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miércoles, 8 de octubre de 2025

"Fantasmas de carne, cadáveres de aire" poema de Óscar Édgar López


A mis amigos muertos

I

¿A qué nacemos los cadáveres? Al viento grumoso de un ayer acontecido, al soplo infinito de un desgraciado porvenir; a eso y no para la tierra, no para las fauces de un minúsculo sepulcro.
Si acaso poseo algo es el transcurso. Todo hombre es un trayecto; el transcurrir mío apenas duró unos segundos, luego nacer; dirán de nuevo, dirán otra vez. Esa es la verdad: soy Muerto y he nacido en este día.
Mi madre tiene el cañón recortado y mi padre se entierra en la carne. La noche en la que me engendraron un barbecho fue el tálamo, la mullida luna dio el brindis con claros destellos, luego vino el desgarrado silencio, luego estas manos que son las de otro y esta lengua que habla con los demonios.
 

II

Rasga la daga a la mañana, la daga de los ángeles que andan en la nada. Es una hoja afilada y los cirujanos pueden soñar, a veces, con ella; que abre en canal los cuerpos y puede sacar la punta a un lápiz o partir un abdomen.
Raja la masa con la daga y la navaja la clava en la espalda; salta la moronga, salta el cuajo y se embarra, se embarra en la calleja y en la cara de ella, de la que trae la daga y de la que guarda la navaja, dos chavas que asaltan y clavan, dos batos con dagas que andan las calles, clavándolas, clavando dagas, vestidos de chavas.


III

Como soy terrestre que se arrastra, por el suelo fui detrás de un rastro; preguntaba a las hormigas y a las cucarachas, una lombriz de tierra adolecía asesinada, casi mi nariz la toca y ella con la panza tronada, parecía que me decía: mira Muerto, déjate de cosas, búscate una tumba, o arrímate a un fuego.
Cuando los hombres danzaban y la ceniza se hundía en el viento y hablar con Dios era sencillo como morder un pan, la lombriz ya transcurría, entonces todo esto que se llama vida no es otra que una canasta de viandas pasadas, una panza estallada, como ésta de la lombriz en la acera, tronada, hecha una plasta.


IV

Me quiero ir de mi cuerpo y sin embargo seguir sintiendo. Quiero dejar de tener nombre, ser llamado aire o zumbido.
Vivir y acallar al pensamiento; hueco como un árbol seco, rebosante de pétreas arterias, sin idea ninguna revoloteando el cerebro.
Morder a la nada, comprender, sin balbucir, al universo. Ser otro todo el tiempo; sin vestir piel ni calzar los huesos del personaje que puedo representar: el profesor rural con los anteojos parchados, la señora en el mandado, el asesino en el escusado.
Quiero irme de mí, de este relato, dejarle en empeño al destino las cuitas y naufragar sin angustia en el amplio mar de las posibilidades.
Podría, por ejemplo, ser un vaso: boca de vidrio que nada bebe, o el antifaz de una dama:
sepulcro de sombra para unos ojos.
¿Cómo sería la ausencia presentida de mi cuerpo?, ser para mí como el miembro fantasma del amputado, extrañarme sin haberme conocido, quererme sin tener de mí ningún cortejo.
Soy fantasma de carne y sueño y a veces me arrebato a la sensual ignominia de lo nombrado.
Podría surcar los océanos del tedio sin esgrimir siquiera una nota de aburrimiento, jamás preguntarme ¿quién soy?, sino tenerme entero,  por completo desconocido.
Quiero irme de mí, escapar de mi cuerpo, verme caer en los brazos de la tierna luz de un campo desolado.
 

V

Para hablar del unicornio hace falta reunirse en círculo, para dormir en brazos de una quimera se necesita tejer un paño con lágrimas de oro, para convertirse en espora nada más morirse y para estar vivo todo lo que queda es encontrar la salida:
a cada día,
a cada hora
a la mentira de estar aquí, en la tierra, en este miserable planeta: paradero de asesinos, motel de carretera, donde se queman focos y se revientan venas.
Una noche como esta mataron a Lalillo.
Es verdad que todos veíamos como su vida era una cama de vidrios; lo supimos suicida y loco, él también se había mirado ya en el espejo del destino, se sabía un muerto y esto le encantaba, pues bebía sin descanso y estaba siempre molesto, como si mordiera tierra de panteón, moscas panteoneras, miel de un cadáver.
Cuando lo mataron, alguien me dijo: lo ataron de manos, él tenía una pistola y con esa misma le dispararon, dieciséis tiros, la puerta de fierro abierta, la sangre como un fruto ígneo creció por lo ancho del suelo.
Para hablar del unicornio hace falta atrapar un ejemplar, darle caza en un día de tedio, hablarle como Lalillo habló a sus demonios.
 

