yo no me veía ni a mí mismo.
    Era difícil llegar a la cama. Creo que me daba miedo apagar la luz. Los sonidos de la calle se intensifican. Mi sueño se altera. Me despierto de manera constante. Tengo pesadillas. La mayoría son sobre el mismo tipo. Un fulano corpulento llamado Gregorio. Parece ser un ser nefasto y solitario. Para colmo, había engañado a unos mafiosos bien pesados para enriquecerse. Hace unas noches estaba siendo castigado por su traición. Lo último que supe de él, fue que le estaban pegando latigazos en un lugar abandonado. Lo peor de todo, es que se sentía muy real. Primero estaba presenciando lo que sucedía, a la distancia. Al instante, me sentí dentro de su cuerpo. Sentí el dolor por cada golpe. Basta con decir, que no se lo deseo a nadie.      

   Me acosté. Intenté enfocarme en la comodidad del colchón. Recordaba los tiempos en que disfrutaba de ir a dormir. Ahora, todo se había reducido a un estado de insomnio casi permanente. Sumado al hecho de que era difícil sobrevivir con la plata que me llegaba de mi tío. Era prisionero de mi casa. En ella me criaron, y luego quedé solo cuando partió mamá.
    Cerré los ojos. Vino a mi mente la cara de Brenda. Sus grandes ojos color miel. Y su boca sugerente y delicada. Era muy parecida a la conductora de Dalo todo. ¿Qué sería de su vida? De seguro, ya estaba haciendo carrera. Ella era la que me impulsaba a levantarme cada día durante nuestra relación. Un ruido metálico sonó, sin poder distinguir de dónde provenía. Todavía estaba tiempo de recuperarla. Si hoy la recordaba, quizás ella lo había hecho antes que yo. Tenía a mano un plan para volver al trabajo. Tal vez podía vender mi colección de comics. Comprar una ropa decente para la entrevista, y tomar el primer empleo como repositor que encontrara.

   Me había olvidado la importancia de madrugar para conseguir algo en la vida. Lo que me llevaba a pensar que mi plan pasaría para dentro de dos días. Por lo pronto, me bastaba con intentar dormir. Por fortuna, todavía no había luz que traspasara la persiana. Pero no sabía cuánto tiempo había pasado divagando en la cama. Desaceleré el ritmo de mis pensamientos. Intenté recurrir a alguna relajación. Escuché un ruido metálico otra vez. Sin darme cuenta, un miedo irracional llegó a mí. Pero ya era tarde, me había sumergido en la oscuridad. Los párpados no se levantarían.

    A la pantalla negra sucedió un pasillo estrecho, que me parecía ya haber recorrido. Pasaba por un camino de cemento rodeado de paredes descascaradas. Escuchaba ruido de unos barrotes. También, ladridos de perros a lo lejos. A la distancia veía el fin del pasillo. Tenía ganas de despertar, porque no quería saber que aparecería después. Pero, por más énfasis que pusiera en eso, mis técnicas de meditación no funcionaban a la inversa. No podía despertar. No quedaba más que aceptar que llegaría a descubrir que había luego del pasillo.
    Al llegar a la siguiente escena, un cuerpo enorme estaba tirado en el piso. Sus muñecas habían sido atadas a unas gruesas cadenas. Un alto en el ruido de golpes. Pude acercarme un poco más, con miedo de que el torturador me descubriera. Las penumbras estaban a mi favor. Otra vez vi el mismo escenario: un enorme hangar por donde apenas se asomaba la luz por los agujeros del techo. Un hombre pequeño abrió la puerta, que cerró luego con dificultad. Caminaba evidenciando una renguera. Su cara estaba cubierta por una máscara negra, al igual que el compañero del látigo. El rengo llegó hasta el centro, donde se llevaba a cabo la golpiza. El recién llegado señaló un gran charco de sangre.

    —Creo que ya no reacciona.

    —Todavía respira.

    De hecho, se notaba un ligero movimiento en el cuerpo del grandote. Eso inició una nueva ronda de latigazos a los que asistiría como único espectador. Pero algo me decía que un intruso no sería bien recibido. El cuerpo no emitía sonido alguno. Con un nuevo golpe, sentí en carne propia el dolor. Tan fuerte como en la pesadilla anterior. Sólo que, esta vez, no dejé de sentirlo. Y me di cuenta de que, por más que quisiera soñar con un insomne desempleado que decide reconquistar a un viejo amor, mi mente era capaz de recurrir a cualquier personaje con tal de evadir el dolor. Hace rato que estaba atrapado en ese lugar, y era cuestión de días hasta que mi cuerpo abandone su resistencia. Evité emitir quejido alguno. Sólo tenía mi voluntad. Me enfoqué en la cama, y en regresar a ese milagroso limbo, donde yo era tan solo una pesadilla.


