martes, 16 de abril de 2019

"Pamela" cuento de Darío Quijano


Las vísperas navideñas estaban a la vuelta de la esquina, la nieve en el jardín frontal, el pino aromático repleto de luces y esferas, el olor a ponche de huevo, las galletas en el horno y una buena noche con mis amigos. Estando en vacaciones de invierno no existían las normas, jugábamos todos los días y lo único que variaba era en casa de quién sería. Ésta vez, tocó ser vikingos en mi casa, ayer fueron películas de terror en el departamento de Douglas, antier cenamos perros calientes y peleamos con sables de luz en casa de Lucas y un día antes de eso fuimos piratas en la lancha del padre de Bruce. La actividad consistía en luchar con espadas de plástico hasta que una de las dos parejas se rindiera, como de costumbre, Lucas era mi compinche. 

Súbitamente mi madre interrumpió, traía consigo una charola plateada, la colocó sobre una mesa y otorgó una taza de chocolate humeante a cada uno. Estábamos en nuestra guarida, mis amigos y yo nos autodenominábamos “Los dragones infernales”. Era la guarida de Los dragones infernales y estaba en el desván de mi casa. Segundos después subió mi hermana mayor con un plato repleto de galletas recién horneadas; hicimos las armas a un lado y comenzamos con el banquete de chocolate. 

-Ya terminé de ayudarte mamá —aseguró Natasha—.

-Lo sé Nat, tu castigo termina oficialmente hoy. Puedes invitar a tus amigas —respondió—. 

-Pero hoy va a haber una fiesta en la casa de Bryce…

-Ya sabes las reglas, nada de fiestas en casa de chicos —sentenció—. ¿Quieres terminar como tu compañera María? Los embarazos y las enfermedades de transmisión sexual son una realidad. 

Mi hermana analizó sus posibles respuestas y optó por evacuar nuestro refugio e invitar a sus compañeras de clase. Mi madre me dio un beso húmedo en la frente y se dirigió a las escaleras descendentes. 

-Gracias señora Moore —cantaron al unísono mis amigos—. 

Un silencio se apoderó de nuestro escondite, únicamente se escuchaba el crujir de las galletas y los sorbos ruidosos de Douglas. Éste no tardó en romper la armonía.

-No me odies Viggo, pero tu hermana esta buenísima. 

-No digas tonterías —respondí—. 

-Lo digo enserio amigo, es preciosa. 

-¡Por el amor de Dios! —intervino Bruce— Te la vives diciendo lo que escuchas de tu hermano, dime, ¿qué la hace estar “buenísima”?
-Ya saben, chicos… cuando ellas saben hacer un buen blowjob o cuando…

-¿Un qué?  

-Tienes que dejar de escuchar a tu hermano —aconsejó Lucas mientras reía entre dientes—. No sé qué tonterías te está diciendo, pero las niñas dan asco. 

-Supongo que tienes razón. 

Bruce asintió convencido y por último yo seguí al grupo, aunque no estaba tan seguro de que las niñas me dieran asco. 

-¿Pueden creer que todavía nos faltan seis meses de primaria y luego tres años de secundaria y luego tres años de preparatoria y luego cuatro años más de universidad? —preguntó Lucas desmotivado—. Yo sólo quiero jugar con ustedes, no ir a la maldita escuela. 

Una plática de desconformidad se dio a continuación, a excepción de Bruce que decía que quería estudiar miles de años para ser doctor. El resto estábamos de acuerdo en que la escuela apestaba. Quizás Bruce sólo pretendía ser como Jake, su papá, uno de ellos al menos; por alguna extraña razón, él tenía dos padres. La conversación se desvió y terminamos concluyendo que si Darth Vader tuviera el Anillo de poder de El señor de los anillos, se habría hecho invencible. 

Junto con la noche, mis amigos fueron emigrando a sus hogares, uno por uno, en sus bicicletas; Fuego frío, la de Douglas, Aliento de dragón, la de Bruce y Tiburón terrestre, la de Lucas. Ese vehículo fue por cierto el último regalo que Lucas recibió de su padre, murió la Navidad pasada, mi compañero vikingo no hablaba de ello. Mamá siempre dijo que el papá de Luke fue asesinado por el alcohol, supongo que tropezó con una botella o algo por el estilo. Los observé bajar por la colina lentamente, después esfumarse entre la nieve y la obscuridad que cubría el pueblo. A mis espaldas, escuché a mi madre vociferar mi nombre, todos mis pensamientos cesaron y sólo quedó el deseo de cenar. Cerré la puerta provocando un gran estruendo y me dirigí al festín.