*Óscar Édgar López (Zacatecas, Zacatecas 1984). Escritor y pintor. Licenciado en letras y Maestro en Investigaciones Humanisticas y Educativas, ambas por la UAZ. Tiene publicados los libros de poesía: Cuando los locos ya no se crean Napoleón (IZC/2000), El traje de los días (Mantra/2019), Flor de sangre sembrada por el amor (Stultifera Navis, 2022) y  de narraciones y cuentos: Ella ama lo puerco que soy (Espacios literarios/2005), Solo y sin bolsillos para meter las manos antes de llorar (Tierra Adentro/CONACULTA, 2006) y Una gargatilla tierna es lo que amor digo que crece. Las llanuras del sol: arroyos de leche, (Texere /2019). Se desempeña laboralmente como profesor en la educación media superior. Como pintor ha sido seleccionado en la II Bienal Internacional de Pintura Pedro Coronel, ha expuesto de manera individual y en colectivo desde 1997, dentro y fuera de México en los circuitos de arte correo nacional e internacional.

martes, 7 de octubre de 2025

"Flor de Cerezo" poemas de Lourdes Iveth Trujillo Juárez


Flor de Cerezo
 
Primavera en pleno florecer
afable cual pétalos de rosas,
las yemas de tus dedos
acariciaban mi tez .
 
Mayo fuistes para mi
porque en Junio ,
cual flor de cerezo
tuve que verte partir .
 
Momentos pasajeros
llenos de eternidad,
brillarán en mi mente
como  una estrella fugaz .
 
El verano será eterno ,
el otoño frío , el invierno cruel ;
más cada primavera entre flores
de cerezo , yo he de volverte a ver .
 
Esperare Mayo
para verte renacer ;
llenarás de tibieza mi alma
llenarás de alegría mi ser .
 
Sin importar el tiempo y los años
esperare cada primavera por ti ;
y cuando ya no me queden más años
flor de cerezo seré junto a ti .
 
 
Jenny
 
Una gota de lluvia fuistes
dentro de este inmenso mar ;
corazón de amapola 
llena de fuerzas ,
transmitías  felicidad .
 
Tu sonrisa aunque efímera
sempiterna permanecerá ;
y cuando de ti me acuerde
con cocuy en mano y al son del joropo
un brindis por ti hare hacia la eternidad .
 
 
Su sonrisa
 
No dijo nada
más presenti su  adiós ;
la luz de sus ojos se aferraba a la vida
pero  su sonrisa no .
 
Su sonrisa transmitía calma ,
resignación ;
no hubo palabras
su sonrisa fue el último adiós .
 

*Lourdes Iveth Trujillo Juárez, Ciudad Darío , Matagalpa-Nicaragua -1994 .Actualmente reside en Canadá . Licenciada en Desarrollo Social ,con un diplomado en Formación Política y Ciudadana .Escritora aficionada , su amor  por la poesía  la ha llevado  a escribir  y actualmente cuenta con tres participaciones en dos revistas literarias ; Revista Zanatillo con el poema titulado” A Nicaragua” y Revista Cultura Libre con los poemas titulado” El monstruo en mi cabeza “ y “ A mi bella Nicaragua”. En sus tres poemas titulados “Flor de Cerezo “, “Jenny “ y “Su Sonrisa ” el autor expresa sentimientos de  amor  y pérdida relacionadas con el duelo de perder a un ser querido.

lunes, 6 de octubre de 2025

"Estoica" poemas de Luis Hincapié

Rocas
 
Dolor de ausencia,
luna que escucha mis gemidos, 
oscuridad toda en mis ojos, 
inmenso como galopante
deambula mi corazón inquieto.
Es el encuentro 
consigo mismo,
vaivén
de las olas marchitas.
Quiero amarte 
sobre las rocas. 
Prenderte de besos 
y aullar 
como lobo desesperado.
En esta noche 
plagada de alquimias. 
 
