jueves, 14 de abril de 2022

“El llamado de Perseo” cuento de Carolina Rodríguez Mayo


"¿Te has fijado en la polvoreda que levantas al caminar?”, preguntó Caspio, “no me estés molestando con eso, ¡anda, adelántate! No puedo controlar el polvo bajo mis pies”, contestó Perseo. Ambos intentaban alcanzar la antorcha inmortal que les permitiría ver el camino más allá de las tormentas de polvo. Perseo recordó cómo las estrellas, antes de su batalla explosiva, iluminaban galaxias enteras y también planetas. Ahora el universo se había convertido en un hoyo oscuro de seres estelares ocultando su luz, refunfuñando por ofensas milenarias, actuando como niños regañados, niños empeñados en no compartir nada con nadie. Ángeles, mesías y dioses de todos los panteones se reunieron para hablar de la preocupante situación.  Los seres más frágiles de cada sistema morirían sin ciertas estrellas. “La Tierra sin luz no sobrevivirá” anunció un sabio budista, dando paso a numerosos comentarios que evidenciaban la preocupación por lo que sería del Universo si los seres con luz propia se mantenían aislados donde su brillo no alcanzara a nadie. En sus largas charlas tomaron la iniciativa de llamar a héroes mitológicos de diversas culturas, Perseo atendió al llamado con más premura que otros. Algunos consideraban que la velocidad de su respuesta se debía a la separación de Andrómeda, la constelación que era un tributo a la belleza de la que alguna vez fue su amada. Andrómeda se dispersó en la anchura de la vía Láctea, ese cúmulo de estrellas se negaban a trabajar juntas, todas habían salido disparadas en direcciones opuestas, enojadas y seguras de que no volverían a verse. 


Perseo convocó a su amigo Casio, a quien conoció cuando le otorgaron un cuerpo semi-celeste por recompensa a sus heroicas acciones en la Tierra. Casio, en cambio, después de haber tomado su propia vida, fue condenado a ser lacayo celestial; su trabajo era asistir a los héroes con sus tareas, de la más mundana a la más colosal. Casio debía ser obediente, comedido y colaborador. Su condena estaba cerca de terminar cuando las estrellas se apagaron a kilómetros a la redonda. Se unió a Perseo no solo en busca de la luz universal, sino también en busca de su libertad. En medio de la absoluta oscuridad en la que se encontraba el Universo, Casio pudo ver con claridad que la única oportunidad de una eternidad bienaventurada, descansaba en una acción solidaria, una acción de la que probablemente no tendría reconocimiento alguno. Su existencia se volcó para darle a otros aliento. Mientras Perseo, atormentado por su elección pasada, buscaba redimir la belleza de Andrómeda, belleza que fue arrebatada por la honda envidia. Sus días en la eternidad consistían en pasear por la constelación de su viejo amor, beber allí de las cascadas abundantes de agua fluorescente y llamar los prados con nombre propio. Recordar que ella seguía con él, así fuera como una representación algo pálida de lo que alguna vez tuvieron. “Ni las llanuras blancas de las estrellas se comparan con la chispa inagotable de tu mirada”, solía gritar Perseo con la mejilla sobre el suelo estrellado, como queriendo escuchar del otro lado del suelo la respuesta de Andrómeda, no la constelación, sino la mujer y allí con el cuerpo horizontal, abandonado, cerraba los ojos, apretando los párpados; sentía que ella lo rescataba de su soledad, no sería el héroe por una vez. 


