lunes, 16 de noviembre de 2020

"Aporía de la imagen del mundo difuminada" Ensayo de Raúl Adrián Huerta Rodríguez


       No han sido demasiados los tripudios entre Helios y Selene desde que Astron Orbis dejara de irradiar su majestuoso señorío sobre todas las substancias. El historema del más vetusto wístōr, el prístino testigo de la sabiduría narrada hacia delante mirando atrás, registra el linaje inicial de su regencia en el Antiguo Lithos hace más de tres centenas de millares de danzas helioselénicas, antes de que Sphairedón le sucediera como excelso soberano de la actual Aera Aetherum. Recientemente los scientisti computaron su génesis en más de dos y medio millones de añadas, por lo que la Aera Facierum –la época de los rostros, la techne y las marcas sólidas– que compendia la temporalidad de su vida regia en los ritmos dialécticos de los astros vespertinos y noctámbulos, podría ser mucho más arcaica de lo originariamente relatado. 


El tesoro sapiensal contenedor de riquezas geométricas, estéticas fractales y quantums para la glorificación de toda divina grandeza y emancipación del estado bestial de los simios erguidos, fue la donación que Astron Orbis hizo a la primitiva especie bípeda y, al mismo tiempo, su transgresión a la ordenación divina. Concretamente, este don permitió la aparición de los extraordinarios alarifes, individuos privilegiados que gozaron de su más alta simpatía y estima al concedérseles los excelsos dones de creación para que erigieran las más hermosas obras en su honor, algunas de las cuales todavía pueden contemplarse a través de sus ruinas. 


Ellos, los favorecidos y bienquistos por el gran soberano, fueron quienes plasmaron sus semblantes faciales en rocas y metales brillantes por la vanidad exaltada desde sus privilegios recibidos, aunque no dejaban de ser emulaciones para eludir su naturaleza bestial y justificar su aproximación a las formas superiores que tanto admiraban, a sabiendas de que tanto ellos mismos como sus acciones, en última instancia, simplemente fuesen simulacros, fantasías y vacuidades de imposible perfección total y un ardid avivado con el consecuente autoengaño de su tergiversación intelectual entre lo perdurable y lo eterno. 


La cristalización áurea y argenta de sus rostros petrificados expresaba los reclamos de dignidad y nobleza que atribuían a sus creaciones y hazañas, aunque en tiempos contemporáneos ello sólo evidencia la memoria que se ha vuelto leyenda, historia y tradición trascendental: lo más cercano e insuficiente de la inmortalidad a la que su imperfección orgullosa de bestias podría aspirar. La gracia y los dones concedidos por Astron Orbis para que los alarifes pudieran transformar la naturaleza y ofrendarle sus producciones como belesas, no bastaban para que los animalescos adalides de una especie que únicamente podía afirmarse en su propia imperfección, participaran junto a él en el sempiterno banquete de los dioses. Con resignación, tuvieron que satisfacer su apetito de eternidad sustituyéndolo con la perennidad de sus rostros y de sus epopeyas que labraron y acuñaron en los mismos esplendorosos materiales con los que antes glorificaban al gran soberano. Gradualmente, la constante y obcecada observación de la ilusión producida por sus ególatras reflejos hizo que olvidaran de dónde provenían esas capacidades de las que tanto se jactaban hasta que, finalmente, no quedaron recuerdos de su relación con los seres divinos, quienes también abandonaron a que aquellas zafias bestias mortales embriagadas de amnesia. Fue entonces que osaron equiparar su insignificante fama de seres efímeros y gnosis limitada con la gloria eterna que es privilegio exclusivo de los dioses.


