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lunes, 17 de diciembre de 2012

Gritos de dolor en un día por demás festivo



Todavía escucho el grito de dolor o de impotencia de Vérulo por aferrarse a la vida en aquel día festivo, alegre y después nefasto. Igual que una letra de corrido mexicano de esos que inmortalizan la impunidad, el mismo día de su boda un resentido social y su arma estúpida como su mente, echaron a perder la fiesta -¿O se puso buena como dicen en esos pueblos donde pasan pocas cosas? 

El asesino me había mirado muchas veces en las fiestas del pueblo, buscando pretextos para agredir, siempre sobrado de odio, empujando con su violencia mientras se escuchaba el sonsonete ese, chun tata, chun tata, chun tata. Una sensación incómoda me invadía porque recordaba perfecto el día en que otro desconectado de la cordura vació una 48 especial en la panza ya bastante remendada de mi hermano. Recuerdo el brillo del cromo en el cañón, el escupitajo de fuego, y a mi loco pero amado consanguíneo doblarse como cuando le daba risa. Bueno, ese día no dejo de reír cuando vio que no murió, y todavía fue a pasear por la casa para que lo viera mi madre y no causara a esta un infarto cuando la gente llevara el chisme estilo ¡mataron a su hijo! Después regresó al lugar donde lo esperaba la ambulancia de la Cruz Roja, se subió y cual reina de la primavera montada en un carro alegórico, se alejaba saludando por la ventana a los ahí presentes.

El día de la muerte de Vérulo, el asesino y yo cruzamos miradas; las de él, como siempre retadoras, las mías solo buscando una explicación a su absurda y cobarde valentía. No me quedé más en esa tienda donde solo compré unas cervezas Victoria, que son con las que se embrutecen los campesinos. Entonces vi salir al novio con un traje elegante, como un mago de circo gitano que saldrá a escena, o con su traje de pingüino. Hijo de un pequeño ganadero de tradición, creció igual entre el estiércol y las pacas de forraje para el ganado. Tenía un hermanito con retraso mental que escondían en un cuartucho sucio y oscuro. Había que evitar la vergüenza, varias veces observé cómo le pasaban comida en un traste viejo y despostillado por debajo de una puerta improvisa, donde asomaban sus pies recios y maltratados. Y es que así somos en México, nos avergüenza todo; que seamos indígenas, que seamos subdesarrollados, que tengamos una enfermedad mental (colectiva), que nos encuentren caminando y no en un automóvil, que nos vean sucios porque venimos del trabajo; eso sí, no nos avergüenza la mediocridad, la ignorancia, la corrupción, la política amoral, el teatro electoral, la violencia, el hurto, el narcotráfico, vivir en suciedad, ser besamanos, que agachemos la cabeza –no precisamente por leer un libro-, el servilismo, la mojigatería, el cinismo, el machismo, el prianperredismo; nada de eso nos da pena. 

El hombre corpulento que actuaba esa noche de novio, cuya profesión era manejar un camión de carga presumiendo su fuerza y cabellera como un Sansón de rancho, propio de una ilustración de revista popular sensacionalista; no imaginaba que en este estilito desagradable terminaría su historia llena de histeria. 

Ahí quedó esa imagen, yo esquivando al asesino, el novio saliendo y jugando borracho con sus hijitos en la calle, pequeñitos como gnomos; todos vestidos de gala, todos pensando en la fiesta, ¡ya mañana vemos si comemos o no! Caminé apenas unos metros y escuché como el arma arcaica escupió fuego y muerte. Volteo entonces y el grito de quien está a punto de vomitar el alma y el espíritu juntos lo domina todo ¡Vida no abandones mi cuerpo! Ahora sale la novia, igual que en las horrorosas telenovelas mexicanas, gritando y lanzándose al cuerpo moribundo de Vérulo exterminado. Claro, esto no se compara con el titular de un diario de nota roja que decía: “ENTÉRATE. Lo mata y le amputa las piernas; entró sin permiso a su casa”, pero este asesino tampoco pidió permiso a la novia, ni anunció su entrada en escena, es más, ni siquiera lo habían invitado al mole. 