*Marcela Rosenfeld. Oriunda de Llavallol. Con un breve paso por la carrera de periodismo. Es licenciada en Publicidad. Técnica en fotografía. Participó de distintos talleres de escritura, arte y diseño. En el 2014, participó de la muestra “Visitas fotográficas” en el Honorable Congreso de la Nación. En el 2015, expuso en la casa de la cultura del municipio de Esteban Echeverría. Publicó Ravis y Más allá de lo extraño. Participó en la antología Escritores en la SADE, y en el fanzine “Flama”. Gestiona “Vibramar”, un emprendimiento de identidad visual. Da clases particulares sobre diseño, retoque y escritura. Hace cuadros con fotografías artísticas e ilustraciones con estilo de historietas. Sigue escribiendo.

miércoles, 5 de agosto de 2026

"Sobrevivirse una misma" fotografías de Lorena González Quezada

Nombre: Sobrevivirse una misma
Técnica: fotografía digital intervenida
Tamaño 2200x2200 px
año 2025



Nombre: Re_visiones
Técnica: fotografía digital intervenida
Tamaño 2200x2200 px
año 2025



Nombre: Pieles vegetales
Técnica: fotografía digital, obturación lenta
Tamaño: 4320x2430 px
año 2024





Nombre: Isla de hormigas
Técnica: fotografía digital, obturación lenta
Tamaño: 4320x2430 px
año 2024



Nombre: Apariencias
Técnica: fotografía digital, obturación lenta
Tamaño: 4320x2430 px
año 2024



Nombre: Halo
Técnica: fotografía digital, obturación lenta
Tamaño: 4320x2430 px
año 2024



*Lorena González Quezada. Comunicadora audiovisual, fotógrafa, publicista gráfica. Titulada con honores de Duoc UC en Comunicación Audiovisual con mención en Dirección de cine y televisión. A lo largo de su carrera ha desarrollado variados proyectos independientes con enfoque documental. Entre sus trabajos se encuentran la dirección general y textos de” Caminos en la arena”, documental antropológico realizado en Isla Mocha, la co- dirección, cámara y edición del programa televisivo “Violetas, músicas del Biobío”, así como la edición y post producción de “Putupur, el origen” y “Gualliguaica, el primer pueblo desterrado del siglo XXI”. Experimentando la fotografía desde muy joven me he enfocado en el registro documental de procesos artísticos, teatrales, escénicos y musicales para desembocar en la fotografía de naturaleza explorando técnicas de post producción digital en busca de lo fantasmagórico-onírico de la imagen.

martes, 4 de agosto de 2026

"A través de tu boca" poemas de Maruschka de Mello e Silva


A través de tu boca
 
Dices que te robo las palabras
de la boca
cuando equilibro tu pensamiento
Pero no quiero complementar frases
orientar sentidos historicamente revelados
 
Dices que te robo las palabras
de la boca
Pero no quiero dejar de observar
vientos y silencios
tampoco apurar este momento
 
A través de tu boca
quiero la complicidad
sin prisa
materia de todos los poemas
 
Arraigada bajo el sol
a través de tu boca
quiero corporeizar almas errantes
en carne transformada.
 
 
Hasta que llegue la noche
 
hasta que llegue la noche
quedaré en silencio
 
yo tuve incluso un par de alas
proscritas e inmanentes
 
hablo de mujer a mujer
sobre espinas y vientres
no estaremos más allá de la noche.
 
 
Con la lentitud exacta de las lunas
 
Con la lentitud exacta de las lunas
emparedé tu mirada
con la certeza de mis brazos libres
 
Con la lentitud exacta de las lunas
encontré tu canto
en la inmensidad de mis retenidos versos
 
Con la lentitud exacta de las lunas
no me hice devota de ningún señor
 
A la puerta
tengo mis orejas intactas.
 

*Maruschka de Mello e Silva reside y trabaja en São Luís, Maranhão (Brasil). Fiscal de justicia y poeta, hay participado en antologías en los Estados brasileños de São Paulo, Rio de Janeiro y Brasília. Tiene dos libros publicados: Pedras em Izkhor (2010) y Tabla etrusca (2022).

viernes, 31 de julio de 2026

"Réquiem" cuento de Laura María Pacheco



Cuando la luz desciende cualquier espacio adquiere un carácter profético.