Manhattan
 
Manhattan 
amanece en lo mágico
de sus calles y contrastes
donde se tejen historias
de cada cultura.
La imagen subraya
los pasos de los transeúntes,
el tiempo
envuelve anécdotas
en los rincones de sus edificios.
Ama,
surge
ama de nuevo
se estremece
y viaja en otras dimensiones.
Cada noche es un gesto
encapotado que germina
en las venas de sus habitantes…
 
 
Estoica
 
Te cruzaste
entre los caminos
del alma,
densa
sublime
llena de acertijos
y el laberinto
cubriéndote la piel…
 
Llegaste
con los tulipanes
en la mano
era octubre
y llovía intensamente,
nuestros ojos
parpadearon imágenes
destinadas a devorar
los cimientos del pensamiento.
 
Caminaste desnuda
libre como la marea
de tu cabello.
Sonreíste
hasta rendirte
inquieta a lo parco
de mi estoica mirada.
 


*Luis Hincapié. Pereira, Colombia, 1979. Hizo parte del taller literario La Fragua de Pereira, con el cual publicó el poemario Casa de Símbolos (2000). Desde 2005 reside en Nueva York. Allí fue integrante del taller literario Portal, que publicó poemas suyos en la revista El Barco Ebrio (2005-2006). En 2011 publicó una serie de poemas en el dominical Las Artes del Diario del Otún de Pereira. Es miembro del Colectivo Poetas en Nueva York, con el que participó en numerosas lecturas, maratones culturales y festivales de poesía, entre ellos el 8º Festival de Nueva Poesía "Poetas en Nueva York" (2013). En noviembre de 2020 recitó algunos poemas en el Festival Internacional de Poesía Virtual organizado por Poendemia Literaria/Palabras desde el ático-Facatativá. En agosto de 2021 publicó de nuevo para Las Artes, en abril del 2023 se publicaron tres de sus poemas en la revista virtual Innombrable de México y dos en The Third World Times de la revista mexicana del Conversatorio Ético, estético y político con traducción al inglés por la escritora Ana Laura Coronado Chiw y el escritor Abraham García Alvarado. En 2024 se publicó su poema "Sangrar" en la revista Hybrido de la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, el 3 de diciembre del mismo año se publicó una entrevista suya y un poema en la revista digital EntreTmas de Nueva York. El 9 de febrero de 2025 la revista Cultura de VeracruZ publico seis poemas suyos.

viernes, 3 de octubre de 2025

"Hace nueve días" poemas de Diana Laura Haros


Hace nueve días
 
Te fuiste del plano físico
cuando las flores
estuvieron listas
para dar su polen,
para abrir sus capullos.
 
Te fuiste del plano físico
cuando las uvas se hacían moradas
madurando
una vez hubieron crecido.
 
Te fuiste del plano físico
el año en que nació Emilio
el año en que cumpliste quince
el año en que yo, cumpliré veinticinco.
 
Te fuiste del plano físico
cuando en terapia hablábamos de planes
qué hacer, a dónde ir, quién ser...
 
Te fuiste del plano físico
hace nueve días
y yo siento que ha pasado
muchísimo más.
 
Te fuiste del plano físico;
no lo he podido decir en voz alta
me quedo pensando en la nada
me quedo viendo, sin mirar.
 
Te fuiste del plano físico y
quiero seguir llorando, pero a la vez
quiero estar tranquila, por ti,
por el amor que te tuve
por el amor que me diste.
 
 
Extraña nostalgia.
 
He sentido una extraña nostalgia.
No sé si es a una época,
a ciertas personas
o a ciertos sentimientos.
 
Deambulo por el espacio de mi habitación, 
giro dentro de mis pensamientos,
olvido las palabras y sólo tengo
un sentimiento en mi pecho.
 
Es solitario, raro,
diferente a la tristeza,
desigual al aburrimiento;
 
como si buscase algo 
que sé no voy a encontrar
mientras me mantenga
en este rumbo fijo.
 
Aquí no existe la peor parte,
sólo están las motivaciones,
los obstáculos 
y las costumbres.
 