Había elotes gratinados, falda de res con salsa BBQ y mi favorito: Strudel de manzana, la receta especial de mamá. Mi padre me dio un beso en la cabeza y se sentó en la cabecera. Mi hermana, junto con dos de sus amigas, a los lados de la mesa; del lado opuesto, mamá y yo. Ubicaba a la perfección a Lucy, la mejor amiga de mi hermana sin embargo, la segunda chica era desconocida para mí. Ella tenía una sonrisa hermosa, sus labios eran rosas y sus mejillas se veían suaves. Embobado recorrí con la mirada su cabellera café y me fui deslizando por su cuerpo hasta deleitarlo todo. De pronto, una especie de calambre se apoderó de mi entrepierna, sentía los músculos tensos, no sabía que me estaba sucediendo, mi respiración se agitó. Bajé mi mano discretamente y sentí como mi pene estaba duro. Continué comiendo, trataba de pensar en lo que fuera, menos en la enfermedad inminente que emergía de mis pantalones. A los pocos minutos, todo había terminado, con mi antebrazo limpié el sudor helado de mi frente, ella me observaba. La cena terminó con una porción doble de postre. 

-¿Qué planean hacer chicas? —inquirió el patriarca—. 

-Lucy, Pamela y yo veremos películas de terror, rentamos en el club de video las recomendaciones más escalofriantes. 

-Eso suena como una velada en la que no quiero estar —aseguró mi padre—, pero no sé si tu hermano quiera, ¿ya le preguntaste? 

Mi hermana hizo una mueca de disconformidad pero se transformó en una sonrisa fingida después de ser amedrentada por las miradas de mis progenitores; a partir de su escapada nocturna la tenían bien adiestrada. De “Los dragones infernales” yo era el más miedoso para las películas de terror y me cohibía con las chicas pero por algún motivo, accedí. Lucas habría sabido qué hacer.       

Los films comenzaron, Pamela estaba junto a mí. En el primero, un sujeto con garras y el cuerpo quemado atormentaba a niños, el segundo fue de un sujeto con una máscara blanca y un machete; por último, fue un muñeco endemoniado que asesinaba personas. Pensé que nadie podía ser más miedoso que yo, me equivoqué, Pamela lo era. Para cuando terminaron las películas ella estaba aferrada a mi brazo, las dos adolescentes restantes ahora dormían. Su olor me embriagaba y yo comenzaba a sentir aquella sensación extraña en mis pantalones de nuevo. 

-¿No te asustaste, Viggo? 

-No realmente —mentí—. 

-Qué valiente, la verdad a mí sí me asustó, nunca me han gustado estas películas. Yo no soy así.   

-¿Entonces por qué las viste?

-Supongo que a veces actuamos de cierta forma para convencernos de que todo anda bien y de que estamos bien con la idea de algo, aunque en el fondo nos sintamos mal con nuestra decisión y sabemos que no somos lo que hicimos. 

Me quedé mudo unos segundos, no tenía ni la menor idea de que responder a eso, tan sólo se trataba de unos tontos largometrajes. 

-Claro —respondí—. ¿Eres nueva en Balter? 

-Así es, me mudé aquí hace apenas medio año, a decir verdad ya había estado en tu casa pero o no estabas o andabas escondido allá arriba. 

-A mis amigos y a mí nos gusta pasar el tiempo ahí, jugamos y conversamos sin que nadie nos moleste. 

-¿Qué juegan? 

Cuando me di cuenta ya le había contado acerca de mis tarjetas coleccionables, de mis figuras de acción, mis películas favoritas, el último videojuego que obtuve y de cada uno de mis amigos. Ella me escuchaba, una chica mayor se interesaba por lo que tenía que decir. Platiqué por horas, ella preguntaba y aprendía. Yo no quería que esa noche acabara nunca. 

-¿Por qué no me enseñas? 

-¿QUÉ?

-Baja la voz, vas a despertar a todos, te digo que me enseñes “La guarida de los dragones infernales”. Siempre y cuando no tengan un código anti-chicas o algo por el estilo… 

Dicho código existía, las chicas debían de darnos asco, no sé qué me estaba pasando pero en ese momento estaba dispuesto a hacer lo que sea para complacerla. Su risa me estaba causando una adicción y su esencia me enloquecía. Sin titubear más, le dije que la llevaría pero que tenía que guardar el secreto; ella accedió, la tomé de la mano y la llevé escaleras arriba, posteriormente, subimos de nuevo hasta llegar a la guarida. Tiré de la cadena metálica y encendí la bombilla desnuda que pendía del techo empolvado. Los posters, juguetes y demás objetos quedaron revelados para una completa desconocida, una con la cual estaba dispuesto a pasar el resto de mi vida. Ella miraba en todas direcciones, sorprendida, caminó con sutileza por el piso de madera, observaba, haciendo gestos de sorpresa y admiración.    