Sus rostros pétreos desarraigados de los prados elíseos y las proyecciones eidéticas materializadas por los lomos sanguinolentos de la esclavitud, formaron la imagen de Mundus, pero no como forma contenedora de lo que es, sino más bien como confín por conquistar, desafío en forma de infantil berrinche que lo único que busca en el fondo no es más que la dádiva de un seno. El nous se transfiguró en sapientia y las zafias bestias, al no encontrar respuesta alguna a sus lloriqueos imberbes, avivaron su insolencia en una autodenotación de superioridad divinal. La techne fue entronada como differentia essentialis respecto a las demás entidades carentes de logos y como el medio supremo para arribar a los estratos sublimes del pantheon. Con su soberbia  ofuscación técnica, las bestias bípedas desarraigaron aún más lo que antaño fue un hermoso hen panta tejido por Moirai, hasta que finalmente sólo quedó dentro de ellos una recelosa apetencia de conquista. Sin un reflejo cósmico liminal, dispusieron su enérgica arrogancia a la tecnificación autopoiética con la que acometieron el último gran sacrificio: el teocidio de Astron Orbis. Así terminaba el reinado de un dios asesinado a manos de los que fueron en algún momento sus seres favoritos e iniciaron los tiempos tiránicos de Sphairedón en la Aera Aetherum: la época de la imagen del mundo, del imperio tecnogeométrico y del lenguaje aritmético que silenciaron a las lenguas vernáculas, los últimos portales a las Pléyades, con una tiranía binaria que dinamizaba un progresivo difuminado de los límites que anteriormente diferenciaban a las esferas de existencia, cuya catastrófica expresión fue la ampliación de la guerra a la totalidad de lo real. La resultante sería una mayor frecuencia de beligerancias en las zonas liminales que se expansían, lugares de umbralidad y de indiferenciación que devinieron en una situación de excepcionalidad donde ya no era posible distinguir entre amigo y enemigo, guerra y paz, justo e injusto, legítimo e ilegítimo, orden y caos. Este fenómeno de nihilismo implantó un estado de excepción generalizado, lo que podría denominarse como el proceso de difuminado de la imagen del mundo en el que se develaría la ilusión del ser y el desocultamiento de su verdad: que en el fondo es nada. Pero el excedente de irrestricción liminal que se transfiguró en excepcionalismo, ambigüedad e indiferencia, no impidió que el ser abandonara completamente su fantasía de sustancia. Aferrándose a los vestigios etéreos de su haber sido que se desmoronaba a cada instante por belicosidad, así como a los escombros de sus convicciones, a los residuos de la violencia que deja su andar y en los que miraba el espejismo de su propio reflejo vacío que lo confrontaba con su verdad, le confirmaba que, aun así, había sido, sin importar que se tratara de una ilusión dada por las artificiosas imágenes con las que se daba su sentido tras la huida de los dioses. El problema de permanecer demasiado en los umbrales de indiferencia y excepcionalidad es el riesgo de llegar a un punto de no retorno, que se desmorone la apariencia y que los pedazos desprendidos revelen que más bien son los fragmentos de una máscara que encubre la verdad del rostro, o sea, que carece de tal en tanto que es nada. Por más que lo intente, el ser no puede evitar que en algún momento se muestre la verdad que oculta; pero mientras pueda, seguirá rechazando su esencial condición de nihil. Para ello, tiene que restituir su enmascaramiento con los trozos desprendidos de su imagen, si es que en su caída no se pulverizaron o se entremezclaron con las ruinas que va dejando su andar y, por tanto, ya no sea posible recuperarlos. 


Negar el terror de ser-nada implica autoafirmar su ser como un “todavía algo” que construye con las ruinas de la historia y los jirones de sus sueños. El ser lucha por no dejar de ser, por mantener su ilusión; prefiere ser lo que sea que ser simplemente nada, da igual que se trate de una ficción de lo que fue o una utopía por venir. La reacción inmediata ante el terror de ser-nada es un despliegue defensivo para la recuperación de aquellos fragmentos y un repliegue para restablecer su imagen a través de su aglutinación, para recrear una máscara cuya apariencia ya no puede exhibir la figura que antes tuvo. Ni siquiera el reconocimiento a través de la otredad es condición de posibilidad para ser-algo, pues no es más que quimera duplicada, espejeo del binomio procesual de identificación y diferenciación que cuadriplica el ficto de la negación a ser-nada. La autoimposición identitaria del ser, la portación del simulacro de una imagen maltrecha, es una fútil reacción para sosegarlo y eludir momentáneamente el terror que le ha producido el desfondamiento del mundo y su develamiento al transitar por las zonas liminales. 