Si sólo me rindo…
tumbada en la cama
mientras una ligera luz se refleja en mi cara,
 si pienso en las nubes del cielo,
me veo sobrevolarlas e ir con el viento,
si busco la luz de la noche;
 
probablemente así sienta calor,
con el cobijo sobre mí;
respiros profundos
y lentos pestañeos.
 
 
La acuarela de dos vistas
 
Te hice un regalo que tal vez sea solo una excusa
para poder volver a verte.
Te hice una pintura de acuarela
en la banca de mi comedor, que tal vez solo sea para despedirme.
Pasé horas tranquilas pintando trazos delgados, gruesos, quitando y poniendo.
Echaba pintura al godete, metía al agua el pincel,
lo pasaba por el papel..., avanzaba con timidez.
Una parte está muy bien, es bonita, agradable y alegre;
no es el lado izquierdo sino el derecho,
el que se mira más alocado,
el que parece que se divierte.
Quizás así estamos completos, con ambos lados,
una parte tranquila, otra parte moviéndose con el viento.
A veces caen brazos, las hojas se pierden,
el tronco resiste y la raíz se extiende;
pero todo él, es un gran abrazo,
un bello hogar donde estar.
 

*Diana Laura (H. Dauser) nació en Sinaloa, el 20 de noviembre del 2000. Cree en los beneficios de canalizar las emociones a través de la poesía, por tanto, sus palabras pueden percibirse como la exploración de sentimientos y sensaciones interconectadas a su entorno, además de expresar pensamientos y reflexiones sobre sus vivencias, su cosmovisión y el ser humano.

 

jueves, 2 de octubre de 2025

"En el colegio no me enseñaron" relato de Eisen Hawer López Chica


Hace diecinueve años me gradué como Bachiller Técnico, en un colegio donde pasé 11 años de mi vida. En ese colegio, que me enseñó a escribir en doble-línea, a dividir y multiplicar, a usar un computador, a pintar carteleras para las exposiciones, a cantar el himno nacional, recitar el juramento a la bandera y rezar el padrenuestro en formación, también me cerraron a la posibilidad de conocer un mundo diverso, vasto y, sobre todo, muy lejano a la realidad educativa de ese entonces.

Parte de lo que ocurre hoy en Colombia es debido a ello, a la precariedad  o el enfoque de la educación pública. En el colegio no me enseñaron, por ejemplo, que a los campesinos los desplazaban y asesinaban para quitarles sus tierras, y que el Gobierno siempre ha sido juez y parte de estos hechos; pero sí me enseñaron que La Ceja del Tambo (mi municipio) queda en el Oriente antioqueño, que limita con Abejorral, El Retiro, El Carmen de Viboral, La Unión, Rionegro y Montebello y que tiene un único Corregimiento: San José. No me enseñaron, en cambio, que en varios de esos municipios, La Ceja entre ellos, se desarrollaba un conflicto armado que se cobraba la vida de un montón de gente, campesinos en su mayoría, señalados de colaborar con este, aquel y el otro.

En el colegio aprendí que los principales ríos de Colombia son el Magdalena, El Cauca, El Atrato, El Amazonas y el Orinoco; pero no me enseñaron que las aguas profundas del imponente Cauca fueron convertidas en un gran cementerio fluvial donde las autodefensas arrojaron cientos de cadáveres. Tampoco me enseñaron que hubo una época en que la gente vivía del río, la pesca y la minería artesanal, que eran los ríos importantes canales de comunicación del país, y que todo cambió con la llegada de la minería a gran escala y la violencia incontenible por los territorios y los recursos. Me enseñaron a diferenciar entre una montaña, una colina, una meseta, un nevado y un volcán, pero no me enseñaron que la erupción de un volcán borró del mapa a Armero, en una tragedia que se pudo haber evitado; así como tampoco me enseñaron a entender los conflictos eternos que han existido por la tierra.

Me enseñaron a leer el evangelio cada domingo, a marcar rimbombantemente el cuaderno de religión, y a obedecer sin reparo los designios de la biblia, dios, la iglesia católica, y la profesora Beatriz. No me enseñaron, en cambio, que en el mundo existen más de 4 mil doscientas religiones, y una incontable, realmente indeterminada, cantidad de dioses… tampoco me enseñaron que la santa inquisición persiguió, reprimió, condenó y asesinó todo lo que se pareciera a ciencia, educación y otras formas de pensamiento, y quemó libros y personas en hogueras infernales.