Esta noche anuncia el fin del mundo.


Conchas enlazadas, síntesis total de las artes vivas, reciben a dos mujeres un viernes en la noche. Ambas caminan hombro a hombro bajo de las placas óseas triangulares que conforman una elección arquitectónica expresionista muy lúcida.

Todo espacio, en última instancia, constituye una esfera: un núcleo que establece distancia hacia cualquier punto de la superficie —proyección—, y un segmento que atraviesa ese núcleo vinculando dos puntos opuestos —deseo—. En círculos avanzan diputada y gobernadora entre rostros desconocidos y trajes formales. Los cuerpos se rozan, se enrollan, se dispersan. Todo sucede simultáneamente entre un caldo de lenguas extranjeras y clases sociales.

Un micro mundo se revela, se derrama generoso a quienes pueden pagar su lugar, ofreciendo la ilusión que consolida la recreación humana. Dar y recibir vienen de la misma energía. Los pelícanos duermen; los artistas y los fondos de inversión no. Dos entradas se compran con facilidad. Existe la palabra y existe el intercambio: papel por papel.

Desde lo alto una voz anuncia el primer llamado al teatro principal. Los ojos zarcos y orbiculares de la diputada buscan la fuente del sonido; a su lado, la gobernadora observa la escena con diversión contenida. Ella sabe dónde está el objeto, sabe incluso que se encuentra más cerca de lo que su diputada imagina, pero no dice nada. Guarda las dos entradas y una tarjeta A. E. Centurión en su billetera y enseguida ambas caminaban bajo luces interiores que cortan el contorno de sus cuerpos como un láser de máxima precisión. Corte y movimiento, corte y movimiento. Para la diputada las formas de sus sombras resultan fascinantes; toda esa noche lo es. Sus ojos cristales intentan comprender esa extraña sombra propia junto otra. Ambas armonizan de un modo incomprensible, inenarrable. Su superior avanza con pasos largos y decididos, a la diputada le recuerda el comportamiento de un caballo de tiro que solo se dirige hacia adelante. La comparación la sorprende de manera grata, pero decide guardarla para sí, principalmente porque no desea saber con qué imágenes la compara su superior. Honestamente ella no tendría la ventaja poética. 

 

La perfecta comunión de dos sombras es despedida por una tercera. Un joven se presenta ante ellas con la intención de guiarlas al palco adquirido. Los ecos de sus pasos barren el piso y dilatan caprichosamente el previo momento de contemplación, pero no la austera intimidad que crece con el sutil roce de las manos entre diputada y gobernadora. Oscilación - roce oscilación - roce: una de las maneras en la que el calor se crea. 


Al entrar al teatro el ruido exterior se hunde. El vocerío se vuelve un recuerdo antiguo. La sombra intrusa se retira tras entregar a cada una el programa de mano. Con un leve movimiento de cabeza, la gobernadora ordena: - “Recíbelo”- Ninguna palabra debe ser intercambiada para que su subalterna entienda. 


Las puertas del palco se abren.


- “Después de usted” – susurra su jefa con voz limpia.


Que bien era recibida la diputada por la superficie aterciopelada y la madera de ébano. Su cuerpo lentamente cedía como cuando las lagartijas retozan en las ramas secas de los desiertos.

 

- “Podría derretirme en este asiento”- dice ella con voz melosa suspirando mientras observa el título del programa Réquiem.


- “No podría hacerlo”- sentencia su superior con suavidad mientras rota lentamente sus hombros.

 

Vertebra a vertebra la diputada se endereza imitando la postura de su jefa: espalda contra espaldar, pies sobre hormigón, brazos sobre descansabrazos. Todo perfectamente organizado como debe ser.


El segundo llamado es anunciado. Esta vez la diputada identifica el origen de aquella voz. Sus ojos intensos recorren el lugar, la magnitud del espacio requiere tiempo para ser comprendida. Tan distinto era todo de su ámbito de trabajo y, sin embargo, tan parecido en aspectos esenciales. ¿Cambiaría la perspectiva desde arriba?, se preguntó ella y sin avisar se inclinó hacia el balcón; todo su cuerpo fue plagado como un ahoja de papel y sus rizos castaños cubrieron su perfil izquierdo, inmediatamente un brazo largo, enfundado en sastre, se interpuso entre la baranda y su cuerpo. En seguida, tras el contacto, la diputada regresó lentamente a su asiento. Dos ojos como ónix vetaron cualquier movimiento futuro, la orden era clara.

