lunes, 19 de julio de 2021

“La desaparición” relato de Luis Miguel López Ramos


De súbito despertó; su respiración era acelerada y el frío hacía temblar su cuerpo de forma incontrolable; el peso sobre él era mucho, por lo que no podía moverse; leves aleteos daban sus brazos y las piernas estaban dormidas por entero; no podía controlarse, el miedo lo alarmó en seguida; trató de sacudirse, pero fue en vano, pues no tenía la fuerza suficiente para levantar lo que lo oprimía.

Buscó respirar con algo más de calma, pero no funcionó y en seguida notó que su vista no podía enfocar bien; lo borroso de un sueño profundo le impedía ver con claridad las siluetas que se formaban poco a poco frente a sí; quiso entender lo que sucedía, pero solo podía sentir un agudo dolor en su pecho, con que, al detallarlo en sus adentros, se dispararon los recuerdos y el último de ellos era ver la maldita sonrisa de aquel desgraciado que disparaba a quemarropa en su pecho; en seguida recobró algo de fuerza, quizá por la adrenalina que le provocó el destello de aquel recuerdo; trató de mover lo que no veía, pero por la textura, en sus manos parecía piel o extremidades; en verdad, no entendía nada de lo que sucedía.

Sus piernas apenas podían dar débiles impulsos, pero el dolor, ese fino dolor no permitía que hiciera gran cosa; pronto empezó a notar que había estado respirando un olor nauseabundo, pútrido más bien y que, de inmediato, le provocó náuseas; el corazón acelerado le sugería que se moviera, que tratara de escapar, pero no contaba con la fuerza necesaria, así que respiró hondo en un intento de buscar calma en sus adentros, pero el soplo de aire maloliente solo le generó lo inevitable y vomitó sobre sí, casi al punto de ahogarse con sus fluidos; por suerte giró un tanto el rostro lo que permitió que no se cortara su respiración; el peso sobre sí era abrumador; eso lo notaba con claridad.

Esto solo llevó a que los nervios lo pusieran en un brusco estado de alerta; empezó a gritar tanto como le era posible, pero lo que estaba sobre el llevaba a que todo sonido se ahogara con prontitud; se percató en seguida de ello, ya que algo tapaba su boca, aunque no directamente, sino a un par de centímetros; sin embargo, sus manos podían moverse, pero su conciencia empezaba a salir del letargo en el que se hallaba y sus ojos pronto notaron formas en las que no podía o, más bien, no quería creer; poco a poco sus pupilas empezaron a enfocar más y con miedo trató de no ver lo que creía que estaba ahí.

No era mucho lo que podía hacer, sino respirar y esforzarse por ver; notó que podía mover los brazos en ciertas direcciones, hallaba leves huecos en lo que lo oprimía, como si se tratase de aberturas hechas en partes discontinuas y sus piernas daban tumbos un poco más fuertes cada vez; sin embargo, el frío se tornaba más intenso y empezaba a entumecerse su torso, cuando al fin sus ojos se acostumbraron y lograron recuperar la totalidad de su visión; el miedo y la fatiga llevaron a que sucediera lo que ocurre cuando la adrenalina se apodera de uno y permite que uno fuese capaz de proezas dignas de la fuerza de un héroe.

De súbito empujó con repulsión y miedo lo que estaba encima y pudo, al fin, ver algo de luz; esa era la luz de la mediana tarde, que estaba a punto de caer en el ocaso; su respiración se tranquilizó al tener algo de aire un poco más fresco, que llenaba sus pulmones y expulsaba aquel sórdido olor a muerte; vio que podía agarrarse de aquello que prefería no ver ni sentir, puesto que presentía lo que había pasado, ya que sus recuerdos llegaban poco a poco y le invadían su mente.

En un intento de escapar de aquella prisión de textura carnosa, logró alzar su torso por encima de lo que le oprimía, que se hallaba en gran parte oprimido, y con pesadez y dolor sus piernas al fin salieron también sobre aquello. Una vez logró incorporarse, la desesperanza se apoderó de él y un miedo intenso, que nunca antes había sentido, llevó a que temblara, pero no de frío, además de que sus ojos se llenaron de lágrimas de tristeza, rabia, repulsión y desprecio; casi no podía albergar tantas emociones; el hombre no puede sentir una desesperanza a tal grado que ni siquiera conservara la cordura, por lo cual su conciencia se esfumó por un instante, lo que llevó a que se desplomara y quedara inconsciente durante un buen tiempo.

Al abrir de nuevo los ojos, el frío había hecho estragos, no podía moverse y sentía que el dolor en su pecho estaba a punto de llevarlo a otro desmayo, pero, quizá movido por fuerzas desconocidas, su conciencia no se perdió y conservó su cordura, para dejar que sus ojos vislumbraran aquello que lo había llevado a la situación en que se encontraba; sin parpadear, y con una sensación de resequedad en su ser, vio cómo sus vecinos, familiares, amigos, esposa e hijos, yacían, desperdigados en la extensión del pozo que quedaba cerca a su pueblo.

Reconoció en seguida dónde se hallaba, ya que había crecido y vivido en el lugar toda su vida y había visto cómo aquellas personas que yacían sin vida lo habían acompañado durante toda ella; sin expresión alguna y con el dolor a punto de llevar a que le estallara el corazón, vio el rostro de su esposa e hijos, que permanecían ahí, inmóviles, frágiles, desnudos y pálidos, pues la sangre había escapado de sus cuerpos, notó como ahí se encontraban hasta aquellas personas que en algún momento le habían causado daño y que ahora ya no podían hacerlo; casi por inercia se repuso y, sentado sobre otro cuerpo, vio todo y recordó todo.

El disparo del pillo no lo había matado, no entendía por qué, si solo había sido a un metro de distancia; quizá alguna fuerza divina, pero macabra por igual había intercedido, pero el recuerdo estaba vivo y aún sentía el dolor del impacto del proyectil; veía, con los ojos de su memoria, cómo en la mañana del mismo día habían llegado, en camionetas particulares, unos uniformados, que no parecían ser parte de la fuerza pública, al menos la legal; recordó cómo habían entrado a las casas de sus vecinos y podía aun escuchar los disparos y los gritos de la gente; recordó que había visto a su mujer desnuda, tras ser violada por uno de ellos, y cómo sus niños caían al piso, cuando les cortaron la garganta.

Recordó, aunque no muy claro, cómo en los brazales de aquellos militares destacaba el logo del grupo y cómo ese mismo día habían acabado con su pueblo, habían borrado su historia, lo habían desaparecido todo, y unas cuantas palabras, de quien parecía ser su comandante, que decían que este pueblo nunca había existido y que ahora era una base militar de las autodefensas unidas de Colombia.

 

*Luis Miguel López Ramos, docente en el área de filosofía y letras, egresado de la universidad de Nariño, su lugar de origen se llama Túquerres en el departamento de Nariño Colombia, a lo largo de su vida se ha dedicado a escribir narrativa ya que es algo que apasiona.

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