En el colegio no leímos a Germán Castro Caidedo, ni a Juan José Hoyos, ni la obra de Gabo desde la perspectiva histórica. Tampoco nos contaron que existía un libro llamada “El olvido que seremos” y que habría sido un deleite literario para ese preciso momento de la vida, pues se publicaba justo hace 19 años, cuando estábamos en el último grado de colegio, y que nos habría conmovido y acercado a la realidad que necesitábamos y necesitamos comprender. Pero sí leímos el resumen pirata de “El cantar del Mío Cid”, la Constitución Política, La Biblia, ¿Quién se ha robado mi queso?, La culpa es de la vaca, El caballero de la armadura oxidada, y algunas obras colombianas que debíamos leer para luego exponer en público, más como un resumen o informe de lectura oral, que como una conversación o debate que nos ayudara a comprender y reflexionar sobre el ejercicio de lectura y el contenido, principalmente. Rememoro, entre las opciones de lectura, La casa de las dos palmas, La Vorágine, La Mansión del Araucaima, La Casa Grande, La Rebelión de las Ratas y Cóndores no entierran todos los días. Sobre este último recuerdo una anécdota que luego les contaré.

En el colegio me enseñaron sobre el descubrimiento de América, sobre Cristóbal Colón y La Niña, La Pinta y La Santa María. Sobre la independencia de Colombia, sobre los símbolos Patrios, la antioqueñidad, los indígenas que “habitaron” (porque para nosotros, los indígenas eran algo que le pertenecía a la prehistoria) estas tierras. Pero no nos enseñaron sobre la guerra atroz entre liberales y conservadores, por qué y cómo pasaba. No nos hablaron sobre los movimientos cívicos, sobre el paro del 77, la época oscura del narcotráfico en Colombia en los 80s y 90s, ni de este mismo fenómeno y su relación entrañable con la política colombiana.

En el colegio aprendí a obedecer sin reparo, a repetir, a hacer planas, a llenar cuadernos de información replicada de una cartilla a un tablero, del tablero a los cuadernos, de los cuadernos al lóbulo temporal del cerebro para el examen y, finalmente, después del examen, al bote del olvido. Pero no me enseñaron algo tan elemental como respetar la diferencia. Todos debíamos ser los mismos, y siempre había alguna ofensa o insulto para quien fuera nerd, negro o negra, flaca, pecoso, gay, quien profesara una religión diferente al catolicismo, para el peludo, el flaco, la huérfana, el que la mamá vendía chance o empanadas, el dientón,  la gorda. Mientras en clase de ética y valores nos hablaban del respeto, de ese sofisma que “todos somos iguales”, se reproducían conductas discriminatorias y arbitrarias, donde la última palabra en ser escuchada era la del estudiante. Mi directora de grupo, en noveno, citó a mis padres para decirles que a pesar de que mis notas eran excelentes y no tenía queja alguna de mi comportamiento, había algo inaceptable: tenía el pelo largo, y debía cortármelo. Mis padres accedieron. Si hubieran podido, mi cabello habría sido exhibido: todo un trofeo para la profe, y un botín de guerra justo para el Colegio, que enviaba un mensaje claro a los otros peludos que de a poco germinaban con timidez en los demás grados. Había una preocupación latente por impedir los asomos de pensamiento crítico, y por eso regía el miedo, disfrazado con capa y máscara de “respeto y la autoridad”.

No me enseñaron sobre educación sexual, aunque otros 10 estudiantes y yo tuvimos la posibilidad de hacer un cambalache: cuando cursábamos 7mo grado, una caja de compensación ofreció un Programa de Educación Sexual y Reproductiva llamado “Gestores”. Eligieron a algunos estudiantes y nos propusieron hacer el proceso a cambio de las horas obligatorias de servicio social, o alfabetización. Accedimos sin reparo, pues era librarnos con cuatro años de anticipación de una responsabilidad ineludible. Ese programa, y la profesora Doreley a quien recuerdo con muchísimo aprecio, una psicóloga muy joven, divertida, con una chispa y una energía increíbles, y una naturalidad para hablarnos sobre los temas que siempre nos eran prohibidos, fue una de esas experiencias de mi época de colegio que marcó mi vida, mi adolescencia y muchas formas de relacionarme con el mundo, además de entender muchas cosas sobre mi cuerpo que, hasta ese momento, me producían pánico.