Lemanjá era una de las diosas más preocupadas, sus poderes disminuían sin los satélites. “Sin la luna no hay poder entre los mares” dijo incontables veces en las reuniones que se dieron para proponer soluciones. “El mar también se secará si los entes celestes continúan con su soberbia”, añadía cada vez que otros dioses proponían reiniciar todo. ¿Será esta la oportunidad de hacerlo todo de nuevo?, se preguntaban algunos. Sin embargo, ellos recordaban que sin luz propia ni entes estelares o celestiales estarían condenados a la oscuridad perenne y, por tanto, desaparecerían. Sin rezos, sin ritos, sin halagos, ellos se convertirían en polvo como en el que se convirtieron las primeras víctimas que no sobrevivieron la falta de luz ni la falta de calor. El Sol fue la única estrella que no se había unido a la recesión, engrandecido por la adoración que los terrícolas le brindaban, ya no se sentía como una estrella, él se sentía parte del Panteón de inmortales. Aún así en la Tierra estaban inquietos, el firmamento no lucía como la humanidad lo reconoce y eso levantaba sospechas sobre cómo funcionaban las cosas en el Espacio, algo que los humanos no deben saber. Jesús ponía su brazo sobre los hombros de Lemanjá tratando de tranquilizarla, “algo se nos ocurrirá” le susurraba cerca a la oreja, aunque preocupado como ella por la guerra que ya cobraba vidas inocentes.


Perseo caminó sobre meteoros decesos que se incrustaron entre ellos, formando pequeños escalones que le permitían tener una orientación, un camino. Los meteoros servían como señales para encontrar a las estrellas matriarcas, las primeras estrellas, las que serían claves en el proceso de reconciliación intergaláctica. “Tal vez tengamos que ofrecerles algún favor a cambio de su compañía”, anunció Casio, “yo estoy dispuesto a ofrecerlo todo, solo quiero que se formen como antes, quiero sentir que ella sigue conmigo” afirmó Perseo y ambos caminaron arropados por la negrura espesa de la incertidumbre. “Ya verás que vuelven” trató de consolarlo Casio, “eso espero”. Vieron entonces un destello tímido, unos cuantos metros adelante vieron a la primera estrella, estaba plácida cerca al abismo de una galaxia, ocultaba su luz con rocas perdidas de planetas muertos o antiguas estrellas, “¿bajo cadáveres estelares?” preguntó Casio, Perseo asintió y añadió: “esto ha llegado muy lejos.”


Cuando la estrella los vio pegó un brinco que casi los ciega, llevaban más de setenta días sin ver un cuerpo celeste brillar, sus ojos se humedecieron ante la criatura sorprendida. “¿Cómo me encontraron?” preguntó. “Seguimos a los meteoros” dijo Casio. La estrella vio a Perseo y lo reconoció de inmediato. “Tu eres el héroe que llora sobre el lomo de Andrómeda, ¿no es cierto?”, “lo soy”, “¿vienes para que ellas se reúnan?”, “entre otras cosas.” El llanto de Perseo, su canto y su añoranza eran también legendarios entre seres celestes, satélites y cuerpos estelares. Cada semana Perseo dejaba caer su cuerpo sobre las estrellas que conformaban Andrómeda, las abrazaba, las veneraba como un día lo había hecho con la mujer cuyo nombre ellas había adoptado siglos atrás. “Han perdido su tiempo en esta búsqueda, aquellas que antes eran mis hermanas ahora no son más que mis enemigas” señaló la estrella cubriendo su luz de nuevo. Sin embargo, Perseo le solicitó consideración, tanto por él como por todos los que dependían del calor y resplandor que ellas emanan. “Solo quiero hablar con una de las matriarcas, por favor indícame el camino”, solicitó Perseo. La estrella se negó, ella estaba segura de que el Panteón crearía un reemplazo para esos menesteres, “ustedes no nos necesitan, en cambio, nosotras si necesitamos mantenernos alejadas unos cuantos años luz o nos vamos a matar”. Perseo se resistía a la idea de perder su amada constelación, así que le contó a la estrella parte de su historia en la Tierra; la estrella entre conmovida y agobiada, por su propia soledad, le brindó indicaciones a los viajeros para que encontraran una matriarca. “Sigan el camino que han llevado hasta ahora, cuando hayan pasado cuarenta y cinco horas, giren, encontrarán un hoyo negro al que deben entrar, allí encontraran a la matriarca del Oriente. No creo que ella quiera restaurar el firmamento, pero al menos podrán hablar con ella.” 