-No puedo creer que tengas tantas cosas increíbles.

-No todo es gracias a mí, mis amigos también han traído cosas. Doug trajo la mayoría de las figuras de acción de La guerra de las galaxias, al igual que el látigo de Indiana Jones. Bruce es el de los libros, él nos contó acerca de El señor de los anillos y las espadas las aportó él; cada una pertenece a uno de nosotros y les pusimos un nombre. Lucas es el encargado de la música, los posters de Pink Floyd, Joy Division y Bowie solían ser de su hermano mayor. 

-Todo me encantó, esta increíble tu guarida, Viggo.

Siguió husmeando y de pronto, se arrodilló para recoger mi Polaroid, regalo de mi madre. 

-Me imagino que tu aportación son todas esas fotos en la pared, ¿no es así? 

Asentí sonrojado.

-Tienes mucho talento —aseguró—. Siempre me ha llamado mucho la atención la fotografía, me podrías enseñar. 

-Desde luego, Pam. 

Ella vio a través de la cámara y yo me acerqué a explicarle lo más básico, para hacerlo tuve que colocarme detrás de ella. El calambre extraño volvió a presentarse, mis pantalones parecían una tienda de campaña. De pronto ella dejó de ver por el lente y sin mediar palabra, fijó su mirada en mí. Mis piernas temblaban. Se acercó y sus labios rosaron los míos por un instante. Sin saber qué hacía me aproximé y la besé de nuevo, esta vez mi boca se abrió al igual que la suya. Una calidez gratificante se apoderó de mí, impulsos que desconocía ahora me obligaban a besarla y a tocarla. Tenía ganas de llorar y reír mientras la acariciaba, cuando su mano me acarició, me desplomé. 

-¿Estás bien? —preguntó mientras se sentaba junto a mí—.

-N-n-n-no podría estar me-mejor —aseguré tartamudeando—. 

Se arrojó sobre mí y continuó besándome, yo la palpaba con mis manos. Su suave pecho contra el mío y sus delicadas piernas ahora me abrazaban. Impulsivamente comencé a acariciar su entrepierna, ella tomó mi mano, la introdujo en sus pantalones y dio ritmo a mi brusquedad. Soltó un gemido. Rápidamente extraje mi mano. 

-Lo siento, ¿te lastimé? 

-No tonto, —soltó riendo— estás haciendo bien las cosas. 

Tragué saliva, volví a besarla e introduje mi mano húmeda de nuevo en sus bragas. Ella hizo lo mismo conmigo. La sensación extraña ahora era tan gratificante, mis instintos me guiaban. No tardé en desprenderla de su ropa y Pamela no dudó en hacerme lo mismo. Se colocó sobre mí, permitiendo que me metiera en ella, con movimientos lentos y después rápidos tuvimos a lo que el hermano de Douglas llamaba “Dentro y fuera”. Nunca le creí, juzgué que eso no era posible, estaba teniendo el mejor momento de mi vida en aquel acto bizarro. Pensé que no podía ser mejor, pero me equivoqué. Una sensación intensa y aguda se apoderó de mí por unos segundos, súbitamente liberé mi energía, mis piernas temblaron y quedé debilitado. Así debe de sentirse un Jedi tras usar la fuerza. Pensé. La guerra de las galaxias era más real de lo que imaginaba. Permanecimos abrazados, desnudos y sudados por un momento que no se podía medir con tiempo, ella me acomodó un beso más y se alejó un poco. Se recostó de nuevo, lejos de mí y dijo: 

-Tómame una foto. 

Me quedé mudo. 

-Hazlo, para que nunca te olvides de mí. Pero antes prométeme que jamás se la enseñarás a nadie, pase lo que pase. 

-Lo prometo —respondió la voz dentro de mí—.   

Tomé mi cámara instantánea y la observé a través del lente. La luz tenue dibujaba sus curvas y revelaba su verdadero ser. En ese momento iba a robar una parte de ella, me pertenecería para siempre ese instante divino por el cual valía la pena vivir.  Presioné y conseguí aquella fotografía, un recuerdo de mi inocencia perdida. Caminé hacia el muro, moví una viga de madera floja e inserté la foto; nadie sabía de ese escondite más que yo. Me observó, tras una cálida sonrisa me tendí junto a ella, nos cubrimos con las bolsas de dormir de Los dragones infernales y soñamos despreocupados. 