En el colegio me enseñaron, en clase de artística, a dibujar cuadrados, círculos, triángulos, figuras de colores, figuras con las figuras de colores; me enseñaron sobre “historia del arte” (de la cartilla al tablero, del tablero al cuaderno, y ya saben lo demás…) teoría del color y otras teorías que ya no recuerdo. Pero no me enseñaron sobre Débora Arango y su obra, Alejandro Obregón, o Pedro Nel Gómez, tampoco sobre Ricardo Rendón Bravo, sobre la caricatura y su fuerte contenido social y político, ni me enseñaron, en ese colegio, que el arte es una de las más poderosas herramientas para la construcción y la cohesión social, para la resistencia y la esperanza, para la vida misma.

Y no quiero parecer desagradecido. Muchos momentos y aprendizajes del colegio han formado lo que hoy soy y hago. Varias profes de una dedicación y entrega admirables, la calidad humana de muchos de mis profes de escuela y colegio, es lo que más recuerdo, pues poco sirve un conocimiento sino no hay una intención de construcción e incluso de duda sobre ese conocimiento, una grieta que permita dialogar con los estudiantes, como una pequeña fisura que deja entrever un haz de luz que lo cambia todo, que ofrece otra perspectiva. La primera profesora de mi vida, en Preescolar, 9 años más tarde fue mi profesora de español y literatura. Ella fue una de esas personas que marcaron mi vida para que siguiera entre páginas de libros, historias y letras.

Si es cierta esa frase cliché de que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, se preguntarán por qué seguimos repitiéndola si “sabemos” que han sido tantas décadas en marchas, paros, manifestaciones. Yo creo que la educación tiene la respuesta. Los medios de comunicación también, pero ese es tema para otro escrito.

Entonces, si no queremos repetir esta historia de hoy, que es la misma desde hace muchísimas décadas, conozcámosla, pero en serio. El poder del docente reside en esa posibilidad de cambiar la historia. Y no una, sino muchas. Además de las familias, son los docentes quienes marcan la vida de sus estudiantes, son quienes les inspiran a saber, a entender, a cuestionar (sobre todo a eso, a dudar y cuestionar) y a ser, en su integridad,  o quienes cierran las puertas a un horizonte de conocimientos y al entendimiento del mundo. Los docentes hoy, y siempre, han tenido el poder de cambiar la historia.

Así como la primera, otra frase cliché de película sería “Todo poder conlleva una gran responsabilidad”. Pero sin el melodrama hollywoodense, el rol de los docentes también es y debe ser político, porque realidades como la actual deben suscitar muchos cuestionamientos en los estudiantes, la pregunta es ¿están preparados los docentes para responder a esos interrogantes? o ¿es mejor darle la espalda al problema, y defender la idea ilógica de que los salones de clase no son espacios de discusión de esos temas?

Yo, en lugar de alguna respuesta, estoy lleno de dudas. Y cada vez que logro responderme alguna, me surgen otras tres, pero voy formando el entramado complejo de la realidad, leyendo otros libros, buscando otros referentes, explorando el mundo que, hace diecinueve años, no sabía que existía, el que se veía tan extraño, ajeno y lejano, allá, cuando estaba todavía en el colegio.


*Eisen Hawer López Chica (La Ceja, 1990). Es comunicador social-periodista egresado de la Universidad de Antioquia en el año 2012. También es escritor, lector, activista literario, miembro fundador y actual director general de la Revista Kronópolis, con la que recibió la Mención de Honor en los Premios CIPA a la excelencia periodística en la categoría “Periodismo comunitario” en los años 2020 y 2021. Publicó el libro de relatos Acto de contrición y otros cuentos (Sílaba Editores, 2021), con el que ganó la Convocatoria de Estímulos 2021 del Instituto de Cultura y Patrimonio de Antioquia. Todos mis muertos, su segundo libro, también fue ganador de la misma beca en el año 2024.