De Flor Que Se Marchita a Flor Que Florece
Por Robert Joseph Greene
Soy
el pétalo que
se pliega hacia adentro,
con los
bordes suaves, el color desvanecido—
el tiempo ha
trazado sus líneas en mí
como las lentas manos del sol.
Y
allí estás tú—
un capullo apenas despertando,
verde de promesa,
con el rostro
vuelto hacia cada amanecer.
Anhelo
inclinarme hacia ti,
pedirte que
me abraces
bajo las últimas
lluvias,
bajo los últimos
vientos,
para que
estos últimos días
sean un poco
menos solitarios.
Pero
el amor—
el verdadero
amor—
no ata la mañana
al anochecer.
Si
te retuviera aquí,
si dejara que
mis raíces abrazaran las tuyas,
te robaría
tus largos días
de verano—
la risa
salvaje,
los caminos
sin recorrer,
los años
luminosos
que solo te
pertenecen una vez.
Así
que te ofrezco algo más raro:
no el peso de
mi invierno,
sino el calor
de mi sabiduría,
el mapa
callado de mis cicatrices,
el
recordatorio de que las tormentas
pueden
sobrevivirse.
Déjame ser la lluvia
que te enseñe
a beber hondo,
la tierra que
te afirme
cuando se
levanten los vientos,
el susurro
que diga:
«Crece más de
lo que yo jamás pude».
Este
es mi regalo para ti—
un amor que
no se guarda nada
ni toma a
nadie como rehén.
Un amor que
te libera,
aunque me
cueste todo lo que soy.
Porque
yo soy una flor que se marchita,
y
tú—
tú eres una flor que florece.
Hay
poemas que nos reconfortan con su belleza y poemas que nos desarman con su
honestidad, y existen algunos pocos que logran hacer ambas cosas al mismo
tiempo. De Flor Que Se Marchita a Flor Que Florece, de Robert Joseph
Greene, pertenece a esa tercera categoría. En apariencia es una meditación
tierna sobre la vejez y la juventud: un hablante en declive que se dirige a un
ser amado que apenas comienza a florecer. La imagen es sencilla: una flor que
se pliega hacia adentro y un capullo que se abre hacia el sol. Pero bajo esta
sencillez se esconde un diálogo milenario, que nos remonta al Banquete
de Platón y a los diálogos de Luciano de Samósata, sobre el papel del eros en
la educación, la responsabilidad del filósofo hacia su discípulo y la
transformación del deseo en un amor más alto y desinteresado.
El
poema se abre con el hablante mayor identificándose como “el pétalo que se pliega hacia
adentro, con los bordes suaves, el color desvanecido—el tiempo ha trazado sus líneas
en mí como las lentas manos del sol.” La vejez no se describe aquí como una
ruptura repentina, sino como una erosión pausada, un recogimiento más que una
fractura. En contraste, el ser amado aparece como “un capullo apenas
despertando, verde de promesa, con el rostro vuelto hacia cada amanecer.” La tensión se muestra de inmediato:
el crepúsculo mira con ternura al amanecer. Uno se apaga, el otro comienza, y
ambos están unidos no solo por el afecto, sino por la asimetría inexorable del
tiempo.
Esta asimetría es central en el modelo antiguo del amor pedagógico. En
el mundo griego, las relaciones entre hombres mayores y jóvenes estudiantes
eran entendidas no solo como eróticas, sino como pedagógicas, incluso cívicas.
El compañero mayor, el erastes, debía despertar la pasión en el más
joven, el eromenos, no para poseerlo, sino para guiarlo hacia la sabiduría, la
virtud y, finalmente, las responsabilidades adultas frente a la sociedad. El eros
era la chispa, pero la meta era la sabiduría. El mayor amaba para enseñar, y el
joven se dejaba amar para crecer. Sin embargo, esas relaciones siempre llevaban
consigo un riesgo: el riesgo de encadenar al joven al mayor, de que la posesión
se endureciera en dependencia, de que el eros obstaculizara en lugar de
liberar.
El
poema de Greene dramatiza este riesgo con una franqueza desarmante. El hablante
confiesa: “Anhelo inclinarme hacia ti, pedirte que
me abraces bajo las últimas lluvias, bajo los últimos vientos, para que estos últimos días sean un poco menos
solitarios.” Esto no es filosofía; es anhelo. Es la voz del eros mismo,
el clamor humano de ser sostenido y consolado frente al declive. Ningún texto
antiguo es tan directo sobre el dolor del envejecer, aunque uno imagina que,
detrás de los discursos elegantes de Platón o las sátiras de Luciano, hubo
hombres que sintieron exactamente lo mismo: atraídos por la juventud no solo
por la belleza, sino por el consuelo, por un respiro ante la soledad.
Pero
Greene no permite que su hablante se quede ahí. Tras reconocer el deseo, el
poema da un giro brusco: “Pero el amor—el verdadero amor—no ata la mañana al anochecer.” Es aquí cuando
el poema deja de describir y comienza a actuar. La línea no solo enuncia un
principio; lo encarna. El hablante practica lo que predica: se niega a atar, a
retener, a poseer. En esos versos, el eros empieza a transfigurarse en
algo más alto. El mayor reconoce que retener al joven significaría robarle “tus
largos días de verano, la risa salvaje, los caminos sin recorrer, los años
luminosos que solo te pertenecen una vez.” El deseo, consumado como apego, se
convertiría en robo.