Se acerca un perro flacuchento y sarnoso, sus llagas pululan de pus, está como en trance, lame la herida del muerto dejando sus pelos infestos; no importa, la descomposición empezó hace rato, desde que nació el asesino Caín. Parece que ladra pero no se escucha, solo muestra su cara de miseria y dolor, pero se le mira dispuesto a acompañar a Vérulo en su viaje, sus ojos lacrimosos reflejaban la ansiedad de caminar hacia la luz lamiendo la sangre que es su único alimento en semanas y moneda de cambio para servirle de guía. 

Ahí estaba un policía municipal, sólo observa como todos ellos;  seguro recordó que él mismo vendió el arma homicida a la joven bestia, mientras él se quedó con una vieja escopeta como único instrumento para “combatir” al crimen. Se le ve pensativo y sigue el chun tata, chun tata, cada vez más lento hasta que se detiene. Acaban con la fiesta, acaban con un mundo de sueños y de tranquilidad momentánea de una familia. El psicópata huye y no está enterado de esto último, él seguramente solo se cree y se sueña valiente y admirado.

Es muy noche y el viento se va congelando. Es muy raro ver esa calle ahora solitaria, triste. Hay basura de una fiesta, hay restos de comida, huesos de pollo, platos manchados de mole. Nadie limpia; solo levantaron el cuerpo de Vérulo para guardarlo un rato en la morgue antes de hacerle el ritual macabro de la velación, que expone el cuerpo para que la gente desahogue su morbo, analizar los rostros de los dolientes y si pueden, tomar café gratis. La mancha de sangre ahora sirve de entorno para el cuerpo inerte del perro sarnoso. Pasa una señora y alcanzo a escuchar que dice: -¡Qué barbaridad, nadie levanta a ese perro que atropellaron, cada vez estamos peor!

sábado, 8 de diciembre de 2012

Ceguera Turca


Parece que anda un diablo
tirado por elefantes ciegos,
una estampida de carne asada.

Y la muerte ha cantado su canto de dolor,
hay un líquido en las calles
no es agua, es rojo.

Los árboles están negros
y los ojos han dejado de ver la luz.

¿Quién se hará cargo de esta
ceguera turca? Porque el diablo
mandinga ya hizo su descargo:

"que no fuí, les digo...·;
ni yo dijo el ser carnado.

Y los vientos estan de broma con la gente,
llevan sus cuerpos y dejan sus espiritus
junto al mar.

Mal gusto el de los dioses sin amor,
nos barajan a la intemperie del azar
mientras desenvainan sus leones numerados
sobre un paño de verde calculado.

Todavía la sonrisa del niño en la calle
bajo el cielo rojo, antes de la oscuridad,
es la esperanza de los rostros
que ven volar la vida del pequeño moribundo.

2011, por Saulo Gomes de Sousa (Brasil) & Juan Carlos Vecchi (Argentina).



lunes, 26 de noviembre de 2012

Canción de Cuna



El niño habita ebrio en la lágrima
de  un subsuelo de pasos arrastrándose
vibración, cobalto, térmica
o el bisbiseo del azar
que en el desbarajuste de un trazo moribundo
su voz viene brillando,
como orlada de sílabas
tan luciérnagas,
hay una fiesta en las vocales de su llanto
un leprosario de voces marchando
como viajeros del cuerpo,
contento estoy señor, contento
de estas manos en cruz hacia lo alto
firmo mi fatiga en bestial musculatura
célibe y prostibularia
como una garganta que galopa hacia dentro,
nuestra gordura celeste.




Ignacio Elizalde - Chile.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Lentitud



Breves e irrepetibles son
los tableros de la muerte
en la oscuridad del alba
donde soló tú, pasajera del tiempo
me recuerdas la oblicua composición
de nuestros cuerpos.