 

- “Gracias por la invitación”- titubeó - “creo que nunca había estado acá”- confesó ella con nerviosismo.

 

- “Ya veo”- respondió su gobernadora. “Casi se convierte en su primera y última vez”- añadió esta con indiferencia.


- “Lo siento”- fue lo único que pudo articular su subalterna.

 

Las luces comenzaron a descender. El “fade to black” coincidió con el efecto espiral interno de la diputada pues se sentía como un niño que acaba de ser regañado por sus padres, que vergonzoso. Sus mejillas se enrojecieron y comenzó a sentir que podía explotar en cualquier momento.

 

El silencio de la sala se extendió tallando sus tímpanos hasta que el tercer y último. En seguida dos voces llegó a la vez; le resultaba imposible atenderlas simultáneamente. Finalmente, el mensaje de su superior se impuso:  - “¿Es consciente de que el equilibrio puede perderse en cualquier momento? El cerebro se confunde con facilidad y la propiocepción se abandona.  

 

Los ojos oscuros de la gobernadora cavaron sobre los ojos confusos de la diputada. Una nube descarga y la tierra recibe. Hay un mensaje encriptado en ese intercambio, pero la diputada no logra descifrarlo, sólo puede sentir la energía etérea abandonada que se mece de un lado a otro.


- “Usted no puede caer”- susurra la gobernadora acercándose a ella - “No antes del juicio final”…

 

De repente el teatro queda en absoluta penumbra. 

 

Las palabras resuenan como sentencia. Arrastrada por la afinación de los instrumentos y la sensación desconcertante impulsada por su jefa, la diputada traga saliva y fija su mirada en el horizonte. Aunque los antiguos himnos medievales latinos no son lo suyo, la diputada se desliza por las letras desconocidas. Incluso sin saber palabra alguna, ella intuye el dolor y el miedo detrás de cada una. Cada pieza implora algo ajeno a los hombres, algo ajeno a ella misma, ¿qué es?...


Lágrimas son sembradas en sus ojos después de escuchar “Dies Irae”. Ella comprende que el final de los tiempos, corrección; que el final de su tiempo sonará de esa manera y temblando su cuerpo responde al llamado.

 

Nunca ha experimentado algo semejante, ni en tiempos de júbilo, ni en tiempos de agonía. Sollozando su alma es convocada. Si iba a ser salvada o condenada ella no lo sabía. La atmósfera sobrecogedora le producía un profundo dolor que no quería ser detenido. Su pequeño cuerpo se abría cada vez más a los desesperados y poderosos coros.  ¿Dónde se había alojado tanta pena todos estos años?

 

Una mano —no divina— limpia sus lágrimas una a una. La reacción emocional de su diputada es lo último que la Gobernadora esperaba.

 

Pozos huérfanos observan la superficie brillante de sus nudillos. Largos dedos son llevados a su boca. La punta de su lengua saborea el líquido. Su subordinada es un coctel de todo lo humano: debilidad, dolor, agonía, cansancio, amor, fe. Eso es lo único que obtendrá de su diputada, y en ese mismo instante, la que se derrote sobre la silla cual iguana de desierto es ella.

 

¿Es el Juicio Final de quién exactamente? 


Lágrimas se condensan en sus ojos oscuros, pero a ella, en contraste con su diputada, no se le permite llorar. Ella está segura de no pasará, no derramará líquido, ella está más allá de cualquier inflexión… y aun así. Aun así.



El mundo a partir de ese momento no volverá a ser el mismo.

 

Si hubiera un juicio en curso, la gobernadora no lo presidiría. 


Muerte y divinidad se sostienen entre los brazos.  NO HABRÁ CONSUELO 

 

Rex tremendae majestatis

Qui salvandos salvas gratis

Salva me, fons pietatis

Salva me, fons pietatis”



*Laura María Pacheco (Colombia, 2002) es artista visual y escritora. Su trabajo explora la relación entre lenguaje, imagen, memoria y afecto, con énfasis en quiebre, identidad y pérdida. Desarrolla una prosa poética y fragmentaria, e investiga la fotografía analógica como extensión narrativa que articula cuerpo, símbolo y experiencia íntima contemporánea.