Lo
que sigue no es desesperación, sino transformación. El hablante ofrece no
posesión, sino legado: “el calor de mi sabiduría, el mapa callado
de mis cicatrices, el recordatorio de que las tormentas pueden sobrevivirse.” Este
es el don del filósofo. Platón lo llamó la ascensión desde el amor por un solo cuerpo al
amor por todas las almas bellas, y de ahí al amor por la sabiduría y la Belleza
eterna. Luciano, menos idealista, sostuvo que ese eros masculino enseñaba
a los hombres a amar, para que después dirigieran ese amor hacia las mujeres,
estabilizando así los hogares y la sociedad. Idealista o satírico, ambos
coincidían: el eros no podía
quedarse en mera posesión. Debía ser elevado, redirigido, transmutado.
En
el poema de Greene, el nombre de esa elevación es agapē. El hablante
declara: “Este es mi regalo para ti—un amor que no se guarda
nada ni toma a nadie como rehén.
Un amor que te libera, aunque me cueste todo lo que soy.” La formulación es
casi paradójica: ¿cómo puede un amor que lo da todo abstenerse también de atar? Sin embargo, esa
paradoja es la esencia del agapē. A diferencia del eros, que
desea atrapar y conservar, el agapē desea bendecir y soltar. Es amor
desinteresado, amor sacrificial, el tipo de amor que no busca lo suyo.
Sería
fácil leer esto solo como resignación, como un hombre mayor consolándose por lo
que no puede tener. Pero sería pasar por alto la radical generosidad del gesto.
Al soltar, el hablante no solo se niega a sí mismo; está enseñando al joven lo que el
amor puede ser. Le muestra que el verdadero amor no es posesión sino liberación,
no es robo de años sino entrega de perspectiva. Se convierte en “la
lluvia que te enseñe a beber hondo, la tierra que te afirme cuando se levanten
los vientos, el susurro que diga: ‘Crece
más de lo que yo jamás pude.’”
Estas imágenes
son metáforas pedagógicas
por excelencia: el maestro como tierra, como lluvia, como susurro, preparando
al discípulo para crecer más allá de él.
Los
antiguos sabían que el eros siempre corría el riesgo de producir apego,
y que ese apego, aunque dulce, podía ser destructivo. El amado podía volverse
dependiente, el amante celoso, y ambos quedar privados de su futuro. El
hablante de Greene nombra ese peligro con claridad. Pero lo que distingue al
poema es que no termina en advertencia. Termina en don. El eros se
reconoce, luego se sublima y, finalmente, se reemplaza por agapē. El
ciclo del anhelo culmina no en la desesperación, sino en la alegría de ver al
otro crecer libre.
Para
los lectores de hoy, la relevancia es inmediata. Pocos vivimos en las
estructuras pedagógicas de la Atenas antigua, pero todos habitamos relaciones
marcadas por la asimetría: mentores y aprendices, padres e hijos, amantes
mayores y jóvenes. En todas esas relaciones acecha la tentación de la posesión.
Queremos retener, conservar, atar a los demás a nosotros. Queremos que la mañana
y el anochecer convivan, aunque eso signifique robarle luz al día para
prolongar el crepúsculo. El poema de Greene insiste en que eso no es amor
verdadero. El amor verdadero suelta. El amor verdadero se niega a atar la
juventud a la vejez, el potencial al declive.
La
vida examinada exige que tomemos en serio nuestros anhelos, pero también que los midamos frente a
verdades más altas. El poema de Greene es un pequeño y luminoso ejemplo de esta
ética.
Reconoce el dolor humano del eros y luego lo disciplina, lo eleva y
finalmente lo transforma en agapē. Al hacerlo, el poema no solo describe
el amor; lo modela. Al leerlo, entramos en la misma práctica: sentir el anhelo,
conocer su costo y soltarlo por el bien de la libertad del otro.
La
lección es a la vez antigua y moderna. Antigua, porque recuerda la escalera del
amor de Platón y las advertencias de Luciano sobre el apego. Moderna, porque en
nuestras propias vidas seguimos enfrentando la misma paradoja: cómo amar sin
atar, cómo dar sin robar, cómo envejecer sin arrebatarle al joven su futuro. El
poema de Greene sugiere que el camino no es la represión, sino la transformación.
Debemos dejar que el eros nos despierte y que el agapē nos
complete.
Al
final, De Flor Que Se Marchita a Flor Que Florece es menos un poema de
amor que un testamento filosófico. Es la voz del mayor hacia el joven, sí, pero
también la voz
de la sabiduría hacia el deseo, del crepúsculo hacia el amanecer, del pasado
hacia el futuro. Nos recuerda que el legado más duradero no es la posesión,
sino el permiso: la libertad de crecer más alto, más libre y más luminoso de lo que
nosotros jamás pudimos. Eso es amar de verdad. Eso significa, en el sentido más
profundo, dejar que una flor florezca.
*Robert Joseph Greene es un autor canadiense especializado en ficción romántica gay. Es conocido principalmente por Historias de amor gay de Todo el Mundo (ISBN-10: 1927124220 / ISBN-13: 978-1927124222), una colección de relatos de más de una docena de países, cada uno reflejando la cultura y las personas de su entorno. Su novela juvenil This High School Has Closets (ISBN 978-1927124048 / ISBN 1927124042) fue preseleccionada para los Lambda Literary Awards en 2012.
En 2013, Greene dedicó su libro ¿Te importaría? (ISBN 978-1-927124-28-4) a dos de sus líderes latinoamericanos favoritos: la presidenta argentina Cristina Fernández y el presidente uruguayo José Mujica, en reconocimiento a sus esfuerzos por promover la igualdad LGBT en sus respectivos países. ¿Te importaría? también fue finalista del Premio a la Mejor Traducción de Amazon (Español).
A lo largo de su carrera, Greene ha
abordado temas de representación LGBTQ+, llegando incluso a presentar con éxito
una queja ante el Consejo de Normas de Radiodifusión de Canadá por sesgo
anti-LGBTQ.
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