Atrás queda la noche
transmutando sus irreconocibles victimas….

Tiempo este donde sembramos memorias en el sueño,
palabras perdidas de impaciencia
al borde de la historia
otoño vivido… en la soledad de los días
como óxido en el centro
de los huesos.

Breves e irrepetibles son
los tableros de la muerte
en la oscuridad del alba.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Los Innombrables




I

Éramos ya los innombrables,
los desechados de las glebas,
los que apenas tenían nombre,
lo de vivir en pobres tierras,
los de llevar señal amarga
de castigo por las ojeras,
los de plantar en suelo extraño,
los de vestir ropas ajenas,
los que estaban como de paso
medio sangrando entre las piedras,
los ignorados de la gente,
los del desprecio y las afrentas,
quienes soltaban por las noches
los animales y las hogueras.

Éramos ya los innombrables,
los niños pobres y andrajosos
a quienes se llamaban con un silbido,
o con un gesto, o simplemente con la mitad del nombre;
los que podían vivir bajo las lluvias y los vientos
y las heladas, descalzos, y en las noches crueles de frío y desamparo,
y tener fiebres palúdicas
y envidiar a los bravos
y apedrear los faroles que penden de los tugurios,
o morir como mueren los ancianos
de efímera ilusión, soplados desde abajo.

Podíamos seguir las ferrovías
como si fueran el sendero a la medida
de nuestros anhelos
- brillantes u oscurecidos según la distancia y el tiempo -
orinar en las alcantarillas en los crepúsculos ardorosos
y tener gestos ásperos y altaneros.

Soñábamos con lagos inmensos
y con cabañas en medio de los montes profundos,
soñábamos con bandoleros que asediaban en tranqueras
y podían caer, cruzados de proyectiles, con el regocijo
sobre sus caballos jadeantes, raudos y enloquecidos!


II

Éramos ya los innombrables,
los pobres hombres de la tierra,
los de labios enrojecidos
por pedradas o por violencias,
los de rostro duro y reseco,
los atrevidos en las pendencias,
los que ostentaban sobre el pecho
girasoles y resistencias,
relampagueos en la frente,
sublevaciones en la lengua,
quienes soltaban por las noches
los animales y las hogueras.

Vida la nuestra, oscura,
de conocer todas las hambres,
y los senderos de las lluvias y los paisajes,
de los ventarrones que doblan en las siestas ardientes
el tallo fino de los mandiocales;
conocíamos el bochorno delirante del verano en los cocoteros,
los animales que lamían el bastón de los ciegos y
las serpientes y las flores silvestres.

Conocíamos los caminos
de los talleres y los campos,
de las misteriosas plantas a la orilla de los pantanos,
del sudor pegajoso de los trabajadores en el rumor del mediodía,
del pañuelo bordado por la mano anhelante de las muchachas vírgenes;
conocíamos las marcas forasteras de las barajas en los puertos,
el extraño mutismo de los hombres seguros y violentos.

Acaso descubríamos
cuanto yacía en el sobresalto de nuestros sueños,
el afán insumiso del acero escondido en la cintura
de los valerosos que morían cantando,
la música de los naranjales, el murmullo que suena lluvia adentro,
la cicatriz de los peones que tenían historias indescifrables
sobre la piel oscura a medianoche.

Aprendíamos cantos
de pendencia altanera;
tocábamos las guitarras cuyo secreto profundo era secreto
de los cautos y entristecidos,
aprendíamos las palabras que amedrentaban con su audacia y su furia
como la gloria de los himnos guerreros;
llevábamos el pecho desnudo de amarillo leopardo por los fondos calientes
de los bosques y los tembladerales.