Una espada de luz solar atravesó la ventana circular de mi guarida. Tras unos segundos me percaté que estaba solo. Era temprano en la mañana, así que pude escabullirme a mi cuarto a darme una ducha y vestirme con prendas limpias. Un gran miedo me invadió, temía que el desayuno con Pamela fuera incómodo, ¿Por qué se fue? Al poco tiempo, un olor a tocino y panqueques se coló por mis fosas nasales. Bajé y ayudé a mi madre para distraerme antes de que el gran momento de vergüenza se presentara. Mi padre su unió, mi hermana y Lucy le siguieron. ¿Dónde estaba Pamela? 

-¿Y tu otra amiga, Nat? —inquirí actuando con tranquilidad. 

-Sólo vino Lucy…

-¿Qué hay de Pam? 

-¿Quién? 

-Tu otra amiga.

-Como dije, sólo vino Lucy. No sé de quién hablas, loco…

-Es verdad hijo —corroboró mi padre—. 

Todos me observaron como si fuese un bicho raro. ¿Qué estaba pasando? La noche anterior cené con ella, vimos películas y después tuvimos el “Dentro fuera”. No me pude contener…

-¿ESTÁN LOCOS TODOS USTEDES? AYER ESTUVO AQUÍ, ¡ES TU AMIGA! VIMOS PELICULAS, CENAMOS JUNTOS Y LE ENSEÑÉ MI GUARIDA, TAMBIÉN ME DEJÓ ESTAR DENTRO DE ELLA, ¡LA AMO!

Los miembros de mi familia se alteraron al verme, mi madre comenzó a llorar, no pudo evitar pensar que su querido hijo había enloquecido. Mi padre se puso de pie y extendió sus manos tratando de darle un falso control a la situación. ¿Acaso sólo yo la conocía? 
Epílogo 

-¿Esa es la verdad, Viggo? —preguntó mi terapeuta. 

-Claro que no, me tardé en darme cuenta pero ahora sé que Pamela es sólo el producto de mi imaginación.

Él asintió victorioso, me había curado. El personaje de Pamela me persiguió durante meses de mi vida, quemé las cobijas de aquella noche, dejé de tomar fotos y nunca removí la viga en la pared de mi guarida. El psicólogo me dio de alta y por fin, pude volver a mi vida normal. Mi madre me recogió y en casa me esperaban mis amigos. Me prepararon un convivio para celebrar mi rehabilitación. Todo había vuelto a la normalidad. Tras engullir emparedados y golosinas subí junto con Lucas a la guarida. 

-Me alegra que estés bien Viggo, te traje un regalo. 

Extendió su mano y me regaló su figura de acción preferida, Yoda.

-No puedo aceptar a tu Yoda, lo llevas a todos lados. 

-Ahora está contigo amigo, Yoda me pidió estar a tu lado, no lo puedo controlar. 

Asentí poco convencido. Quería corroborar que estaba curado, por ende, caminé hacia el muro con la tabla floja, la removí lentamente y en el interior vi la vieja foto boca abajo. Es la hora de la verdad, Viggo. Pensé. La tomé y al voltearla me topé con la asesina de mi inocencia y cordura, Pamela. Lucas se aproximó. Estoy loco, esta vez es irrefutable. Me dije a susurros.

-Viggo, ¿Quién es ella? ¡Qué demonios! ¿Acaso quieres que vomite? Que se tape.

- ¿La puedes ver? —pregunté incrédulo. 

- Por desgracia. 

-Es Pamela, Luke. 

-¿QUÉ? 

-¡No estoy loco después de todo! —festejé, luego recordé mi promesa— No debí de haberte enseñado esto —admití bajando el rostro

—. Por lo menos ahora sé que sí pasó, el momento más intenso de mi vida fue real. Sentí La fuerza, amigo. 

Permaneció en silencio, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. 

-Prométeme, frente a Yoda, en la guarida de Los dragones infernales, prométeme que jamás dirás palabra alguna de esto. Promételo. Por lo menos hasta que la encuentre y me case con ella. 

-¿Cómo la encontrarás? Y aunque lo logres, ¿Qué te hace pensar que se casaran? 

-No descansaré hasta encontrarla, es el amor de mi vida, Luke. Digamos que ella es Arwen y yo soy Aragorn.

-Entiendo, amigo. 

-Ahora promételo, Luke. Si me engañas irás al Lado obscuro de la fuerza. 

-Lo prometo, Viggo. Lo prometo por mi padre. 


 *Darío Quijano Cal y Mayor, amante de la literatura y con pasión por otros ámbitos como la filosofía, la historía, el cine, el periodismo, la música y la fotografía. Estudiante de ciencias de la comunicación,  ha publicado una novela , y ha desarrollado otros proyectos literarios, como ensayos, poemas y cuentos. Con pasión y dedicación, Darío busca dedicar su vida a las letras, eyaculando, llorando y riendo a través de sus dedos, siempre sobre un teclado. 

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