La enajenación del ser, su terror a la nada enmascarada con escombros, entraña el peligro de devenir un Estado-guerra. La peligrosidad del éxtasis con el que el ser se arroja fuera de sí para autoafirmarse a partir de los restos del mundo y las ruinas de su imagen, radica en la posibilidad extrema de generalizar la violencia excepcional, una manifestación desesperada y absurda de la radical negación de la totalidad, el último recurso para dar sentido a la fragmentada imagen del mundo que cuelga de su rostro como encubrimiento y disimulación que se petrifica en un Estado de completa belicosidad. Sin embargo, esto es sólo un placebo para amainar su terror, pues no es posible ocultar la nada por completo, menos si ésta ya se le ha mostrado en su verdad, si su imagen está resquebrajada, pues la nada se filtra entre las grietas de los pedazos sobrepuestos y le confronta, lo violenta. 


El Estado-guerra es el resto moribundo de una representación que lucha por afirmarse como algo, lo que sea, el último esfuerzo por sobrevivir a la inminencia de la nada y que le abre a la totalidad de posibilidades de ser, a pesar de que, paradójicamente, esto pone en peligro su propia subsistencia por sus acciones nihilistas. Cuando ya no hay nada que perder y aun así se sigue luchando, acaece la posibilidad de ganarlo todo. Pero esta apertura es una paradoja trágica. Al mismo tiempo que se clausuran las posibilidades de ser algo, el ser puede alcanzar la totalidad de lo posible si es que logra anteponerse al terror, lo cual no quiere decir que haya aceptado finalmente su condición esencial. No puede olvidar que en cualquier instante será la nada que siempre ha sido y ha negado por largo tiempo. En la última danza con la muerte, el terror no desaparece, sólo mengua al cristalizarse en Estado-guerra y se transmuta en una afección que mantiene al ser en estado de alerta: paranoia. Ante la inminencia de la nada y la incertidumbre de su acaecimiento, el terror paranoico se torna persecución y guerra. 


La totalidad abierta es el peligro que amenaza su ser, así como también es, paradójicamente, su recompensa. El ser se convierte en lo amenazante, en la aporía que encarnar el Estado-guerra, la última figura de una civilización moribunda, de un ser que ansía detener lo amenazante afirmándose en lo que sea y como sea, ocultando la nada con la máscara de escombros reconstruida. Al intentar detener las filtraciones de esa nada que no cesan de escurrir entre las grietas y las fisuras de su fragmentada imagen facial, perturban al ser con tal angustia que la desesperación por la impotencia de lograrlo le precipita a su autodestrucción. La tragedia del ser en la última batalla por la conservación de su ficto es que la totalidad que se le revela como recompensa, al final, es inalcanzable y solamente lo conduce a una exacerbación de la violencia que termina por destruir la imagen del mundo y la suya propia. Al huir de su destino, sólo lo cumple; al negar su ser-nada, el ser se precipita a la verdad de su esencia, que de habérsela apropiado con humildad y resignación, se habría evitado la violencia y la devastación que le destruyó a sí mismo y a la imagen del mundo que encarnaba.




*Raúl Adrián Huerta Rodríguez es licenciado por la Universidad del Claustro de Sor Juana, y maestro y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana, CDMX. Sus áreas de investigaciones se enmarcan en estudios filosóficos sobre la guerra en la transmodernidad, la geopolítica contemporánea, conflictos sociales y fenómenos ciber-culturales.


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