Conocíamos las plantaciones
y los terrenos besados por las Siete Cabrillas,
los que guardaban para nosotros las cosechas más bárbaras,
los que dejaban sangre tibia en la esponja exprimida y oprimida
de nuestra piel morena;
conocíamos el brillo vengativo de los machetes que descansaban todavía
las rodillas que se partían de repente por los montes
húmedos y coléricos, gigantescos y lúgubres, y de virilidad decorosa,
y las comarcas lúbricas de torturado silencio
y el cinturón de fuego del verano.


III

Fuimos hechos de tierra roja
y de palabras callejeras,
de amasijos elementales
y de madera primigenias,
tempraneros encallecidos
de quemarse en las polvaredas,
de auparse en las intemperies,
de madrugar en las capueras,
nacidos ya, como quien dice,
en tiempo de mala cosecha,
sobre caminos quebrantados
por desventuras y querellas,
por gacho gesto ensombrecido,
por un destino de violencias.

Y éramos ya los innombrables,
los pobres hijos de la tierra.

Vida la nuestra, oscura,
de conocer todas las hambres,
de haber escuchado el aliento expectante de los días interminables,
el llanto de las lluvias tristes sobre los llanos,
de haber probado el sorbo
amargo de la desgracia.

Y un día comprendimos
la dirección del viento, de esa musculatura
que se tuesta en la orilla brava de un sol naciente.

Nosotros, los esclavos de siempre,
los hombres de mirada perdida como la curva de los ríos bajantes,
los de anchos pies descalzos como las hojas de los tabacales,
acaparados por los golpes, adosados a los muros,
chamuscados en la extensión espesa de los latifundios infernales,
los que hacían los hijos como escupiendo el aire,
los que llevaban sobre el pecho quemado
los sembradíos y los tatuajes,
comprendimos de pronto
la voluntad sin tregua de nuestras gargantas,
que no había milagro comparable al milagro de nuestras manos poderosas.

Todo cobró un color predominio,
de pasión puesta en pie, de incógnita aclarada,
de ríos madrugando en asunción de brillo saludable,
de camino abreviando el apremio empeñado de los pasos del hombre;
todo animado al soplo de una luz verdadera,
de leño consumido que recobra el desvelo de su fuego,
de una certeza muscular y brava.

Un día comprendimos
que la Revolución no es solamente una palabra
de juvenil violencia, sino el agua fluente para la sed constante de los hombres
que pudiera traer la dignidad, difícil y profunda,
y el apego a la vida
y el latido inocente del sagrado intercambio de la emoción entre los seres.

Que es como la fidelidad de dos manos enamoradas bajo la luna.
Que es como abrir una fuente en una tierra seca bajo la luna.
Que es como la leche tibia de un madre hermosa bajo la luna.
O el grito de una niña bajo la luna.

Y supimos que hay noches
que descansan la frente sobre el pecho del día,
y hombres fuertes, como los nuestros, que sostienen las húmedas mañanas,
y flores que desvarían
en la mano rosada de las jóvenes cándidas,
y empuje adormilado de quebrar cocoteros en la dormida vara de la brisa,
y hogueras que levantan su niebla azul en medio de las colinas,
de las estrellas que guían las fugitivas olas de las playas.

Que no habría senderos entrecruzados,
ni señales desatendidas de los extraviados,
ni desafíos oscuros;
que cumpliría el verano su jornada,
la semilla su parto de esplendor y de ahínco
y el viejo rey del cielo su camino.

Entonces comprendimos
que la vida tendría una extraña belleza
como un árbol preñado de pájaros y meses,
que podríamos levantar la cabeza y mirar el cielo
sin temor y sin vergüenza,
respirar a pulmón pleno las fortificantes frescuras
de las raíces maravillosas.

Que rebelándonos abriríamos
las compuertas cerradas, el telón de los anocheceres hoscos y dolorosos,
que podíamos realizar el amor,
la pura valentía,
el canto,
la sonrisa,
y la fecundación de las aguas!

¡Comprendimos nosotros! Nosotros, los innombrables.