Perseo y Casio, embriagados de esperanza, caminaron en la penumbra siguiendo las indicaciones dadas. Perseo sentía que no podía contener las lágrimas, sentía que estaba encarando una nueva procesión, similar a la que se dio la primera vez que perdió a Andrómeda. El agua que lavaba su cara venía de un lugar tranquilo, de la certeza, de la paz, de la fe en el reencuentro. 


Cuando saltaron al hoyo, sintieron que les jalaban de un lado al otro, una jalón de extremo a extremo, gritaban consumidos por el terror y el asombro. Llegaron a dudar de las buenas intenciones de la estrella que los había incitado a hacer el salto. No obstante, llegaron con la matriarca del Oriente en una sola pieza. De nuevo trataron de adaptar sus ojos a un centelleo cada vez menos familiar. Ella, al verlos cruzar el portal espacial, se sorprendió. “¿Cómo supieron que estaba aquí?”, “seguimos un rastro”, contestó Casio, quien sabía el terrible futuro que le esperaría a la estrella, si revelaban ante la matriarca su identidad. “Llevamos meses sin ustedes, el Universo morirá si siguen en esta pelea” afirmó Perseo. La Matriarca le dio la espalda. “¿No has sufrido ya lo suficiente empecinado por la idea de tenerla?”, Perseo sintió que se aceleraba y, de repente, fue consciente de lo frío que estaba aquél lugar. Miró a Casio quien sintió el dolor en sus ojos, miró a la matriarca… “si sabes de mi sufrimiento me ayudarás a recuperarla”. La matriarca se regodeó enunciando las miles de veces que el Panteón las había hecho menos, se hinchó de orgullo pensando en que ahora, eran ellos, los que oraban por su regreso. Sin embargo, ella reconocía que las penurias que su soberbia estaba causando. “Nunca me imaginé que este malentendido llegaría tan lejos, sé que muchos han muerto. Creo que ese nunca fue el objetivo de ninguna de nosotras… estamos cansadas, eso es todo.” Perseo se puso de rodillas, enlistó todo lo que ellas hacían por el Universo, todo por lo cual eran necesarias y conmovió a la matriarca que aceptó regresar junto a ellos al Panteón. 


En la vía Láctea los dioses, mesías y ángeles estaban agrupados, de manos dadas, esperando noticias. No mandaron solo a Perseo a buscar los cuerpos celestes, otras heroínas y otros héroes emprendieron su propia búsqueda. No obstante, Perseo fue el primero en aparecer ante ellos con una de las matriarcas. Pronto se reunieron en un ópalo gigante destinado a la agrupación de comités interestelares, allí acordaron los términos para que la matriarca del Oriente hiciera el primer llamado. Ella, con el corazón puesto en Perseo, suplicó iniciar su llamado con la constelación que él tanto extrañaba. El panteón estaba preocupado por los satélites más grandes, sin embargo, todos conocían de la fatiga de Perseo. Su pena cruzaba fronteras entre galaxias, así que acordaron que ella, como primera medida, recogería a las estrellas que conformaban Andrómeda.  Cuando la constelación estuvo agrupada de nuevo, el Panteón le dio a Perseo la oportunidad de edificar su hogar entre esa formación de estrellas, algo que estaba prohibido entre los héroes, que debían vivir como nómadas. Perseo puso los pies sobre el lomo de Andrómeda por primera vez en meses y su llanto fue tan copioso que terminó formando piedritas marmoladas luminosas que parecían conformar una nueva constelación, Andrómeda-hija la bautizó el Panteón y compartieron la leyenda de su creación entre todas las criaturas existentes.   



*Carolina Rodríguez Mayo (Bogotá, 1991). Viajera y escritora. Literata con opción en Filosofía. Especialista en Comunicación Multimedia. Ha publicado su trabajo en revistas de colombianas como Literariedad, Sombralarga y Sinestesia. Fue elegida como parte de una antología de jóvenes poetas, Afloramientos, los puentes de regreso al pasado están rotos publicado por Fallidos Editores. Su poesía ha estado en lugares como la Universidad de Brown y en el podcast Gente que lee cuentos.

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